La conciencia ecológica

     La ecología y el ecologismo son indispensables para controlar, o al menos limitar, los desmanes que el crecimiento desmesurado está provocando en nuestro planeta. El impacto del crecimiento en nuestro medio ambiente es evidente y sus consecuencias son irreversibles en muchos casos, solo las mentes y movimientos más negacionistas pueden sostener que eso no sea así.

       El crecimiento económico a toda costa que quiere eliminar cualquiera barrera que se anteponga en su avance está ya cuestionado y no es tan hegemónico como el de hace unos lustros, el crecimiento sostenible es ya casi una premisa inicial, aunque no cumplida debidamente. Gracias a que la conciencia ecológica y las evidencias de las consecuencias negativas de un desarrollismo a ultranza, la salvaguardia de la sostenibilidad ecológica es ya un parámetro fundamental y legal —en algunos casos— para cualquier proyecto que pueda atentar contra el medio ambiente; pero siguen existiendo más desfases de los deseados por todo nuestro planeta.

 

        En ocasiones, el extremismo ecologista, cuando se ha aliado a ciertas ideologías, ha causado cierta animadversión, incluso de los que defienden los valores de la defensa del medio ambiente. Frente a la inocuidad de ese extremismo, está la iniquidad que los atentados contra nuestro hábitat natural, no hay color en ese sentido, los agresores son mucho más peligrosos que los defensores y sus acciones son enormemente más graves. Luchar a cualquier escala contra el establishment que soporta el poder económico que está detrás de un desarrollismo devastador no es fácil, ser eficaces en la defensa de los derechos medioambientales y generales es difícil de conseguir.

       La conciencia ecológica es ya una conciencia global, aquella premisa de «piensa globalmente, actúa localmente» es casi inherente a ella. Intervenir en la defensa de nuestro hábitat más próximo es esencial, la suma de actuaciones locales nos lleva a la preservación de entornos y ecosistemas más amplios, siendo nuestro planeta visto como un gran hábitat y ecosistema de lo humano. Caer en una crítica catastrofista que no se acompañe de acciones puntuales de poco sirve, desembocaría en una claudicación de nuestros derechos y en un abandono paulatino de la causa por la defensa medioambiental.

      No cabe duda que la componente reactiva es imprescindible, permanecer inmóviles ante los despropósitos ecológicos que se cometen o, presumiblemente, se vayan a cometer, es un suicidio a medio plazo. Los agentes que, por asuntos de diversa índole, interactúan con el medioambiente son múltiples y variados y suelen entrar en colisión con la preservación del hábitat natural, mantener una actitud laxa y permisiva por parte de las autoridades competentes puede llevar en poco tiempo a situaciones o daños irreversibles.

      Por otra parte, la labor proactiva es primordial. Educar en los valores medioambientales es indispensable si se quiere desarrollar una conciencia ecológica que permita la sostenibilidad y su durabilidad. Hacer que se incorpore el comportamiento ecológico en nuestro comportamiento diario debe ser un objetivo fundamental, debemos ser ecológicos antes que ecologistas a todos los niveles. La técnica que juega en contra de la preservación del medio ambiente en tanto y en cuanto fortalece la actuación de un desarrollismo desmesurado, también puede servir para implementar investigaciones y procesos que fomenten la sostenibilidad medioambiental en todas las facetas. Tener a priori una actitud ecológica es imprescindible para la lograr una necesaria aptitud ecológica.

      Mi generación creció viendo en televisión muchos programas relativos a la naturaleza: “El hombre y la tierra” del excepcional Félix Rodríguez de la Fuente, “La aventura de las plantas”, “El mundo submarino” del magnífico Jacques-Yves Cousteau,… En aquel tiempo, desde la realidad española, la degradación del planeta no era un problema como lo pueda ser hoy en día, la reivindicación ecologista comenzaba poco a poco a ser más acuciante, el desarrollismo trajo paralelamente la preocupación por la degradación del medio ambiente, que cada vez era más palpable.

      El papel que muchos divulgadores, defensores, activistas, grupos, asociaciones,… ecologistas ha sido clave para que la conciencia ecológica no se haya perdido en determinados momentos y para que vaya creciendo e implantándose en los comportamientos tanto individuales como públicos. A veces, dicho papel ha rozado el calificativo de heroico, cuando luchando casi en solitario contra los múltiples factores y poderosos enemigos adversos han plantado cara firmemente a los desmanes que se han cometido o se pretendían cometer. La humanidad precisa siempre de héroes e incluso la democracia también. Son los que se atrevieron a ponerles el cascabel al gato, a alzar la voz, a decir un «NO» sin escuchar su eco, asumiendo las consecuencias previsibles y padeciendo las inesperadas, en muchas ocasiones actuando en la cuerda floja y sin red.

      El olvido del héroe es duro, ocurre a veces, pero es algo temporal, no son héroes anónimos, con el tiempo vuelven de su ostracismo. En mi localidad, Chipiona, tenemos uno de los grupos ecologistas más señeros de la provincia de Cádiz, y me atrevería a decir de Andalucía, se trata del Grupo Ecologista CANS (Club de Amigos de la Naturaleza Scipionis —en puridad, Caepionis—); ahora cumple cuarenta años desde su creación.

      Recuerdo que en sus comienzos yo participaba en algunas de sus actividades, sobre todo me vienen a la mente las campañas de limpiezas que se hacían en los entornos naturales de los pinares, las dunas y también en las zonas urbanas (rotondas, zonas y parques públicos). Era un modo de concienciar a la ciudadanía de la importancia de preservar el medio ambiente de contaminantes y basuras. El desarrollo urbanístico de mi localidad amenazaba a muchos entornos naturales de singular belleza y valor, la transformación que muchos pueblos y ciudades tuvieron en la década de los 70 y 80 fue extraordinaria, fruto del desarrollismo y el boom de la construcción al amparo de la creciente clase media. Este fenómeno de rapidísima expansión era imparable, ante la consigna del progreso poco podía objetarse, el progreso expansivo se pagó con la factura de la pérdida y el deterioro irreparable de elementos de nuestro patrimonio natural y cultural más cercano.

      La voz contestataria que alertaba o denunciaba los excesos de ese progreso iba contracorriente. Uno de los objetivos prioritarios del CANS era la defensa a ultranza del camaleón común (Chamaeleo chamaeleon), una especie endógena de nuestro entorno que habita en el cordón dunar, en las zonas de retamas y en los pinares y que se encontraba cada vez más amenazada. No solo se defendía una especie, también, a su hábitat, que dada la expansión urbanística se veía cada vez más restringido con la pérdida de humedales, espacios verdes y vírgenes.

      Gracias a la labor de algunos incansables ecologistas se ha podido preservar parte del patrimonio natural que, de no ser así, se hubiese perdido totalmente. Vaya mi reconocimiento a una labor dura de tantos años y esperando que la concienciación fraguada a base de constancia no se diluya en la mente de las venideras generaciones, ya que los peligros que se ciernen sobre el patrimonio público y natural siguen latentes.

 

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