El Conde de Regla

Todo lo concerniente a la conquista o colonización del Nuevo Mundo por parte del imperio español forma parte de una de las mayores epopeyas del ser humano. Las dimensiones de lo ocurrido son reales e históricas y a su vez tienen parangón con las leyendas y heroicidades más míticas que puedan considerarse, la enumeración de la multitud de hazañas sobre una base histórica constatable es impresionante.

El mundo anglosajón siempre se ha preocupado en ofrecer y pregonar la versión más limpia de su historia, encerrando en el baúl de la desmemoria la faceta más impresentable de los acontecimientos. En España siempre se ha dado más pábulo a la leyenda negra que a ensalzar lo que merecidamente se ha logrado. En el caso que nos trae, el mundo anglosajón ha impuesto su relato y la versión iberoamericana ha cargado con la peor parte. Es indudable que toda conquista o colonización conlleva hechos atroces y grandes desmanes que justamente se deben reconocer, pero también hay que valorar dentro de esos parámetros otros aspectos importantes.

 

La leyenda negra española —y también portuguesa—, en cuanto a su proceder en las Américas, habría que contrastarla con la actuación de anglosajones, franceses,… Al hablar de exterminio de la población indígena americana por parte de los conquistadores españoles siempre me gusta hacer varias puntualizaciones: en primer lugar, en Norteamérica las poblaciones indígenas, sometidas principalmente por anglosajones y franceses, que lograron sobrevivir al borde del exterminio, terminaron en reservas, en segundo lugar, pocos años después de la hazaña colombina (1492) y en vista de los abusos cometidos, fueron los dominicos los que comenzaron a proteger el derechos de los indios con el máximo exponente de Fray Bartolomé de las Casas y recordando previamente el Sermón de Adviento (1511):  «¿con qué derecho y con qué justicia tenéis en tan cruel y horrible servidumbre a estos indios? ¿Con qué autoridad habéis hecho tan detestables guerras a estas gentes, que estaban en sus tierras mansas y pacíficas, donde tan infinitas de ellas, con muertes y estragos nunca oídos habéis consumido? […] ¿Y qué cuidado tenéis de quien los doctrine, y conozcan a su Dios y criador, y sean bautizados, oigan misa y guarden las fiestas y los domingos? ¿Estos, no son hombres? ¿No tienen ánimas racionales? ¿No sois obligados a amarlos como a vosotros mismos?».

No es oro todo lo que reluce para unos, tampoco todo es negra leyenda para otros.

Uno de las muchísimos pasajes, de los otros muchos que están por desempolvar, rescatar y dimensionar, de esa epopeya americana desde nuestra España, es la historia del Conde de Regla, Pedro Romero de Terreros (1710-1781), nacido en Cortegana (Huelva).

Recientemente, Ediciones Sevilla Press, dirigida por el polifacético Miguel Gallardo, ha publicado la biografía El Conde de Regla (La apasionante historia del hombre más rico del mundo en el siglo XVIII) por el Doctor en Historia por la Universidad de Sevilla, Pablo Borrallo, con la colaboración investigadora de los chipioneros Juan Francisco Lorenzo Palacio, Anabel Cerpa y Juan Mellado. Para acercarnos rápidamente a su figura cabe mencionar dos aspectos que se le asocian, por un lado, el indicado en el antetítulo, «el hombre más rico del mundo en el siglo XVIII» y, por otro, «el Rey de la Plata». Dichas características impresionan y nos hacen considerar su importancia.

Hijo de una familia hidalga rural de Cortegana, Pedro Romero de Terreros ya destacaba por sus facultades intelectuales, por carambolas del destino le reclaman para sustituir a unos de sus hermanos en la gestión de los negocios mineros de su tío, Juan Vázquez de Terrero, instalado en Santiago de Querétaro. Embarca para Nueva España en la fragata Nuestra Señora de Regla, sin que haya podido acreditarse documentalmente el embarque ni el puerto de salida, la fragata estuvo a punto de naufragar en la travesía entre las Azores y Madeira y encomendándose a la Virgen de Regla logra salvar el trance.

Poco a poco va incrementando su riqueza y ampliando su negocio, gracias primero a la herencia de su tío y, posteriormente, al fallecimiento de su único socio, regenta la titularidad de numerosas minas y haciendas. Su carácter piadoso le hace reservar la 5ª parte de sus ganancias a la fundación del Monte de Piedad, la Casa de Huérfanos y un Hospicio de Pobres. También contribuyó con cuantiosas aportaciones a la corona (Carlos III y Fernando VI) y otros potentados, pronto entroncó con la nobleza casándose con la hija de una de las familias nobles del Virreinato de Nueva España. Se le otorgo la distinción de Caballero de la Orden de Calatrava y posteriormente recibiendo el título de Conde de Regla. En agradecimiento a ello rogó a Carlos III que visitara sus propiedades con la promesa de que le construiría una vía de plata allí por donde pasara.

En 1766 hizo frente a una huelga y a una rebelión de los mineros e sobrevivió a un intento de asesinato, en esa época fallecieron sus hermanos, su primo Alonso Giraldo y su esposa.

En 1775 fundó el Sacro Real del Monte de Piedad de Ánimas, una institución asentada en la plaza mejicana del Zócalo y de enorme prestigio hasta nuestros días. También regaló a la Armada Real Española un buque de guerra bajo el nombre de «Nuestra Señora de Regla» con una capacidad para 800 tripulantes, además de otros dos barcos.

Pedro Romero de Terreros, el Conde de Regla, murió el 27 de noviembre de 1781 en su Hacienda de San Miguel. En sus últimos días escribió una carta a sus hijos, en ella se destaca su carácter piadoso y servicial indicando que «jamás viváis más contentos que cuando se os ofrezca servir a vuestro Soberano y al público, y para tener ese gusto es fuerza que siempre solicitéis estar prevenidos, pues de no serlo así,  nunca podréis lograrlo».

El libro de Pablo Borrallo abunda en todo lo comentado y en multitud de aspectos que no pueden ser abordados en este artículo, una amplia muestra de fotografías e ilustraciones, además cuenta con la introducción del Rector del Santuario de Regla, Fray Juan José Mejías Rodríguez, prólogo de Miguel Gallardo, y los epílogos de Juan Francisco Lorenzo Palacio, Anabel Cerpa Lorenzo, Cristóbal Ruíz y la transcripción de una entrevista al IX Conde de Regla, Jaime Rincón-Gallardo Ortiz, por Juan Mellado.

Todavía queda mucho por desempolvar y recuperar —con ayuda de las nuevas tecnologías—, trayendo lo oculto y olvidado a la luz de la historia. Ejemplos como este estoy seguro que existirán por doquier y enriquecerán la verdadera dimensión de aquella epopeya, con sus luces y sus sombras, sin menosprecio ni olvido y colocando en el lugar que merecen los acontecimientos en su justa medida.

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