Lecturas, lectores, escritos y escritores.
El placer de la lectura es, predominantemente, un placer solitario. Cuando se trata de una lectura prolongada y profunda, sumirse en una sesión de lectura es un acto que requiere de cierta liturgia, al menos en mi caso es así; cosa distinta es cuando se trata de una lectura más pasajera y que precisa de menos enjundia como puede ser la lectura de prensa y de textos de escasa extensión.
Hay lectores que leen en los lugares y en las condiciones más insospechadas y, a priori, poco propicias para la lectura. Por ejemplo, reconozco mi incapacidad para leer en la playa, que, sin embargo, puede ser el lugar preferido para otros muchos lectores; quizás sea cuestión de hábitos. Para los lectores litúrgicos a los que aludía al principio y entre los que me encuentro, son necesarios ciertos elementos sin los cuales una sesión de lectura no puede comenzar o no se puede desarrollar cómodamente para el pleno goce de la misma. Elegir el asiento, la luz idónea, el ambiente circundante, la graduación del silencio, el instrumental ad hoc, el tiempo disponible, el tipo de lectura,… un largo etcétera de elementos que intervendrán para que la lectura sea lo más placentera posible y cumpla con las expectativas.
Aunque no sea la principal pretensión cuando se lee, el fundamental beneficio que nos depara la lectura es lograr un momento de desconexión de nuestra rutina o de nuestro ajetreo cotidiano. Poner en pausa el reloj y abrir un paréntesis para inmiscuirnos en la otra realidad que nos plantea la lectura es como introducirnos en un universo paralelo y transitorio, una huida, una escapada, una sublimación temporal de nuestro aquí y ahora. De este modo, experimentamos aquello que poéticamente afirmaba Paul Éluard, «hay otros mundos, pero están en este, hay otras vidas, pero están en ti»; las lecturas nos muestran otros mundos que nos dan la posibilidad de vivir otras vidas, siempre y cuando aceptemos el valiente juego que nos proponen.
La lectura también es un ejercicio de humildad, el solipsismo y el egoísmo se combaten también con la lectura, buena parte de nuestros saberes provienen de la ocupación de las lecturas en nuestras mentes. Las lecturas nos hacen salir de nosotros mismos, experimentar otras realidades y ser más empáticos, abriéndonos a otros círculos concéntricos que amplían nuestra percepción de la realidad y, en definitiva, a ser más humanos.
El lector solitario tiene gran concomitancia con el escritor. Detrás de un buen escritor siempre hay un gran lector, no me cabe duda. Un escritor es un lector que pasa a la acción ya que cree que tiene algo que contar desde su punto de vista, que puede aportar algo más. Borges, que era tan inmenso escritor como lector, daba mayor importancia a sus lecturas que a su escritura, se vanagloriaba de ello y dejó una de sus célebres frases para la posteridad: «que otros se jacten de las páginas que ha escrito, a mí me enorgullecen las que he leído». Ahí es nada, dicho por uno de los más enormes talentos de la literatura.
Los escritores tienen que pagar el tributo de la soledad y el sacrificio para llevar a cabo su obra, necesitan una férrea disciplina para hacer brillar la literatura que llevan dentro, los que creen que el talento lo es todo y que los escritos aparecen por arte de birlibirloque, desconocen la ardua tarea que todo escritor tiene que emprender. En raras ocasiones pueden constatar que su labor es apreciada por los lectores, no existe una suficiente retroalimentación que les haga saber qué grado de aceptación tienen sus creaciones, en muchas ocasiones la carrera literaria —profesional o aficionada— es una larga travesía del desierto hasta encontrar el oasis del reconocimiento, en los que muchos perecen por falta de la suficiente hidratación lectora.
Por el contrario, el lector siempre tiene la certeza que serán otros muchos lectores los que comparten sus lecturas. Para el lector, la lectura es goce, no tiene que pagar el peaje del escritor. Cuando se comparte lo leído con amigos o en grupos de lectores como los clubes de lectura, tertulias,… ese goce se acrecienta con la enriquecedora interpretación de otros lectores, con los nuevos matices que pasaron inadvertidos para unos y que subrayan otros, con las coincidencias, con las discrepancias,… compartir lecturas hace que estas cobren otra dimensión.
La relación escritor-lector es bastante peculiar. En primer lugar está la admiración, que conduce frecuentemente a la idealización y que se hace extensiva a la figura del escritor; a veces llega a la idolatría. Todo ello suele acontecer en la lejanía, no conocemos al escritor personalmente sino que nos hacemos una idea de él a través de sus libros, opiniones, entrevistas, comentarios,… Las firmas de libros multitudinarias tienen algo así como de un peregrinaje para conocer al gurú literario de turno, siendo para la gran mayoría de lectores el acercamiento físico más próximo que pueden tener a sus ídolos literarios. Soy de los que opinan que la relación mágica que se produce entre el escritor y sus lectores no debe truncarse, la admiración en la distancia es muy saludable y se desarrolla en el terreno de lo sutil, de lo incierto, de lo intuido.
Una de las mejores inversiones que podemos hacer es la compra de un buen libro, digo bien inversión y no compra o gasto, nos proporcionará grandes satisfacciones, presentes y venideras. Los que escatiman el valor de un libro poco conocen de la rentabilidad que nos revierte. Como dirían Cervantes, Calderón, Lope de Vega,… los libros son amigos queridos, son amigos viejos, nos aconsejan y nos hablan, están siempre a nuestro lado, silentes y discretos unas veces, otras procaces y parlanchines, que nos hablan de lo que queremos y callan cuando es preciso.
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