Externalizar la miseria
La reciente decisión de la magistratura italiana sobre la anulación de la deportación de los 16 solicitantes de asilo en el campo de internamiento de Gjader (Albania), que había ordenado el gobierno de Giorgia Meloni, ha puesto en evidencia que la solución a los flujos migratorios y los derechos que les asisten a los demandantes de asilo no se pueden solucionar tan fácilmente con deportaciones.
La migración sin papeles, prefiero utilizar la calificación sin papeles ya que la connotación de ilegal tiene unos matices que creo desvirtúan la realidad del hecho, es un asunto de difícil encaje desde muchas perspectivas.
Por lo anteriormente aludido, el matiz ético debe siempre tomarse en consideración, por lo general, este tipo de migración parte de la situación extrema en la que se encuentra el migrante, tomar la decisión de abandonar la circunstancia en la que vive con la incierta promesa de arribar a la tierra prometida donde encontrará una solución a la penosa situación, evidencia que es una necesidad imperiosa guiada por la supervivencia. Aquellas personas que no tienen en consideración este aspecto por encima de todas las demás consideraciones, nunca lograrán entender la verdadera dimensión humana de una migración de estas características.
Por supuesto que no es fácil el encaje de los flujos migratorios en los países que la reciben, más aún cuando se hace de un modo incontrolado y masivo. El statu quo de los países receptores y de sus sociedades se ve amenazado ante el desajuste que produce este elemento que se advierte como desequilibrante e incluso peligroso.
En cuanto a lo social, la diferencia cultural, étnica, religiosa, de costumbres, legal,… hace que se produzca un choque inicial, estableciéndose un filtro escasamente permeable y que impide una dinámica fluida y comprensiva entre los de allí y los de aquí; podría decirse que ese filtro está compuesto de amenaza o temor a la otredad y a lo desconocido.
De resultas de lo anterior, la solución política que se plantea parte de muy similares premisas. La capacidad de actuación ante la problemática dada es muy lenta y escasamente previsora. Los mecanismos de corrección de los conflictos que van surgiendo se plantean desde la reacción con una nula o escasa capacidad proactiva, se pretende mitigar el problema y acudir con la manguera a los focos (oleadas migratorias) que surgen por doquier. En el seno de la Unión Europea no se tiene claro que hacer y las medidas adoptadas —escasas o ineficaces— poco sirven para afrontar la problemática de los flujos migratorios, no existe un mínimo consenso y cada país opta por hacer «de su capa un sayo» estableciendo negociaciones bilaterales con los países donde se originan o parten los flujos migratorios.
En lo que respecta a la economía, creo que es difícil evaluar el impacto —tampoco trato de hacer en este limitado espacio un estudio mínimamente riguroso de esta cuestión— que producen en los países receptores de las migraciones. En el sector privado puede que la llegada de mano de obra mayormente poco cualificada tenga una repercusión beneficiosa ya que los costes salariales pueden minorarse o rebajarse, por lo que se refiere al sector público, queda muy incierto la evaluación que se puede establecer por los diversos parámetros a los que se atiene.
Un aspecto clave que debe tenerse muy en cuenta es la presión que ejercen las mafias locales en los países de destino de los emigrantes y toda la cadena que se establece hasta que los migrantes llegan a su punto de salida y país que los recibe. Indudablemente que los migrantes conocen que la prosperidad en los países desarrollados es mayor que en sus países nativos, pero seguro que desconocen los peligros y dificultades en su ruta de salida, aun así, prefieren asumir el riesgo. El papel de esas mafias es hacer factible la salida beneficiándose económicamente, sin preocuparse mucho de la seguridad que ofrecen ni del buen fin de sus clientes. Ni que decir tiene que la cadena de corruptelas es necesaria para que sean viables las rutas de la migración sin papeles, muchos gobiernos están implicados, activa o pasivamente, en el éxito de dichas rutas.
Hace unos días la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, remitió una carta a los jefes de Estado y de Gobierno de la UE con diez puntos para hacer frente «firmes y juntos […] a uno de los problemas más acuciantes que requiere nuestra atención urgente». La Comisión Europea es consciente de la magnitud del problema, si bien, no ha estado todo lo diligente que debiera teniendo evidencias de que se va acrecentando y que todos los días hay tragedias humanas cercanas al territorio europeo. A finales de 2023, la UE se marcó dos años de plazo para establecer un Pacto de Migración y Asilo, pero visto lo visto, ese plazo debe acortarse.
Respecto a la medida del gobierno italiano aludida al principio o, von der Leyen no se mostró contraria, indicando que se deberían buscar formas innovadoras y que se podrían «extraer lecciones» de la puesta en práctica de dichas medidas. Esto fue dicho antes de que la magistratura italiana tumbara la decisión del gobierno, pero resulta muy preocupante que la citada medida haya sido vista como una posible solución e incluso extrapolable.
Las soluciones que se plantean o se ponen en práctica desde nuestros opulentos países desarrollados deben ser justas y proporcionales y evitar que no recaiga todo el peso coercitivo sobre los más perjudicados, los migrantes, es algo éticamente reprobable y que roza el cinismo. Conociendo en profundidad las causas que originan las migraciones se debe actuar sobre su raíz. Muchas naciones europeas tienen su parte alícuota que les responsabiliza de la situación histórica que se ha generado, la colonización africana por parte de esas naciones tuvo sus consecuencias. De igual modo, muchos de los países afectados deben salir del yugo de la corrupción política y de la falta de democracia para que puedan desarrollarse plenamente.
Externalizar la miseria no es el camino, crear o mantener guetos es una tentación que a la altura de los tiempos que vivimos no es de recibo. Desde los países más desarrollados debemos actuar para contribuir al progreso de los menos desarrollados con fórmulas justas y eficaces, con valentía. Mirar para otro lado y ser condescendientes, y en cierto modo cómplices, alimentando o sosteniendo la situación política que hacen vivir en la marginalidad a millones de personas en muchos países escasamente desarrollados, no creo que solucione nada. Mientras no se quieran reconocer y atajar los problemas de raíz todo será un simple ejercicio de hipocresía que poco contribuirá a mejorar la situación.
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