Nuestra zarzuela

 

Hablar de la zarzuela hoy en día es necesario para recuperar este género músico-teatral. Por una parte, es muy desconocida —o mal conocida— por la gran mayoría de personas, de otra parte, y en buena medida consecuencia de lo anterior, se ha denostado tachándola de retrógrada o casposa vinculándola, de modo tergiversado, a un casticismo rancio. Nada de eso, la zarzuela es una de las representaciones más auténticas y bellas que se han generado en España, que tienen una raíz histórica y un recorrido que certifican su valor y autenticidad, lejos de los sambenitos que se le han querido atribuir.

El eminente músico francés, gran viajero y polifacético, Camile Saint-Saëns (1835-1921), fue un gran admirador de la zarzuela, dijo de ella: «Me congratulo de poder rendir un homenaje al talento de los músicos españoles, tan poco conocidos en Francia, y que merecen tanto serlo. Desde el ilustre Gaztambide hasta usted, querido Bretón, hay toda una pléyade que merece despertar un gran interés; en ninguna otra parte se encontrará una tal abundancia melódica, exaltada por esos ritmos fuertes y pintorescos de los cuales su patria tiene la exclusiva. Hace veinte años viajando por España, descubrí esa mina de oro de la zarzuela, que casi me era desconocida».

 

Esta frase está impresa en uno de los paneles de la maravillosa exposición La zarzuela, patrimonio de la hispanidad. Crónica cantada de nuestra vida, que desde el 21 de septiembre hasta el 12 de enero se puede visitar en Centro Cultural de la Villa de Madrid “Fernán Gómez”, comisionada por Emilio Casares. Recoger en una exposición el patrimonio legado por la zarzuela, que tiene un recorrido de más de tres siglos y medio, es harto difícil, pero creo que cualquier atento visitante a la misma, sea neófito o conocedor de la temática, puede hacerse una composición de lugar muy acertada, y por ello, cabe felicitar a los organizadores.

El nacimiento de la zarzuela tiene lugar en el teatrillo construido en el Palacio de la Zarzuela, donde se representaban obras durante las cacerías del infante Fernando de Austria (hermano de Felipe IV). El eminente Pedro Calderón de la Barca estrena allí las dos primeras zarzuelas (zarzuela barroca) que nace como un género híbrido en el que se canta, habla, baila y representa, según indicara el propio Calderón. En un principio, al nacer en un ambiente cortesano, la temática es mitológica e incluso pastoriles, pero ya a mediados del siglo XVIII se adentra en los terrenos de lo popular.

Ya en el siglo XIX se produce el hito de la inauguración en 1856 del Teatro de la Zarzuela, esto, unido a que en 1860 hay contabilizados en España 300 teatros y el surgimiento del teatro por horas de los salones y café-teatros, hace que la zarzuela se represente por doquier —cabe resaltar que entre 1838 y 1866 se publican más de 20.000 libretos—. Además, esas obras se representan al poco tiempo en los teatros de toda la hispanidad. Ya la temática es claramente popular, Barbieri indica que el texto está destinado «al público español que paga y que va con idea de divertirse y no con la de oír sermones o ver horrores».

A mediados del XIX hay dos tipos de formatos bien diferenciados, la zarzuela grande y la zarzuela chica —esta última desembocará en el género chico—. La zarzuela grande se estructura en tres actos y donde los solistas y el coro tienen preponderancia, con unos quince números musicales y una temática fundamentalmente histórica. La zarzuela chica (inspirada en la tonadilla) consta de un acto y cinco o seis números musicales, con menor presencia del coro y con una temática popular y de lo cotidiano.

En 1866 se desarrollan paralelamente el género bufo y el género chico.

El género bufo sigue la tendencia parisina de la opereta iniciada por Jacques Offenbach, tiene un marcado ambiente cómico-burlesco, también con un contenido de denuncia política y social, ayudándose de una potente escenografía y un carácter provocador (el can-can y lo erótico).

El género chico deviene de una evolución de la zarzuela chica, en un solo acto y temática cómica se representan varios números musicales, para ello los café-concierto o café-cantantes se convierten en su más peculiar escenario —por un real y un café se podía disfrutar de una de sus obras con hasta cuatro pases al día—. Desde su inicio hasta finales de siglo se produjeron hasta 4.000 obras. Existen dos variantes principales, el sainete lírico, de ambiente popular, urbano y contemporáneo, de carácter cómico y con final feliz; y la revista, que contenía una sucesión de escena sin apenas hilo argumental y sobre tema actual.

Avanzando en el tiempo, con la Restauración borbónica (1875-1900) se va desarrollando el llamado drama lírico o melodrama, un género híbrido entre zarzuela y opera.

El siglo XX supone la edad de oro de la zarzuela. En 1908, 12 de los 35 teatros de Madrid representan zarzuelas y hasta la Guerra Civil se estrenan más de 4.000 títulos. Todo ello se debe a la creciente demanda de ocio de la población y al progresivo trasvase de músicos desde las tareas cortesanas y eclesiales, como consecuencia de las desamortizaciones, posteriormente la radio y el fonógrafo le dan un impulso definitivo, a lo que hay que añadir el fundamental el papel de la Sociedad de Autores de España en la defensa de los artistas.

El género ínfimo aparece por la influencia del cuplé, el music-hall y también la revista, en el que el encanto sicalíptico de las intérpretes daba paso a la frivolidad, el hedonismo, la erótica y más tarde al desenfreno.

El género bufo tiene un desarrollo posterior con la opereta y corre en paralelo con la tendencia europea, sobre todo a partir de 1910, aunque en España mezcla parte de las demás tendencias zarzuelísticas.

Sin duda, en el siglo XX la zarzuela cobra toda su dimensión en lo musical, con una orquestación más completa y delicada, coros más esplendorosos, el belcantismo de las romanzas, ampulosas arias,… Las zarzuelas más vigentes y que actualmente siguen representándose pertenecen a esta etapa.

Terminemos con algunos testimonios sobre la grandeza de la zarzuela.

Nuestro Manuel de Falla afirmaba que «muchas de estas obras perdurarán como timbres gloriosos del arte español y su gracia melódica será difícilmente sobrepujada por nuestros compositores del presente y del porvenir». Doña Emilia Pardo Bazán sentenció bellamente que « ¿Por qué hemos de incidir  en la vulgaridad de desdeñar la zarzuela? En ella hemos descollado, y cuando se dice que nuestra música no logró imponerse en los mercados extranjeros, sé decir que preferiría siempre una zarzuela graciosa y divertida a una ópera de las que no hacen época en la historia del arte».

Incluso elogios del propio Nietzsche, que presenció en Turín la zarzuela La Gran Vía (música de Chueca y Valverde y libreto de Felipe Pérez y González), calificó la Jota de los ratas en una carta a un amigo como «Un terceto de tres solemnes gigantescos canallas, es lo más fuerte que he oído y visto, incluso como música: genial, imposible de clasificar».

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