Pensar y repensar España
Por desgracia, el reciente desastre provocado por la DANA nos demuestra que la solidaridad de miles de personas de todas las comunidades y regiones de España surge de un sentimiento colectivo que nos vincula con nuestros conciudadanos.
A las consecuencias que todo desastre natural ocasiona, se sumaron errores en los dispositivos de alerta y la falta de diligencia de las distintas instituciones y organismos públicos competentes, la sensación de desamparo motivó que fueran los ciudadanos los que tomaran la iniciativa. El coleccionismo a nivel privado me parece una de las aficiones más particulares y curiosas.
El lodo que ahora inunda muchas calles de los municipios valencianos, se vierte —en forma de hartazgo— en el lodazal político en el que nos tienen sumidos. Los partidos mayoritarios, que dicen tener una concepción estatal de la política, están en una escalada de confrontación extrema y, en la mezcolanza de grupos minoritarios, los nacionalistas y separatistas sacan tajada de sus alianzas. Todo país o estado se basa en un proyecto colectivo de vida en común, pero creo que, en la situación actual, el proyecto colectivo de España está siendo desmembrado lentamente. Mientras que esto ocurre, la gran mayoría del pueblo español, demuestra que sigue luchando por mantener viva la esperanza de que nuestro proyecto compartido de vida en común, la España Constitucional, siga vigente.
Azorín (José Martínez Ruíz) es uno de nuestros literatos que no gozan en la actualidad de gran predicamento, ha caído en el ostracismo, apenas es reivindicado, creo que no se le lee, tal vez porque ni tiene una biografía llamativa ni su estilo es “divertido” y, por tanto, está demodé; aun así, yo sigo leyéndolo.
En su ingreso a la Real Academia Española en 1924 leyó su discurso Una hora de España. Cuarenta capítulos con prólogo y epílogo que con originalidad recogen ensayos a modo de escenas de lo cotidiano e intrahistórico del periodo final del reinado de Felipe II, tal como recoge la frase final del prólogo dirigido a los académicos: « ¿Estamos en 1560, o en 1570, o en 1590? Es una hora de España lo que estamos viviendo. Es una hora de la vida de España lo que vivimos —con la imaginación— en este atardecer frente a la inmensidad del mar». Poéticamente, literariamente e, incluso, fantásticamente, nos dibuja como germina España desde lo intrahistórico.
En uno de sus ensayos, Heterogeneidad, comienza diciendo que «España es grande. Con el reino de Aragón se han incorporado a la Corona de Castilla, Sicilia y Cerdeña. Gonzalo de Córdoba ha ganado Nápoles. El casamiento de Felipe el Hermoso con Doña Juana nos ha dado a los Países Bajos. Cisneros ha conquistado tierras en África. Carlos V ha reducido a la obediencia al Milanesado. Todo un vasto mundo ha sido descubierto por los españoles. La diversidad de reinos, tierras, regiones y ciudades en España es inmensa. Dentro de la misma área peninsular, tropiezan nuestros ojos con heterogeneidad pintoresca».
Más adelante añade que «Un historiador —Cánovas del Castillo— después de dar cuenta de la grandeza de España, al inaugurarse la unidad nacional, añade: “Pero al entrar en ella, cada pueblo se conservó como era, con sus mismos usos, con su propio carácter, con sus leyes, con sus tradiciones diferentes y contrarias. Ni siquiera era igual la condición de todos los Estados; los había de condición más y menos nobles, más y menos privilegiados; estos libres, y aquéllos casi esclavos, como que la unión habría ido ejecutándose por muy diversos motivos, viniendo unos pueblos voluntariamente, como pretenden los vascongados, y otros por medio de matrimonios, como Castilla y León de una parte, y de otra Aragón y Cataluña; tales como Valencia y Granada, que estaban pobladas de moros todavía, por fuerza de armas; tales mitad por derecho, mitad por fuerza, como Navarra. Y no esto solo, sino que dentro de una misma provincia cada población tenía su fuero, y cada clase una ley. España representaba de esta suerte un caos de derechos y de obligaciones, de costumbres, de privilegios y de exenciones, más fácil de concebir que de analizar y poner en orden”».
La heterogeneidad está en el germen del nacimiento de España, de aquella hora incipiente de España perdura en nuestro ordenamiento constitucional, el Estado de las Autonomías, los que desconocen u obvian esta semejanza, tal vez por interés demagógico de llevar el agua a sus molinos partitocráticos o separatistas, poco edificante pueden aportar. Tres años antes de ese discurso de Azorín, en 1921, Ortega y Gasset publica España invertebrada, y en su primera parte, «Particularismo y acción directa» incluye en su apartado «5. Particularismo»: «El proceso incorporativo consistía en una faena de totalización: grupos sociales que eran todos aparte quedaban integrados como partes de un todo. La desintegración es el suceso inverso: las partes del todo comienza a vivir como todos aparte. A este fenómeno de la vida histórica llamo particularismo y si alguien me preguntase cuál es el carácter más profundo y más grave de la actualidad española, yo contestaría que esta palabra».
Más adelante indica que «la esencia del particularismo es que cada grupo deja de sentirse a sí mismo como parte, y en consecuencia deja de compartir los sentimientos de los demás. No le importan las esperanzas o necesidades de los otros y no se solidarizará con ellos para auxiliarlos en su afán […] En cambio, es característica de este estado social la hipersensibilidad para los propios males».
En 1966, un preminente alumno de Ortega y Gasset, Julián Marías, publicó un pequeño ensayo titulado Meditaciones sobre la sociedad española, en su apartado «4. Pasado mañana», argumenta que «El Estado monolítico y uniforme es tan irreal y poco viable como el atomismo individualista […] Entre uno y otro se interponen las formas reales […] En suma, hay que organizar el pluralismo. No se piense que con esto se trata de abrir la puerta a la disgregación de la sociedad: exactamente lo contrario. Porque el pluralismo no puede tener otra base que la concordia, entendida no como una supuesta y ficticia “unanimidad”, que ni es posible ni sería deseable, sino como una inquebrantable decisión de vivir juntos, esto es, de convivir y discrepar».
En todo el actual espectro político español habría que distinguir claramente entre los partidos y políticos que verdaderamente buscan la concordia y los que siembran la discordia para sus fines particularistas y partidistas. La cerrazón de instalarse inamoviblemente en las propias convicciones es una inmadurez absoluta que se ha generalizado, no se deja espacio para llegar a puntos de encuentro, ahora todo se convierte en política de bloques o que hay de lo mío. No existe ese «pasado mañana» al que aludía Julián Marías, se trata de noquear al adversario desde el primer asalto y donde el «y tú más» se esgrime como triste argumento de la falta de vergüenza democrática y sumun del Poltronismo Ilustrado.
Es necesario pensar España, saber cómo surgió y como evolucionó históricamente, pasando por sus hitos y conociendo su devenir. Solo ahondando en nuestra historia podemos conocer la verdadera esencia de lo que realmente somos.
Pero igual de necesario que pensar España es repensarla. Hay que estar atentos al contexto, a la altura de los tiempos en que vivimos. Las reformas son siempre necesarias para evitar tanto el anquilosamiento como una actitud reaccionaria ante las nuevas situaciones que surgen en este vertiginoso mundo que nos toca vivir.
No solo podemos reconocernos en la desgracia sacando ese sentimiento solidario y colectivo que nos vincula a todos los españoles, también debemos reafirmarnos en la voluntad de vivir juntos y de compartir un proyecto de vida en común llamado Estado; para que aquellos que ni quieren ni trabajan por el consenso, sepan que la soberanía popular sigue residiendo en el pueblo español.
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