Transparente corrupción

La corrupción es el mayor peligro de un sistema democrático, los sistemas no democráticos son inherentemente corruptos. La democracia asienta a priori sus bases en la igualdad de los ciudadanos ante la ley, claro está que de la teoría a la práctica, del dicho al hecho, existe un gran trecho». Como nada —ni nadie— es perfecto, el nivel de calidad democrática es tan variado como el del chocolate, desde el 100% puro hasta el sucedáneo.

En España, desde 1978 con la instauración de la democracia por vía constitucional, la lacra de la corrupción no se ha erradicado, siguen apareciendo casos escandalosos y sangrantes. Parece que el sistema partitocrático se reserva el privilegio de mantener sine die la impunidad ante la corrupción, es algo así como un remozado derecho de pernada de la clase política hacia sus conciudadanos.

Sin duda que es la punta del iceberg lo que vemos, mientras tanto, el sistema de corrupción sigue a velocidad de crucero y solo salta a la luz pública cuando el Titanic de turno hace aguas y alguien ha roto el pacto de omertà impuesto, la orquesta ha dejado de tocar y el «¡sálvese quien pueda!» prevalece al «¡las mujeres y niños primero!». El aforamiento ante la corrupción es una especie de reserva de dominio que ejercitan nuestros políticos, como un privilegio de clase.

Los actores de la corrupción son varios, el reparto de los papeles principales son bien conocidos, el corrupto, el corruptible, el corruptor, el testaferro, los conseguidores; después aparecen los integrantes de las tramas y subtramas, los pescadores en río revuelto,… También están los que hacen mutis por el foro y se benefician del estatus adquirido con su inmovilismo y silencio cómplice, argumentando para sus adentros y por lo bajinis: «yo ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor».

Parece que la corrupción se ha instalado como un mal endémico en nuestra realidad española, llevamos décadas sufriéndola, ha salido de los televisores y la tenemos sentada en el comedor de casa como un comensal más, ya es de la familia, ¿cómo vamos a perjurar de ella? Así, puede que se haya generado una penosa asimilación, aceptando la corrupción como algo inevitable y consustancial al ejercicio de la actividad política bajo el argumento de «a quien anda con miel, miel se le pega». Personalmente, me niego a aceptar la corrupción como animal de compañía.

A pesar de que la Administración ha incrementado los controles y los medios para hacer que la transparencia en la gestión y en los trámites evite y aminore los casos de corrupción, estos siguen proliferando. En algunos casos, el empeño en la transparencia se ha vuelto tan transparente que es casi invisible, preocupada en las formas se olvida del fondo, tal vez porque eso de que el lobo se ponga a guardar al rebaño no es una idea muy brillante. Está claro que los mecanismos de control y fiscalización no son los suficientemente eficientes.

«Siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos / contentos y amargaos, valores y dublé», es la condición humana antes, durante y después a que Discépolo pusiera letra a su famoso tango Cambalache. La policía siempre irá detrás de los ladrones, aunque tampoco sabemos bien quién guarda al guarda. Para aislar a la corrupción se debe actuar en el terreno fértil de la educación, solo educando en los valores de la honradez y la honestidad se puede ganar la batalla a la corrupción, sobre todo en el ámbito público. El sistema partitocrático no va en esa dirección, se premia el servilismo, la mediocridad, la disciplina de partido frente a la crítica, la excelencia y la libertad.

«No pienses más, sentate a un lao, que a nadie importa si naciste honrao! Es lo mismo el que labura noche y día como un buey que el que vive de los otros, que el que mata o el que cura o está fuera de la ley». No quiero caer en ese seductor pesimismo de Discépolo, pero quizás tenga gran parte de razón, puede que el quid de la cuestión resida en una elección equivocada de escala de valores.

También debemos prestar atención a la corrupción más cercana, cotidiana y visible. Esa corrupción que va socavando parcelas de la realidad hacia las arenas movedizas de la injusticia, la desigualdad, la discriminación,… una corrupción que parece de baja intensidad pero que se instala en las mentes y afecta a lo colectivo. Es una corrupción que consentimos conscientemente con nuestro proceder y que aun así seguimos alimentándola —por acción y omisión— con la cobardía y la prevaricación individuales.

La corrupción, vista en diversos planos y entendida ampliamente, es uno de los principales males que debe paliar una Democracia para evitar que corroa los cimientos del bien común. Esa corrupción va generando cascotes sobre el deterioro del edificio democrático y sobre los cuales comienzan a cabalgar unos siniestros jinetes que nunca hubiésemos deseado.

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