Las sombras y la luz de Zweig

Leer a Stefan Zweig siempre es para mí un placer. Por su estilo elegante, nítido y preciso, además de mi afinidad con su enfoque y pensamiento que vuelca en su escritura, me hacen tener una especial predisposición a su lectura. Testigo de primera mano de los acontecimientos de la primera mitad del pasado siglo XX en Europa —por extensión, mundiales—, sus escritos son altamente esclarecedores del antes y el durante de las circunstancias que le tocó vivir y aleccionadores para el después.

Leo pasajes de su póstuma obra autobiográfica previa a su suicidio, El mundo de ayer, y, como un resorte, me surgen las asociaciones de ideas y las comparaciones con nuestra situación actual. El libro es, sin duda, esencial para entender el siglo XX, nos muestra el discurrir de los acontecimientos desde el inicio hasta sus consecuencias, nos cuenta las peripecias de la Historia en tiempo real con avidez periodística y, a su vez, nos anticipa preclaramente el devenir de la misma. Sus dotes proféticas no son sobrenaturales, provienen de su gran capacidad de análisis e inferencia. Siendo como era un espectador-protagonista de los acontecimientos, acepta con valentía ser una de las voces críticas de su panorama contemporáneo y, con su apasionado europeísmo, enarbola la bandera a la que se aferró de por vida, la de la cultura y la libertad.

Al inicio del Prefacio sienta las bases Zweig del objetivo de su libro: «Tres veces me han arrebatado la casa y la existencia, me han separado de mi vida anterior y de mi pasado, y con dramática vehemencia me han arrojado al vacío, en ese “no sé adónde ir” que ya me resulta tan familiar. Pero no me quejo, es precisamente el apátrida el que se convierte en un hombre libre, libre en el sentido nuevo; sólo aquel que a nada está ligado, a nada debe reverencia. Por eso mismo, espero poder cumplir la condición sine qua non de toda descripción fehaciente de una época: la sinceridad y la imparcialidad».

            Más adelante testimonia los horrores del siglo que le tocó vivir, «Por mi vida han galopado todos los corceles amarillentos del Apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y la emigración; he visto nacer y expandirse ante mis propios ojos las grandes ideologías de masas: el fascismo en Italia, el nacionalsocialismo en Alemania, el bolcheviquismo en Rusia y, sobre todo, la peor de todas las pestes; el nacionalismo, que envenena la flor de nuestra cultura europea».

 

En los capítulos del libro corren en paralelo su vida personal con los acontecimientos históricos que discurren simultáneamente.

En el capítulo Luces y sombras de Europa, al respecto del porqué del inicio de la guerra en la Europa de 1914, afirma que «no hallaremos ni un solo fundamento razonable, ni un solo motivo […] De repente todos los Estados se sintieron fuertes, olvidando que los demás se sentían de igual manera; todos querían más y todos querían algo de los demás. Y lo peor fue que nos engañó precisamente la sensación que más valorábamos todos: nuestro optimismo común, porque todo el mundo creía que en el último momento el otro se asustaría y se echaría atrás; y así, los diplomáticos empezaron el juego del bluf recíproco».

Extrapolamos ahora a nuestro tiempo lo que expresa sobre la actitud de la mayoría de intelectuales de entonces, «era la pasividad e indiferencia, porque, gracias a nuestro optimismo, el problema de la guerra, con todas sus consecuencias morales, aún no había penetrado en nuestro horizonte interior: en ninguno de los escritos importantes de los prohombres de la época se encuentra una sola exposición de principios ni un solo aviso arrebatado.»

 

En 1928 es invitado a participar en el centenario del nacimiento de Lev Tolstói en Moscú, la nueva Rusia era una realidad que quería experimentar y ahora se le presentaba la ocasión, lo acontecido lo recoge en el capítulo Ocaso.

Le impresiona la tumba de Tolstói «conmovedora en su anonimato, magnífica en su silencio, perdida en medio del bosque y rodeada tan sólo por el susurro del viento; sin mensaje alguno, sin palabras». También destaca que «lo que más nos embargaba era precisamente esa cordialidad muda y, al mismo tiempo, impulsiva, esa amplitud y ese calor humano que allí se percibían a cada paso y que son tan desconocidos entre nosotros».

Pronto una carta anónima le advierte, «No crea todo lo que le dicen […] Nos vigilan a todos, incluido a usted. Su intérprete informa de todo lo que se dice. Su teléfono está interceptado y controlados todos sus pasos». De aquella experiencia expresó que «mientras que casi todos los escritores europeos que regresaban de Rusia en seguida publicaban un libro de afirmación entusiasta o de negación exasperada, yo no escribí más que unos pocos artículos […] Hice bien… al cabo de tres meses muchas cosas habían cambiado tanto que ya no se parecían a lo que yo había visto».

 

“Incipit” Hitler, es el capítulo que recoge el periodo del ascenso al poder del genocida. «Para los alemanes era impensable que un hombre que ni siquiera había acabado los estudios primarios, por no hablar de una carrera universitaria, alguien que dormía en asilos y durante años había llevado una vida oscura y precaria de un modo que todavía hoy no se ha esclarecido, pudiese aspirar siquiera a una posición que habían ocupado un barón von Stein, un Bismarck o un príncipe von Bülow […] E incluso aquel mismo día de enero de 1933 en que se convirtió en canciller, la gran masa y los mismos que lo habían empujado al cargo lo consideraban un simple depositario provisional del puesto y veían el gobierno del nacionalsocialismo como un mero episodio».

Zweig describe nítidamente la clave del éxito de Hitler: «Sabía engañar tan bien a fuerza de hacer promesas a todo el mundo, que el día en que llegó al poder la alegría se apoderó de los bandos más dispares». Y confiesa sinceramente que «en 1933 y 1934 nadie creía que fuera posible una centésima, ni una milésima parte de lo que sobrevendría al cabo de pocas semanas».

 

De la inminencia de la Segunda Guerra Mundial escribe en el capítulo La agonía de la paz. Aunque intentaba escapar del desastre que se avecinaba, es imposible «la peor maldición que nos ha acarreado la técnica es la de impedir huir, ni que sea por momentos, de la actualidad». Sufre el antisemitismo de las hordas hitlerianas, además de su persecución, prohibición y quema de sus obras, también sufre en la distancia las vejaciones a su madre, la cual había dejado en Viena.

Otro fenómeno que nos es tan actual: «Antes de 1914 la Tierra era de todos […] Fue después de la guerra cuando el nacionalsocialismo comenzó a trastornar el mundo, y el primer fenómeno visible de esta epidemia fue la xenofobia: el odio o, por lo menos, el temor al extraño. En todas partes la gente se defendía de los extranjeros, en todas partes los excluía».

Ya en Londres, expresa que «en toda mi vida no había sentido de un modo más cruel  la impotencia del hombre frente a los acontecimientos mundiales […] una docena de hombres, a los que no conocía ni había visto nunca […] tomaban decisiones en las que no teníamos arte ni parte y de cuyos detalles no llegábamos a enterarnos y, sin embargo, disponían así, irrevocablemente, de mi vida y la de todos los europeos».

 

Observo que hoy en día el mundo reincide en los mismos males, el panorama actual no es muy halagüeño, dice Zweig al final de libro que «veía la sombra de la otra guerra detrás de la actual»; tal vez esté ocurriendo ahora lo mismo, la creciente umbría actual puede ser la antesala de un nuevo periodo de sombras.

Descarga este articulo

¿Hay algún artículo que quieras guardar y archivar localmente en formato PDF? Si es así, puedes hacerlo directamente desde la imagen a tu izquierda.

Cómo descargar periódicos en formato PDF online

1. Dirígete al artículo de noticias que deseas guardar

2. Haz clic en «Archivo»> «Imprimir»

3. Donde normalmente elegirías la impresora a usar, debería haber una opción que dice «Guardar como PDF»

4. Finalmente, presiona «Guardar» y elige la ubicación para guardar el archivo