Federico Oliver, una restauración desde el olvido
El pasado 9 de enero tuve oportunidad de presentar la biografía Federico Oliver, la poética del dramaturgo en el Ateneo de Madrid, posteriormente mantuvimos una charla sobre «El teatro español del primer tercio del siglo XX». Con esta presentación y la realizada en la SGAE el pasado octubre, he visto cumplido uno de los objetivos propuestos, devolver a Federico Oliver a sus dominios.
Debo decir que la elección de mi biografiado partía de dos razones moderadamente egoístas: la primera, quería escribir una biografía; la segunda, el biografiado era paisano mío. Al poco tiempo, tras las primeras investigaciones, dichas razones se vieron, afortunadamente, sobrepasadas; la dimensión de la vida y obra de Federico Oliver se expandía a la luz de la documentación que emanaba. Tanto por su peripecia vital, un camino constante de superación ante las diversas circunstancias adversas, como por su polifacética labor de una importancia y calidad relevantes.
Federico Oliver se encontraba sumido en las simas del olvido, la inicial perplejidad que tal realidad me produjo se transmutó rápidamente en un reto, con una labor de arqueología literaria debía restaurar su vida y su obra para devolverla al nivel que intrínsecamente merece. Todo obstáculo me pareció nimio y superable ya que me servía el ejemplo de mi propio biografiado para avanzar y reponerme ante los problemas que surgían, lo que no consiguió la pericia lo pudo la pasión; ¿acaso no son esos los secretos para discurrir positivamente en la vida?
Los varios obstáculos externos son los más difíciles de vencer, hay que volverse a poner en pie tras cada caída. A la ardua y laboriosa brega de todo escritor, más si cabe en estos casos concernientes a la investigación, también hay que sumar las tareas de edición y publicación. Un libro de estas características lleva un largo proceso hasta que se publica. La corrección y maquetación requiere de un esfuerzo y precisión elevados que deben realizarse de un modo exhaustivo y profesional. En cuanto a las editoriales he constatado nuevamente que el negocio editorial asume pocos riesgos y que las cuestiones artísticas y literarias tienen escasa importancia ante la rentabilidad económica. Resulta paradójico que las pequeñas editoriales hayan apostado más firmemente que otras de más prestigio y solvencia económica.
Pero todo no es hiel, el panal de la miel de los familiares, profesionales, colaboradores y algunas instituciones que apoyan y han apoyado el proyecto, han sido un gran resorte en todo momento.
La SGAE, principalmente el CEDOA, con María Luz González Peña al frente, ha estado colaborando en todo momento. Recientemente falleció Jaime de Armiñán, era presidente de Honor de la SGAE, curiosamente, ha quedado constatado en el libro el papel fundamental en la creación de la SGAE de su abuelo, Federico Oliver, que siendo presidente de la SAE impulsó el cierre de esta para la creación de una entidad más potente y moderna que terminaría siendo la SGAE.
En cuanto al Ateneo de Madrid, Federico Oliver fue socio y secretario de la Sección de Literatura, además de un asiduo de sus célebres tertulias en las que alternó con toda la bohemia literaria madrileña de su época. Siendo concesionario del Teatro Español, en 1917 estrenó El pueblo dormido, cuyo primer acto discurre en la sala de la Cacharrería de dicho ateneo; dada su amistad con Manuel Azaña, parte de los decorados de esa obra pasaron a decorar la actual Sala Azaña del Ateneo de Madrid hasta nuestros días.
Huelga por mi parte abundar en un panegírico sobre mi biografiado, creo que todo interesado en la vida y obra de Federico Oliver dispone de la lectura del libro para constatar su importancia y relevancia como un personaje importante en el teatro español del primer tercio del siglo XX (dramaturgo, empresario teatral y director artístico), aunque hasta ahora no se haya destacado —en mi opinión— como merece y esté fuera del canon oficial de esa época. A lo anterior se debe añadir otras actividades concomitantes, que no son nada desdeñables para completar la verdadera dimensión del personaje.
En la charla posterior a la mencionada presentación en el Ateneo de Madrid, se produjeron unas breves intervenciones y charla al respecto de Federico Oliver y también de su esposa, la eminente actriz, Carmen Cobeña, y el teatro español del primer tercio del siglo XX, que abarca quizá algo más que esa época denominada como la «Edad de Plata» del teatro español.
Berta Muñoz, como documentalista del Centro de Documentación de las Artes Escénicas y de la Música (CDAEM) y doctora en Filología Hispánica, comentó al respecto del legado que dispone el CDAEM sobre el tándem Oliver-Cobeña, también sobre Carmita Oliver, hija del matrimonio. Además añadió las abundantes y novedosas aportaciones documentales que se contienen en el libro, que servirán de base en un futuro para posibles ampliaciones y revisiones. Constató que le causó sorpresa la importancia de Federico Oliver a la luz de lo documentado y que se podrá reevaluar su figura colocándola en su debido contexto.
Por su parte, José Julio Vélez, doctor y catedrático en la Universidad Complutense y con múltiples referencias en actividades relacionadas con el teatro y los estudios teatrales, destacó que la dimensión de la obra y actividades de Federico Oliver no ha sido bien ponderada, trayendo varios ejemplos al respecto y también poniéndolos en relación con los de Carmen Cobeña. Hizo una importante reflexión en voz alta al respecto de la necesidad de dar más presencia a todos los niveles de la «Edad de Plata» del teatro español.
El CDAEM, organismo dependiente del Ministerio de Cultura, mediante su presidenta, Marina Bollaín, ha mostrado su interés por aumentar sus fondos documentales y legados sobre Federico Oliver y apoyar nuevas publicaciones e investigaciones, además de alguna reedición de sus obras.
La investigación biográfica siempre es un work in progress, ya existen nuevas aportaciones documentales que mejorarán, enriquecerán y precisarán parte de lo que ya conocemos. Lo esencial es que Federico Oliver, la poética del dramaturgo marca un punto de partida sustancioso para posteriores trabajos y, fundamentalmente, creo que ha logrado restaurar del olvido la figura de Federico Oliver Crespo —colateralmente también a Carmen Cobeña— para que sea valorado justamente como un personaje importante dentro del teatro español del principios del siglo XX.
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