Más allá del Trump y del trumpismo

de las máximas en ajedrez, el ajedrez es un juego repleto de normas, aunque también existen muchas excepciones que las rompen.

La inicial esperanza de que las amenazas de Donald Trump se vieran mitigadas o rebajadas, se fueron al garete rápidamente, la retahíla de decretos aprobados nada más tomar posesión muestran a las claras que la política estadounidense cambiará radicalmente y, por ende, la relación con terceros países además de las dinámicas del orden internacional igualmente se verán afectadas de modo significativo.

Que el poder económico siempre mueve, solapadamente, los hilos de buena parte del poder político es consabido, pero la concentración de magnates entorno a Trump mostrando su apoyo explícito y público es algo novedoso. Recordemos que Peter Thiel, propietario de PayPal y afín al entorno de Trump, propugna el modelo plutocrático dentro del movimiento de la «ilustración oscura». Escribía yo hace poco que quizá la principal batalla que la ciudadanía democrática deberá librar en el siglo XXI sería contra las oligarquías económicas que crecientemente ocupan más esferas de poder; como si no tuviéramos ya bastante con fajarnos con el despotismo partitocrático que nos circunda.

 

A nivel interno, y tras lograr acaparar los republicanos todo el poder político, el «make America great again» del trumpismo, se me antoja como una especie de pax romana, en el que «la paz mediante la fuerza» se puede extender a todos los órdenes, un modo de gobernar mediante el abuso de la posición dominante. La tensión de esta especie de nueva guerra fría que EEUU mantenía con algunos países, principalmente Rusia y China, ahora se ve amplificada con los BRICS e incluso con la Unión Europea, además de Canadá, Panamá, Méjico, Dinamarca,… en definitiva, el elefante republicano de Trump con su trumpismo y la manada de oligarcas tecnológicos parece entrar en la cacharrería del orden mundial para hacerlo saltar todos por los aires.

Trump está demostrando desde el Día 1 que su agenda está planificada para no dejar títere con cabeza. El desmantelamiento del estatus institucional vigente en EEUU va a sufrir una radical transformación, la profundidad y amplitud de los cambios someterán a un intenso estrés social a todos los niveles. El riesgo de fractura y confrontación irá en aumento —aún más si cabe—, cambiar o imponer las estructuras a golpe de decreto para instaurar una realidad, desde una perspectiva extrema sin la flexibilidad que requiere todo proceso de transformación, no augura una transición tranquila. Entender la legitimidad que brindan las urnas como una carta blanca para ejercer una política de tierra quemada y de derribo de las políticas del adversario a toda costa, es un radicalismo peligroso. La realidad se puede transformar, pero no se deroga.

 

La involución democrática de EEUU que traerá Trump afecta directamente a todos sus ciudadanos, pero tendrá una repercusión internacional, ya que las dinámicas del trumpismo es un espejo en el que se están mirando otros muchos gobernantes, partidos y simpatizantes de muchísimos países. Consecuentemente, esta deriva política, llevará a EEUU no a erigirse en el vigía de occidente, sino a liderar una especie de internacional de los poderes fácticos y alineación de países del populismo trumpista, adornado con el extremismo de derechas.

 

Responder adecuadamente a los envites arrogantes de Trump con serenidad y sentido común es lo más prudente y sensato. La Unión Europea juega aquí un papel clave dentro del nuevo panorama de la política internacional con el trumpismo en juego, la fanfarronería no ayuda a la diplomacia.

Será bastante difícil que la diplomacia europea actúe cohesionada ante las acometidas que llegarán. Los aliados o simpatizantes del trumpismo en Europa están dentro de varios gobiernos nacionales y en el seno político de la Unión Europea, lo sensato sería que las relaciones bilaterales UE-EEUU estén guiadas por una misma estrategia e interlocución, máxime en una etapa que se espera muy compleja y conflictiva. Socavar internamente la legitimidad y representación de la diplomacia europea será una debilidad insalvable ante el panorama que se avecina.

Por otra parte, creo que es la Unión Europea el único agente, dentro del multilateralismo de las relaciones internacionales, que podrá ejercer cierta distensión y mediación en las hostilidades que surgirán. La escalada de una guerra comercial llevará aparejada una serie de conflictos poco previsibles y que pueden derivar en consecuencias nada halagüeñas. La creación o el refuerzo de bloques aliados por la hostilidad que se ejerza sobre ellos, aumentará la confrontación a valores de emergencia, el papel de árbitro o conciliador será una tarea que alguna de las partes deberá ejercer para evitar que la tensión estalle. Ese papel debería ocuparlo la UE, es un tanto ineludible, ya que puede colocarse equidistantemente, y con cierta autoridad y reconocimiento, entre los extremos de los conflictos futuros.

Una posición débil de la UE ante este nuevo paradigma que el trumpismo quiere imponer, puede abrir una grieta de seguridad por la que reciba ataques difíciles de contener, en un posible escenario de todos contra todos, como resultado de las tensiones insostenibles que puedan generarse.

 

La democracia liberal y el estado del bienestar son sistemas complejos, cuando no se actúa sobre ellos con la diligencia, la integridad y el buen tino que precisan, se debilitan y son cuestionados. Tal vez, la situación actual derive de que dichos sistemas deben reformarse o reformularse, avanzar más hacia una gobernabilidad más inclusiva, participativa y deliberativa. Desde el populismo, la plutocracia, las dictaduras, las oligarquías, las partitocracias,… es fácil atacar a esos sistemas e incluso tumbarlos. La Democracia sana con más Democracia, quizás sea esa la receta.

En el fondo de la situación actual, derivado del razonamiento anterior, en la que el trumpismo va a representar su punto más álgido, creo que el debate que debe abrirse es sobre el futuro del sistema democrático, principalmente, y, seguidamente, del estado del bienestar, en el entorno de la globalización y de la realpolitik.

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