¿Qué pasa?

      What’s up?, esta es la la contracción comúnmente utilizada en el idioma inglés y que traducida al español viene a ser: ¿Qué pasa?, ¿Qué tal?, ¿Qué hay?, ¿Cómo te va?

Como es evidente, esa expresión es la que la aplicación WhatsApp toma como base para su nombre. Sin duda alguna, esta mensajería instantánea ha sido una revolución en el modo de comunicarse de millones de usuarios, tras su estela se han creado otras aplicaciones similares que se utilizan en todo el mundo. Poder comunicarse del modo tan fluido e inmediato, tan libre y fácilmente, como el que nos brinda esta aplicación, es todo un avance. El éxito estaba asegurado.

El buen uso de las aplicaciones tecnológicas reportan innumerables y sustanciosas ventajas, ni que decir tiene que también tiene sus inconvenientes, la instantaneidad unida al escaso filtro de veracidad de los mensajes trae consigo la proliferación de noticias falsas (fake news), por ejemplo. También la dependencia que puede causar a sus usuarios es otro de los aspectos negativos a considerar.

     La aparición de WhatsApp tiene mucha similitud a la popularización del uso de los mensajes de correo electrónico (email), aunque la repercusión es un tanto mayor. Recuerdo las primeras sensaciones que causaban el poder intercambiar mensajes con cualquier persona de un modo tan versátil y sin los inconvenientes habituales que marcaban, hasta entonces, la comunicación escrita entre emisor y receptor.

Ahora, las personas que no utilizan las mensajerías instantáneas tienen un cierto hándicap, corren el riesgo de estar desactualizados y de convertirse en antiguallas humanas condenadas por el ostracismo tecnológico y a no estar a la última ni en la onda de lo que pasa. Por otra parte, y como aspecto ventajoso, si gozan de cierto remanso de paz al estar aislados de la mundanidad ambiente y del ruido que genera la sociedad líquida en la que estamos instalados.

Todos tenemos algún amigo que se han apartado del mundanal ruido y de las parafernalias de las redes, mensajerías,… gozando de la paz de los pocos anacoretas tecnológicos que en el mundo son y son auténticas reliquias del Jurásico. Pero al ritmo que imponen las tecnologías a todos nos llegará esa hora en las que nos tendremos que bajar del autobús de las últimas novedades tecnológicas y comenzar a comportarnos como humanos inadaptados y decrépitos; dicho sea en modo irónico.

 

El uso de WhatsApp y similares da para mucho, se pueden escribir tesis, ensayos,… realizar estudios y experimentos,… de lo más variado; el comportamiento humano nutre a todos ellos. Pertenecer y contemplar el desarrollo de los grupos y comunidades de WhatsApp es una fuente inagotable y palpable de la variedad de comportamientos de nuestra especie. Si una Inteligencia Extraterrestre más avanzada llegara a La Tierra para estudiarnos y se inmiscuyera en ellos, podría llegar a dos determinaciones: la primera, debería huir despavorida ante el guirigay que montamos los humanos, o, la segunda, pasaría a invadirnos inmediatamente ante el constatable grado de estulticia humana.

Si de algo estoy convencido es de la gran dificultad que existe para cambiar las dinámicas del comportamiento humano, tanto a nivel individual como social. Aunque los grupos se marquen normas de uso y comportamiento, «ancha es Castilla» y «yo he venido a hablar de mi libro»; el humano es un animal de rutinas y sigue aplicándolas. Una herramienta como WhatsApp, que podría ser utilizada de un modo útil, se convierte en una expresión más de nuestras actitudes cotidianas en más ocasiones de las deseadas.

 

Al buen uso antes aludido de estas aplicaciones de mensajería, se añade que  nos permiten compartir fotografías, mensajes, videos, documentos, audios,… con lo que se enriquecen los mensajes y contribuyen a una información más completa y de mayor calidad.

Por el contrario, el mal uso de los mensajes de WhatsApp proviene de romper la cadena de privacidad de los mismos, hacer públicos o compartir mensajes privadamente que tienen cierta relevancia confidencial entre emisor y receptor; pero esto puede ocurrir también mediante otro canal de comunicación. Lo cierto es que la cercanía que produce el intercambio mediante mensajería instantánea invita a un grado de confianza y de confidencialidad un tanto peligroso, ya que no se asegura un mal uso de los mismos.

La reciente filtración de mensajes de WhatsApp entre el actual presidente Pedro Sánchez y el entonces ministro y número 2 de su gobierno y partido, José Luís Ábalos, demuestran cómo se dinamitan las relaciones con miembros del gobierno y de su partido al desvelar comentarios despectivos y destructivos que, por otra parte, han elevado a la categoría de ciertos los que se presumían plausibles.

 

         Una llave inglesa tiene una utilidad concreta, pero también puede ser un arma homicida en manos de un criminal. El uso de una herramienta linda entre el uso y el abuso, depende del albedrío con la que se utilice.

         Para tener un conocimiento aproximado de la realidad siempre es necesaria la comunicación, no todas las fuentes de información son fiables ni aportan la misma calidad, también nuestra capacidad crítica para interpretar lo que nos llega es esencial. Filtrar esa información que recibimos de un modo inmediato y un tanto incompleto es clave para tomar decisiones, para hacernos una correcta composición de lugar y formarnos un criterio personal, el proceso de ósmosis de la información es crucial para situarnos y no perdernos, y, sobre todo, para no ser manipulados.

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