Neurovisión

        Hablar de Europa después de su convulso siglo XX conlleva bastante complejidad. En primer lugar, se debe concretar de qué Europa estamos hablando, si la geográfica, la política, la económica, la cultural,… aunque existen numerosos nexos entre ellas hay particularidades que en cierto modo excluyen o necesitan una mirada especial respecto al acervo que comparte la mayoría.

La Europa del Este tiene sensibles diferencias a la Europa Mediterránea, Rusia y sus países fronterizos (satélites, si se quiere) conforman la Europa Continental pero son muy divergentes en lo político, en lo económico los países PIGS gozan de un estatus diferente a los del núcleo duro centroeuropeo, el Reino Unido tras el Brexit sigue manteniendo su raíz cultural europea aunque con sus flemáticas e históricas peculiaridades. En definitiva, hay que matizar bastante cuando tratamos temas europeos, para no caer en una generalización poco edificante.

El poso de la historia es muy potente en los múltiples países que pueblan el territorio europeo. Pese a la globalización y estandarización de las sociedades, todavía subyacen arraigadas concepciones nacionalistas, imbricadas con los poderes fácticos, que son el germen de los actuales conflictos.

      Para visualizar más completamente la situación actual de Europa, intentando amalgamar esos diferentes enfoques, creo que no hay mejor exponente que el Festival de Eurovisión. Aunque la entidad organizadora, UER (Unión Europea de Radiodifusión), no tenga dependencia con la institución de la Unión Europea, si existe cierta asociación espontánea al tener una raíz europea.

Los distintos países que participaron en la reciente edición, un total de 37 en las diferentes fases, muestran a las claras la diversidad anteriormente apuntada. Hay que hacer notar la inclusión de países tan europeos como Israel y Australia (nótese la ironía), y otros un tanto distantes como Armenia y Azerbaiyán; que dan la magnitud del dislate.

Dejando a un lado antiguas reminiscencias de ediciones muy anteriores de este festival y por el que muchos podamos tener nostalgia y cariño hacia él, el Festival de Eurovisión, en mi opinión, es un muestrario de mal gusto artístico y musical, un show que hace gala intencionadamente de una estética kitsch. Creo que no hay nada más opuesto a los ideales artísticos, culturales y estéticos de la cultura europea que el actual Festival de Eurovisión; marcando claramente una deriva decadente.

Por otra parte, es lamentable el compadreo de las votaciones y de la diplomacia eurovisiva. La intromisión de la política de baja estofa se evidencia, un ejemplo más de como la política prefiere convertirlo todo en un lodazal y que nos revolquemos en él. La organización de la pasada edición debió excluir a Israel del Festival, como respuesta a la reciente escalada bélica en Gaza, que si algunos no quieren calificarla de genocidio si debieran llamarla masacre. No caben medias tintas, si se politiza, se politiza todo y hay  que tomar carta en el asunto, al igual que se hizo en su día con la exclusión de Rusia del certamen.

Si el Festival de Eurovisión se ha convertido en un show con una pretensión empresarial, olvidando que existen otros valores esenciales en los que la Música compendia un excelso ejemplo, los países representados e instituciones que lo sostienen deberían plantearse seriamente su continuidad. Dudo mucho que esto ocurra, show must go on, tal vez no sea más que otra evidencia del declive de nuestros Cultura Europea.

 

Europa adolece de neurosis, debemos tener claro en todo momento que valores defendemos y, con astucia y diplomacia, hacerlos valer por doquier. Se precisan posturas y decisiones firmes, sin titubeos, no es momento de vacilaciones, tener miedo es la antesala para que el miedo lo inunde todo y que se torne en catástrofe. Ante posibles propuestas de negociaciones de paz, de salidas a los conflictos bélicos en Gaza y en Ucrania —por citar los que sentimos más cercanos—, tanto Putin como Netanyahu responden con una escalada en sus ataques. Negar la evidencia agravará la situación, no están dispuestos a salidas pactadas y seguirán con el cumplimiento de sus objetivos expansionistas marcados previamente. Ambos huelen la debilidad y la aprovechan inmediatamente, es preciso forzarlos a dialogar, a que abandonen el campo de batalla y que acudan a las mesas de negociación, el asedio diplomático es la vía más efectiva.

Trump cree que hacer política y diplomacia es como hacer negocios y que la economía de un país se gestiona como lo hace en sus empresa. Además, su frivolidad estratégica es muy peligrosa, Rusia, China e Israel —cada uno con sus singularidades— son muy difíciles de doblegar en sus relaciones internacionales y en sus objetivos. Hasta que el gobierno de Trump no vuelva a alinearse en una estrategia común con sus socios hasta ahora preferenciales, poca solución existe. 

 

Mientras tanto Europa tiene que hacer sus deberes a marchas forzadas, su papel mediador es esencial pero debe asumirlo y liderar. Las consecuencias de las dos guerras mundiales que acontecieron en Europa en el pasado siglo, deben hacer reflexionar a los dirigentes de la actual Unión Europea y sus estados miembros, evitando así una escalada bélica que de seguro afectará principalmente a Europa.

Ya es hora que la despertemos de la neurosis en Europa (Neurovisión) y que estemos a la altura de las circunstancias, hacer uso de nuestra auctoritas aunque no tengamos muy reconocida la potestas, es la hora de los valores, de los principios y deben relegarse a un segundo término otras cuestiones importantes pero ahora no tan preminentes. Sobre la base de nuestros errores, Europa debe asumir el liderazgo de un mundo en creciente tensión.

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