De cloacas y aforamientos
El esperpento no ha muerto, el espectáculo que nos ofrecen día sí y día también nuestros políticos españoles y su entorno da para nuevos episodios.
Podemos dibujar la escena: en el back office de un restaurante existe una timba envuelta en una nube de humo, allí se mezclan políticos corruptos, mugrosos policías de partido, chaqueteados empresarios sobornadores, desconocidos fontaneros de cloacas, periodistas fake, jueces y fiscales de parte, sectarios analistas políticos,… En el foro, malencarados números 2 en diálogo con chóferes mudos y señoritas políticamente incorrectas. En la banca hay depositado una ristra de maletines dispuestos para su entrega. Más que una timba parece la visita a un moderno bestiario político. Es de noche. El crupier anuncia: «¡ No va más !».
Los que hemos contemplado gran parte del recorrido democrático de nuestro nuevo periodo constitucional, desde 1978 hasta nuestros días, tenemos una visión de conjunto y de los acontecimientos bastante amplia. Si a dicha visión le incorporamos cierta capacidad analítica e imparcial, podemos conformarnos un estado de opinión muy acertado de este periodo y de la situación actual.
Resulta alarmante constatar que la corrupción se ha convertido en un mal endémico de nuestra democracia, ha estado presente con los gobiernos de diversas ideologías y extendido por todos los territorios y ámbitos, los casos han sido alarmantes y escandalosos, la hemeroteca lo constata. Es palpable que la labor de fiscalización y los controles no han logrado ser efectivos, se han cometido tropelías por doquier y las señales de alarma nunca han saltado a su debido tiempo. Da la impresión de que el poder mira para otro lado y no quiere redoblar los esfuerzos para la erradicación de la corrupción, parece que han optado por cronificarla y que nuestro cuerpo democrático se habitúe a convivir con ella; algo así como si fuera una alergia que brota todos los años y sobre la que poco se puede hacer para prevenirla y solo nos queda el «ajo y agua».
Sobre el poder y sus círculos se ha instalado como una lapa la corrupción. La ciudadanía ha extendido la sombra de la duda sobre todo lo concerniente a lo político y ha asumido como algo inevitable e inherente la asociación de corrupción y política; se ha perdido toda esperanza de desparasitar la corrupción de nuestra democracia.
Una de las decisiones que se tomaron durante la Transición Española fue entregar el poder a los partidos, es evidente que se optó por implantar una Partitocracia en vez de desarrollar una Democracia. En cierto modo, se instauró un periodo de transición de la Dictadura hacia la Democracia en el que se daría un protagonismo absoluto a los partidos, incluso invadiendo las esferas de acción de la división de poderes. Nunca sabremos si se hizo conscientemente, tal vez se esperara que una vez consolidado ese periodo transaccional los partidos evolucionaran de esa Partitocracia hacia una Democracia madura y más participativa y deliberativa. Pero no, los partidos siguen detentando el poder e impidiendo una plena división de poderes, siguen usurpando el papel que le corresponde a la ciudadanía dentro de una democracia, podemos decir que nos encontramos en una Partitocracia Despótica bajo la apariencia de una Democracia Parlamentaria.
El poder y los partidos no han querido crear una Ciudadanía que tenga plena consciencia de los valores democráticos y que crea en ella. No se ha otorgado a la Educación de los instrumentos de formación necesarios para construir una Ciudadanía —y sobre todo a las generaciones que han crecido en democracia— en dichos valores. Se han coartado los valores democráticos supeditándolos a valores heredados de la Dictadura.
La corrupción puede ser el más claro exponente de ese anquilosamiento político y social que ha instalado la Partitocracia en España. La corrupción continúa generándose por que existe un alto grado de impunidad, el delincuente sabe que el beneficio será mayor que la condena y que el sistema corrupto lo ampara en buena medida, o sea, que el delinquir trae cuenta para los corruptos.
En el menú diario que se sirven en las noticias siempre tenemos de primer o segundo plato corrupción con sus diferentes salsas. El «todos son iguales» se ha labrado a martillo y cincel en las mentes de los ciudadanos, y con ella la indiferencia, el hartazgo, el pasotismo,… en el río revuelto de la corrupción la ganancia de los corruptos sigue produciéndose.
Creo que los partidos, todos los partidos, desde los mayoritarios que sempiternamente están enfangados en corrupción, hasta los minoritarios que viven como rémoras y que con su laxitud consienten la corrupción, no muestran tolerancia cero con ella. Agazaparse tras la sede parlamentaria, utilizar el aforamiento como subterfugio para escabullirse y dilatar los procesos, utilizar el «y tú, más», poner el ventilador,… son artimañas sobradamente conocidas y que muestran a las claras como los corruptos se ríen del resto de los españolitos.
El aforamiento, lo he dicho anteriormente, es el moderno derecho de pernada que los actuales políticos mantienen con el resto de la ciudadanía, no todos somos iguales ante la ley, el imperio de la ley no está hecho para ellos. Es escandalosa la comparativa de esta figura en España con la mayoría de países europeos. Si a la inmunidad le unimos el aforamiento y además se detenta cierta influencia sobre el poder judicial, el tufo de que algo huele a podrido —y no precisamente en Dinamarca— está en el ambiente.
Resulta repugnante que nuestros políticos sigan haciendo el mismo teatrillo que lustros atrás, solo hay que cambiar de nombres y años, el reparto está servido y que cada cual coja su papel. La consabida historia sigue siendo idéntica, al final el corrupto hace mutis por el foro y los maletines no aparecen, delito a plena luz del día —con luz y taquígrafos— y a los españolitos se nos queda cara de tontos.
No hay atisbos de que la situación mejore, no creo que toquemos fondo, vivimos instalados en él. Se ha creado un hábitat y una convivencia con la corrupción y nos manejamos con cierto síndrome de Diógenes con nuestras podredumbres e inmundicias, resignados a vivir como ciudadanos de segunda sometidos a la sombra del indigno poderoso de turno.
Max Estrella sigue observando desde el Callejón del Gato.
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