Realidad y ficción
Realidad y ficción son dos caras de una misma moneda, la realidad no se sostiene sin la ficción y viceversa, no es una entelequia aunque para muchas personas pueda parecerlo. Lo cierto es que con la maestría que mezclemos el Martini-ficción con el vodka-realidad —¡ojo!, «mezclado, no agitado»—, podemos saborear el magnífico coctel que es la vida, si las proporciones no son las justas la cosa no funciona.
La complejidad y también la complicación del mundo que nos ha tocado vivir hace que interactuar con los múltiples aspectos de nuestra realidad, de nuestra circunstancia, sea especialmente difícil. Puede que la nostalgia manriqueña haga que «…a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor…» que los actuales. Es posible, ya lo argumentó Don Quijote en su célebre discurso de la Edad de Oro, el cual no me resisto a volverlo a reproducir como caballero escribiente que soy: «Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío…».
En 2025 me gustaría ver la faena de capote en esta plaza del clásico Terencio para afirmar y sostener aquello de «soy un hombre, nada de lo humano me es ajeno». Efectivamente, cualquier persona con una mínima dosis de sensibilidad puede tener serios encontronazos con la realidad con la que convivimos, somos conocedores de los múltiples problemas que afectan a todas las regiones del planeta, las catástrofes, las hambrunas, las guerras,… nos bombardean con información por doquier siéndonos imposible mirar para otro lado.
Suelo utilizar la receta que nos aportó el inconmensurable Ítalo Calvino en Las ciudades invisibles para salir de este infierno de los vivos que es, a veces, nuestra realidad: «El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es arriesgada y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y darle espacio».
Tenemos que decidir que parte de la realidad podemos manejar y soportar, incluso admitir, hay fragmentos de esa realidad en el que no podemos influir sustancialmente y debemos aceptarla sin más, dejarla estar y aislarla para que no nos cause sufrimiento. Sobre la realidad más próxima quizás tengamos más margen de acción y es sobre la que deberíamos incidir, aunque hay veces que esa proximidad también viene aparejada de grandes dificultades que hacen que se escape de nuestro alcance.
La ficción nos puede ayudar a sobrellevar y manejarnos con la realidad. La acción imaginativa de la ficción nos puede aportar visiones de un mundo paralelo no necesariamente ilusorio. Creo que hay muchas personas que ignoran o rechazan esa opción y que, por tanto, eliminan una vía de escape muy útil para ajustar las cuentas con la realidad, para pelear con ella, para ponerle límites.
Es un argumento falaz querer defenestrar la ficción por su invalidez frente a lo real. La ficción toma su base en la realidad, se sirve de modo fragmentario de ella, en ocasiones se crea esa realidad paralela que antes aludía. Podría decirse que la ficción es una ucronía de la realidad.
A los dogmáticos de la realidad cabría apuntarle que no toda la realidad es verdad, que no toda la realidad es real —valga la rebuznancia—. ¿Acaso la mentira no es una simulación de la realidad, no es la distorsión de la realidad para crear una realidad distinta? El fingimiento puede ser menos real que la propia ficción, la simulación es un argumento que la realidad utiliza y que está más cercano a la ficción.
En algunos casos incluso la ficción es más verosímil que la propia realidad. Por ejemplo, cuando acudimos al teatro vamos predispuestos a creernos una ficción, deseamos que nos propongan y transmitan una historia, a que durante el tiempo que dure la función la tomemos como algo totalmente real; de lo contrario, el propósito teatral no estaría cumplido.
En el teatro nos alejamos momentánea y espacialmente de esa realidad con la que convivimos de continuo, estamos dispuestos a entrar en otra dimensión, a ser engañados, seducidos y abducidos conscientemente por una ficción que sabemos de antemano que no es real pero a la que damos consistencia de realidad.
La ficción tiene rasgos salvíficos, esperanzadores, contribuye a modelar la realidad, a matizarla y enriquecerla. Frente a la dictadura de la realidad, la ficción se presenta como un utópico deseo. La dinámica de la ficción hace que la realidad cambie su aspecto monolítico. Resulta paradójico que la realidad, en algunos casos, nos deshumanice y que la ficción logre aflorar sentimientos humanos que tal vez tengamos entumecidos. Realidad y ficción no son compartimentos estancos, tienen vasos comunicantes que las convierten en dos caras de una misma moneda.
La ficción es muy necesaria, ya lo advertía Albert Camus, «la ficción es la mentira a través de la cual decimos la verdad». La verdad, siempre deficitaria, es igualmente necesaria, más aun en los tiempos en la que es tan cruenta.
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