La necesidad justifica los    medios

   Todos sabemos que nuestro presidente de Gobierno, Pedro Sánchez, está en horas bajas, le salpican por doquier casos que afectan a su credibilidad —también a su honorabilidad— y están desestabilizando el Gobierno y la variopinta coalición que lo sostiene. Hace más de un año de aquel tiempo muerto de baja voluntaria y temporal de cinco días que se tomó Pedro Sánchez para salir del fango, haciéndolo de modo exultante y regenerador. Posteriormente el fango pasó a convertirse en arenas movedizas y actualmente en un lodazal, por no decir estercolero.

La rica paremiología española da para mucho, acudir a un refrán para afianzar una decisión es un alarde, una licencia, un recurso cuasi retórico, pero, no debemos olvidar que todo refrán tiene su opuesto. (Hagamos un inciso musical, recordemos a Gabinete Caligari con Malditos refranes). Al decir de nuestro presidente, «hacer de la necesidad virtud» es algo lógico e incluso conveniente, cuando lo escuché mis neuronas comenzaron a carcajearse. No creo que nadie en su recto juicio encuentre en la necesidad aspectos virtuosos, a la necesidad no se llega ni voluntariamente ni alegremente, normalmente la necesidad viene impuesta por las circunstancias, cosa distinta es que ante la fuerza de la necesidad tengamos que recomponernos y tirar p’alante, algo así como «a la fuerza ahorcan».

     Quizás en el subconsciente de Pedro Sánchez, que en estos días debe estar muy a flor de neocortex, siendo un experto en la aplicación de la psicología inversa y de los sesgos cognitivos, recordaría aquel maquiavélico precepto de «el fin justifica los medios» pero buscó un refrán eufemístico que lo camuflara. Indicaba Nicolás Maquiavelo en El Príncipe que «un príncipe prudente no debe mantener fidelidad en las promesas, cuando tal fidelidad redunda en perjuicio propio, y cuando las razones que la hicieron prometer ya no existen. Si los hombres fueran todos buenos, este precepto no sería bueno; pero, como son malos y no observarían su fe con respecto a ti, tú tampoco tienes que observarla con respecto a ellos. Nunca le faltan a un príncipe razones legítimas para cohonestar la inobservancia».

Tal vez Sánchez hiciera una lectura rápida de ese tratado y pasó por alto el capítulo De los secretarios que los príncipes tienen a su lado, en el que Maquiavelo aconsejaba que «no es de poca importancia para un príncipe la elección de los ministros, los cuales son bueno o no según la prudencia del príncipe […] ¿Cómo puede un príncipe conocer al ministro? He aquí un medio que no falla nunca. Cuando ves al ministro pensar más en sí mismo que en ti, y que en todas sus acciones busca su provecho, piensa que ese individuo que así se comporta nunca será buen ministro, y nunca podrás fiarte de él». Está claro que Sánchez nunca sospechó a qué dedicaban el tiempo libre sus más cercanos colaboradores.

Una máxima de los políticos es aquello de «sosteneya y no enmendaya», y nuestros políticos saben que en España «el que resiste es el que vence». Esta contraépica de la resistencia nos lleva al contra peor mejor, a la estrategia del ventilador y al «y tú más»; y así nos va.

 

Me asquea ver el actual panorama político español, el día a día es un ejercicio de desvergüenza y de la partitocracia más rancia y destructora que he conocido. Cada vez tengo más claro que estamos destruyendo el modelo de convivencia que la Constitución del 78 nos brindó, con sus virtudes y defectos; entre ellos, el de instituir la propia partitocracia imperante.

 

Lo más lamentable del caso es que este episodio de putrefacta corrupción se quedará en lo anecdótico y pasajero, será otra temporada más de la serie Corrupciones españolas de ayer y de hoy del gobierno de turno que detenta el poder. Chocaremos por enésima vez con el enquistado sistema de corrupción que generan las estructuras de poder y la partitocracia sin apenas actuar sobre las bases que los sustentan.

La partitocracia genera un sistema de vasallaje y mediocridad que va empeorando paulatinamente la calidad democrática y dejándola en una estructura formal cada vez más escuálida, ajena a la realidad y a los problemas y aspiraciones de los ciudadanos. Se va alimentando el monstruo de la partitocracia reafirmándose en la autocomplacencia con el ombliguismo y la miopía política de nuestros representantes. La creciente desafección de la ciudadanía hacia la política y lo público genera una espiral de progresivo empeoramiento de nuestra circunstancia.

 

No se atisba como podemos salir de este largo periodo de decadencia democrático al que nos están abocando los partidos. La política de bloques, el separatismo, la confrontación, el extremismo,… es el callejón sin salida al que nos están llevando, muy lejos del diálogo y el encuentro que es consustancial al sistema democrático.

España necesita una Segunda Transición con carácter inminente, pero, ¿quién le pone el cascabel al gato? ¿De dónde puede surgir ese movimiento que provoque el regeneracionismo democrático que es tan necesario? Una sociedad civil sin músculo, una prensa demasiado tendenciosa, unos intelectuales acomodaticios, una juventud aletargada,… España es un paciente muy debilitado y tiene enemigos ciertos dispuestos a donar su cuerpo moribundo a la ciencia.

 Creo que los españolitos de a pie debemos exigir a gran parte de nuestros políticos, tanto gobernantes como opositores, que entonen el mea culpa, que reconozcan que no sirven al interés general y que ya no nos representan. Es momento de poner punto final a esta vorágine de confrontación y malestar que están generando diariamente. Son los partidos políticos y, derivados de ellos, sus cargos electos nacionales, autonómicos, provinciales o locales, los que deben sacarnos de este marasmo en el que nos han metido, legítima y éticamente son ellos los responsables y deben asumir honesta y honradamente sus funciones. No es tiempo de héroes ni de salvadores, la responsabilidad democrática de derechos, deberes y obligaciones es consustancial a los demócratas, más aun de los que asumen la responsabilidad voluntaria de ostentar una representación política.

Mientras tanto, iremos viendo como Pedro Sánchez abandona el «hacer de la necesidad virtud» por el «hacer de tripas corazón» con el consiguiente riesgo de desangrarse y, de paso, de desangrarnos.

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