Moderación, divino tesoro, …

       Como bien poetizó Rubén Darío sobre la fugacidad de la juventud, del tempus fugit de los latinos; también la moderación forma parte de la melancolía de tiempos pasados.

      La moderación está demodé, no sirve para nada, no interesa a nadie, no es útil en estos tiempos de la sociedad líquida. La moderación no está en el mercado, nadie la compra, no es moneda de cambio ni valor seguro en el mercadeo bursátil de la cotidianidad. Si demandamos al tendero que nos ponga un kilo de moderación, nos dirá que ese género ya no le llega, que no tiene salida.  

 

        Ahora el bien más preciado es el postureo de la vanidad, con ella se vende y se compra, la gran mayoría presta su ojos y su atención a los múltiples ejercicios de vanidad que por doquier se nos ofrecen. Si quieres vender algo no debes olvidar nunca introducir el necesario ingrediente de la vanidad en tu receta, tiene que brillar de manera ostentosa, parecer único, insólito, innovador,… El nuevo becerro de oro es la vanidad, no lo duden. Adoremos la vanidad, tanto la que nos ofrecen como la propia, alcemos nuestros cánticos y loas ensalzándola.

Cabe hacer aquí un inciso para acudir a la fuente etimológica de la palabra vanidad, no nos vayamos a llevar a engaño. Dice nuestro Diccionario de la Lengua Española: «1. Cualidad de vano. 2. Arrogancia, presunción, envanecimiento. 3. Caducidad de las cosas de este mundo,…». Vayamos ahora al término «vano»: «1. Falto de realidad, sustancia o entidad. 2. Hueco, vacío y falto de solidez.,…».

Porque no debemos olvidar que si rascamos en la epidermis de muchos de los males que padecemos, llegaremos a las capas más profundas donde se encuentra la vanidad. Si tiramos de ese hilo de la vanidad pronto encontraremos a los parientes cercanos, el egoísmo, y su primo hermano, Don Dinero, ese por el que baila hasta el perro. Alimentar la vanidad se ha convertido en una de las grandes pandemias que padecemos, la obesidad del vacío, el vacío va ocupando áreas que antes estaban llenas de contenidos; la paradoja de la obesidad del vacío está volatilizando los elementos más sustanciales de la vida humana. 

La realidad se está llenando paulatinamente de vacío, solo la actividad laboral parece plena de sentido, fuera de ella el homo faber se va transformando en animal laborans, como tan magistralmente definió Hannah Arendt; cambia el homo por el animal y el faber por el laborans. No es necesario que nos preocupemos ni nos ocupemos de la realidad, el futuro comienza a no tener sentido, a ser una concatenación sucesiva de realidades dadas que asumimos sumisamente. El libre albedrío es por tanto más inútil, otros pensarán y decidirán por nosotros, los algoritmos guiaran nuestro devenir y los obedeceremos maquinalmente.

A este respecto, Byung-Chul Han al reflexionar sobre los múltiples aspectos de la Sociedad del cansancio indica que «el exceso de trabajo y de rendimiento se intensifica hasta convertirse en autoexplotación, que es más eficaz que la explotación externa, porque conlleva una sensación de libertad. El explotador es al mismo tiempo el explotado. Las víctimas ya no se distinguen de los verdugos».

«En el futuro, todo el mundo será famoso durante quince minutos», esa era la profecía que Andy Warhol nos reveló como uno de los paradigmas de la cultura pop. Esa profecía está más que superada, ahora esos quince minutos ya no son suficientes, ahora se entra en competencia para acaparar la fama ad infinitum, para captar la atención de un modo enfermizo.

El heroísmo que existe en muchas ocasiones en la normalidad, en la moderación de la realidad, está minusvalorado frente a los que se exhiben en esa especie de concurso internacional del «¿Qué sabe usted hacer?». Tenemos desviada la atención en exceso hacia lo extraordinario. Y precisamente ese es otro de los problemas, que no fijamos la mirada en lo importante, tal vez porque jueguen con nosotros con maniobras de distracción. La quietud de la mirada frente a la hiperactividad del postureo es imprescindible.

Los que somos propensos a la moderación y al prudente estoicismo, nos producen cierta perplejidad, e incluso hilaridad, los múltiples bailes de San Vito que involuntariamente pasan a diario por nuestras pupilas.

Mientras tanto, esperemos con paciencia y moderación la próxima extinción.

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