Plena inclusión, plena predisposición.

       Enfrentarse a la realidad cotidiana con el hándicap de la discapacidad es algo que desde la perspectiva de los no discapacitados creo que nunca llega a evaluarse y entenderse completamente.

       Una persona discapacitada lucha constantemente con el apriorismo psicológico de su diferencia, es posible que con muchas dosis de esfuerzo pueda vencerlo pero es indudable que en ocasiones, dándose de bruces con la realidad, tenga momentos de desánimo, frustración y derrota. Moldear las circunstancias para que el día a día pueda desenvolverse con una aceptable normalidad, sin que la discapacidad sea un obstáculo para el desarrollo lo más pleno posible, es un reto cotidiano considerable.

 

       Una barrera esencial a salvar para que la vida de los discapacitados sea lo más inclusiva posible es que, con la mayor empatía posible, todos adquiramos la perspectiva del que sufre la discapacidad. La discapacidad debe considerarse como una diferencia salvable si, con el esfuerzo de todos, hacemos que los problemas a los que se enfrentan los discapacitados vayan solucionándose y aminorándose, paso a paso, día a día.

No debemos olvidar que todos padeceremos una discapacidad sobrevenida algún día, con el paso de los años, puntual y gradualmente iremos sumando pequeñas discapacidades funcionales inherentes al deterioro humano. En varios momentos de nuestra vida recordaremos, cuando suframos la discapacidad en nuestras carnes, como no hicimos lo suficiente en determinados casos para ayudar a rebajar las barreras de la discapacidad con personas o familiares más o menos cercanos y también desconocidos. Una sociedad es más justa y humana cuanto más se ocupa en apoyar y ayudar a sus miembros más débiles o en situación de vulnerabilidad, son comportamientos humanistas y cristianos que debemos poner en práctica en todo momento.

Nuestro modo de vida trepidante y competitivo no ayuda en mucho a que esa perspectiva sobre la discapacidad sea compartida y tenida en cuenta lo suficientemente. Se tiende a sortear los problemas y pasar por alto todo aquello que no nos incumbe más directamente.

El apoyo legal y normativo en materia de discapacidad para lograr la máxima inclusión posible es indudablemente imprescindible. A pesar de ello es evidente que la progresiva implantación de un entorno integrador en la lucha contra las barreras de las discapacidades es un proceso. Se ha avanzado bastante pero también queda mucho por hacer. Hay que dotar de recursos suficientes para la efectiva puesta en marcha de las medidas implementadas, el riesgo de que todo quede en papel mojado, en declaración de intenciones y en medidas de cara a la galería es evidente.

Si a todo ello no se le unen las medidas de control y seguimiento tendentes a comprobar la efectividad de las medidas puestas en marcha, poco se habrá conseguido. Todos hemos podido constatar como la eliminación de las barreras que un discapacitado tiene que sortear diariamente son deficientes y, en algunos casos, inexistentes.

No se trata de aliviar parcial, provisional y temporalmente las deficiencias, es necesaria una visión integral de la discapacidad para lograr la máxima plenitud e independencia posible de los discapacitados. Incorporar en los hábitos laborales y sociales cotidianos esa perspectiva será el camino seguro hacia esa difícil y perseguida plena inclusión.

La lucha para la plena inclusión de los discapacitados requiere de un esfuerzo firme y duradero, para ello creo que es primordial la plena predisposición de todos, sin excepción alguna. 

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