Tierra quemada
La expresión «tierra quemada» o «política de tierra quemada» es bien conocida, arrasar el territorio para hacerlo inútil para el enemigo. Allá donde se devasta el suelo y todo lo que crece sobre él, es donde comienzan a galopar los apocalípticos jinetes de la guerra, la muerte, el hambre, y dónde, como si hubiera pasado Atila con su corcel, la verde hierba no crecerá.
No solo el fuego es el que arrasa y quema. Por ejemplo, en Gaza quema la masacre, genocidio si lo prefieren, que el Israel de Netanyahu está perpetrando contra el pueblo palestino; como también incendia el terrorismo integrista de Hamás. Y en la Rusia del Zar Rojo Putin bombardea ciudades y pueblos en su pretendida invasión y anexión de Ucrania. Y el gobierno del bocazas de Donald Trump en Estados Unidos de América imponiendo y desestabilizando el orden mundial, arrasando los derechos civiles y libertades. Y así otras tantas guerras, horrores y desmanes que se encuentran silenciados en nuestro planeta y que seguramente sean tan inicuas como las anteriormente mencionadas.
También arrasa el silencio cómplice, la inacción, el mirar para otro lado del resto de la comunidad internacional, que no ejerce la presión suficiente y que no propone medidas eficaces para que mitigar o solucionar las grandes injusticias y los peligros que actualmente nos acechan, que son evidentes. Posicionándose a la expectativa, midiendo milimétrica y económicamente toda acción, contentando y conteniendo, apoyando tácita y solapadamente ciertos comportamientos, la Unión Europea, la ONU, la OTAN, y demás instituciones del orden internacional poco aportan hacia la resolución de los conflictos. Simplemente se contentan con establecer cortafuegos preventivos para que el incendio no se propague a las fronteras de sus territorios e intereses.
Y en España la literalidad de la tierra quemada ha devastado miles de hectáreas en todos los rincones del país. Son varios los factores que se han confabulado para que la situación sea tan catastrófica. A los factores climatológicos y medioambientales de las olas de calor, el abundante combustible vegetal que un año de lluvias ha generado,… se les agregan la agravante de la acción de pirómanos y de la intencionalidad en muchos de ellos.
Por otra parte, cabe la sospecha de la falta de previsibilidad por parte de las administraciones competentes en los planes de prevención y emergencias, más si cabe ante la consabida existencia de los factores de riesgos antes apuntados. Desgraciadamente está ocurriendo que en las últimas emergencias acaecidas en España el patrón se repite. Falta de previsibilidad, tardanza en tomar las medidas de alerta, escasez de medios, conflictos de competencias entre las administraciones, descoordinación, pérdida considerable de vidas humanas, graves pérdidas materiales,… en definitiva, un despropósito absoluto.
No debe perderse la objetividad, es evidente que toda catástrofe natural ocasiona unas consecuencias impredecibles y es la principal causa que determina la gravedad de lo que acontece. Ahora bien, está en la mano del hombre establecer las medidas que minoren las consecuencias de las catástrofes naturales, no siempre se actúa teniendo en cuenta los riesgos y ni se obra convenientemente.
El espectáculo que nos brindan nuestros políticos es bochornoso, denigrante. En la inminencia de una catástrofe comienzan a tirarse los trastos a la cabeza y nadie quiere asumir la parte alícuota de responsabilidad que les corresponde y que solo ellos lo saben. No son capaces de remar en una misma dirección cuando la catástrofe afecta a numerosos pueblos, regiones y conciudadanos; ni siquiera la desgracia les aúna. La política de tierra quemada es, penosamente, una literalidad en este caso.
Cuando lo política no está al servicio de la sociedad y sus ciudadanos, comienza a ser denostada por estos, cuando se pierde el referente de la realidad, del estar a pie de calle, de preocuparse verdaderamente por los problemas que nos conciernen, la política comienza a actuar en detrimento de esa sociedad y de sus conciudadanos. La fractura, más bien falla, entre representantes y representados comienza a ahondarse en la sima, los políticos escudados en el poder, en sus engranajes y en sus prerrogativas, se están desgajando peligrosamente del cuerpo social y de los ciudadanos.
La confrontación política se está radicalizando, quizás no sea más que una huida hacia delante de esta clase — y cada vez más casta — política que se está asentando, tanto en España como a nivel mundial, en todas las teóricas democracias liberales. Quieren que tomemos parte por el blanco o por el negro, la escala de grises les incomoda, el maniqueísmo político es una forma de radicalización a las que nos quieren conducir. Debemos responsabilizar a la clase política de su irresponsabilidad, no vaya a ser que cuando acudan a nosotros estemos bajo el fuego de sus políticas de tierra quemada.
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