«¡Dimite tú!»

        El meme que protagonizó Rafael Gómez Sánchez, más conocido como Sandokán, empresario que también se incursionó en la política, al ser preguntado por un periodista sobre si se planteaba dimitir por su condena en el caso Malaya, es desternillante.«¡Pero que condena ni dimitir ni dimitir, dimite tú!» viene a ser el paradigma de actuación a los que se reclama la dimisión.

       Dimitir es un verbo que debería alcanzar la categoría de pronominal y de auto aplicación en la mayoría de los casos, dada las evidencias tendría que ser una exigencia personal y moral muy por encima de la presunción de inocencia sobre la que se escudan. Pero el poltronismo es uno de nuestros males endémicos, aferrados en la mullida poltrona, volver a inmiscuirse en la chusma de los desaforados y abandonar la protectora clase política, no es una de las opciones de los posibles dimisionarios.

       Claro está que Sandokán, y también otros casos semejantes que quedaban a las afueras de las esferas de la Partitocracia tradicional de la España democrática, fue fulminado rápidamente y extraído de esa privilegiada Partitocracia todopoderosa; todo ello con independencia de lo justa que fuera su condena y de sus consideraciones ciertas.

La conjugación del tiempo presente de indicativo del verbo dimitir debería ser más utilizada. Merece un estudio pormenorizado de todas sus personas y números.

Comencemos por el singular. Por lo anteriormente expuesto, «yo dimito» está en franco desuso, dimitir en primera persona y en tiempo presente no se contempla entre las opciones de la persona a la que se le pide la dimisión. El «tu dimites» tampoco es utilizado, teniendo en cuenta que al que lo plantea está pensando aquello de «cuando veas las barbas de tu vecino cortar…», los daños colaterales son siempre temidos y el fuego amigo siempre es peligroso. En cuanto al «el dimite» rara vez se escucha y viene postreramente, cuando se han agotado muchas vías o se ha logrado un pacto o salida airosa de la situación.

Vayamos ahora al plural, en todos los casos son rara avis. «Nosotros dimitimos», asumir colectivamente la dimisión en la aferrada conducta corporativista que mantienen los acólitos del poder —sea cual sea— es ciertamente inaudito. Tomar una decisión negativa, racional y colectivamente, no es nada habitual por estos lares, el entonar el mea culpa en un canon a varias voces es insólito. Al respecto del «vosotros dimitís» deviene de algo grave, la situación ha escalado y se tienen que tomar decisiones drásticas, hay que cortar por lo sano —es un decir—, el asunto es insostenible; eso sí, lo indispensable es que dimitan los otros, también en el poltronismo hay clases. El «ellos dimiten» es el summun del anterior caso, la decisión viene de más arriba.

 

Cuando un político pide la dimisión de su antagonista en el gobierno parece encontrar la solución al problema, algo así como «muerto el perro se acabó la rabia», olvidando que él también debería dimitir por no ejercer su deber en la función fiscalizadora que a priori hubiese evitado el problema en la gran parte de los casos.  La dimisión es una especie de guillotina actual, la muerte política del adversario con «la muerte a pellizcos». En definitiva se trata de la lucha por la poltrona, el «quítate tú para ponerme yo», el turno de toca que toda Partitocracia impone. No se trata de mejorar y encontrar soluciones, de reparar el mal, simplemente es una tarea de acoso y derribo en toda regla sin más pretensión que ocupar el poder.

La situación actual guarda ciertos paralelismos a la ucronía escrita por Philip Roth en La conjura contra América de 2004, una ucronía que se ha convertido en distopía y que hoy en día es casi una realidad.

Tratemos también de una dimisión sui géneris, es aquella que voluntaria e individualmente ejercemos los ciudadanos de los países democráticos haciendo dejación de nuestros derechos, deberes y obligaciones. Eludiéndolas perdemos la capacidad de influencia sobre las vigencias, sobre la realidad que conformamos cotidianamente. Para ganar mayores dosis de democracia deliberativa y participativa no podemos desentendernos de ejercer nuestra actividad en los círculos más próximos, de lo contrario la democracia representativa seguirá retroalimentándose y alejándose de la realidad y de los problemas que acontecen verdaderamente en la sociedad y a los ciudadanos.

En un mundo donde lo fake, la cultura de la cancelación, la censura, la virtualidad,… hace que interpretar la realidad sea progresivamente más difícil, si hacemos dejación de nuestras capacidades de conformar y decidir sobre nuestra realidad, el futuro será, paulatinamente, más hostil. Intuyo que la autocensura está ganando espacios dentro de lo personal y lo social, la libertad está en retroceso en muchos campos de lo humano, creo que existe por parte del poder un ataque deliberado hacia la libertad con la pretensión del máximo control.

Un síntoma inequívoco de esta apreciación es que el ejercicio de la independencia apenas tiene cabida en el debate público, el independiente está condenado al ostracismo por los de aquí y los de acullá. Eliminar el pensamiento crítico es una consigna que el poder ejerce en todos los campos, pensar autónomamente está perseguido, está fuera de los márgenes del adoctrinamiento, de la polarización, del radicalismo, del sectarismo y de la sectorización.

No dimitamos, no claudiquemos ante el empuje del barbarismo, hay que mantenerse firmes y encarar esta vorágine en la que nos tienen sumidos. Perder el relato sobre la realidad frente a los que quieren imponer la suya y que están en una deriva nada coherente y muy peligrosa, es algo que no debemos permitir. La divergencia entre representantes y representados es cada vez mayor, la convivencia de dos realidades es insostenible, el constructo que fabrica el poder nos está llevando a unos destinos poco deseables y que pueden no tener vuelta atrás.

 

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