El tábano filósofo

       Al comienzo del discurso de Byung-Chul Han en la reciente ceremonia de entrega del Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades nos dice: «En la Apología, el famoso diálogo de Platón, cuando Sócrates expone su propia defensa después de haber sido condenado a muerte, explica cuál es la misión del filósofo. La función del filósofo consistiría en agitar a los atenienses y despertarlos, en criticarlos, irritarlos y recriminarlos, igual que un tábano pica y excita a un noble caballo cuya propia corpulencia lo vuelve pasivo, y así lo espolea y estimula. Sócrates compara a ese caballo con Atenas».

       Después de aproximadamente veinticinco siglos, esa misión sigue siendo necesaria, aunque el marco actual sea muy diferente; la sociedad necesita de referentes y de voces que hablen alto y claro y nos adviertan sobre los peligros que nos amenazan. Han asume parte de su responsabilidad como filósofo y se erige como ese tábano en pleno siglo XXI: «Yo soy filósofo. Como tal, he interiorizado esta definición socrática de la filosofía. También mis textos de crítica social han causado irritación, sembrando nerviosismo e inseguridad, pero al mismo tiempo han desadormecido a muchas personas»

      En la actualidad, hacer llegar esos mensajes de advertencia no resulta nada fácil, a pesar de que el progreso en muchos campos —sobre todo el tecnológico— haya permitido comunicarnos mejor. Cuando esa irritación, nerviosismo e inseguridad a la que alude Han se producen en las esferas del poder, la consigna de matar al mensajero, figurada, subrepticiamente o realmente (como en el caso de Sócrates), hacen que el mensaje se acalle u se obstruyen los canales de comunicación.

      Para formarnos una opinión personal sobre un asunto concreto que nos interese o nos incumba, debemos recibir y obtener una buena y correcta información, cuantitativa y cualitativamente. Esta tarea de acaparar información debe procesarse y filtrarse para poder elaborar el juicio que nos aporte nuestra propia opinión. Las manipulaciones, los bulos, las tergiversaciones, los razonamientos erróneos, los sesgos, la ideologización,… deben ser detectados para actuar lo más objetiva y lógicamente posible. No basta con recibir información también debemos de obtenerla, de buscarla y procesarla, asumir opiniones ajenas como propias sin haberlas regurgitado antes nos hace más manipulables y menos independientes.

     Las voces, las fuentes, los medios, los pensadores independientes escasean, hay que expurgar bastante para encontrarlos e identificarlos en la maraña comunicativa actual. Contrastar la información que proviene de esas fuentes independientes nos puede aproximar bastante a una visión e interpretación más exactas de la realidad y de sus acontecimientos. Del otro lado nos queda la ideologización y su sectarismo, dejarnos llevar por las consignas y por el sesgo que se nos quiere imponer, por un apriorismo que condicione nuestro libre albedrío y que anule nuestra capacidad de análisis. En definitiva, ser guiados por las etiquetas y sometidos a compartimentos-estanco para sesgar nuestra opinión.

     La imposición del relato proviene actualmente de la acción política de los gobernantes, representantes políticos y de los partidos. Cuando escuchamos las noticias e informaciones que proviene de lo público, de una tertulia de actualidad, por las redes sociales, mensajerías instantáneas,… el sesgo ideológico o partidista es evidente. El único modo de luchar contra la imposición del relato es poder contrastarlo, contraponer objetivamente otra visión, generar ese espacio de libertad es fundamental si se quiere socavar la asfixiante presión que genera dicha imposición. Cuando los representantes políticos usurpan el espacio de libertad, de opinión y de expansión de sus representantes la realidad se va corrompiendo ineludiblemente.

     A este respecto también advierte acertadamente Han en su discurso que « […] la democracia necesita más que meros procedimientos formales, como son las elecciones y las instituciones. La democracia se fundamenta en lo que en francés se llama moeurs, es decir, la moral y las virtudes de los ciudadanos, como son el civismo, la responsabilidad, la confianza, la amistad y el respeto. No hay lazo social más fuerte que el respeto. Sin moeurs, la democracia se vacía de contenido y se reduce a mero aparato. Incluso las elecciones degeneran en un ritual vacío cuando faltan estas virtudes. La política se reduce entonces a luchas por el poder. Los parlamentos se convierten en escenarios para la autopromoción de los políticos».

     No cabe duda que ese moeurs está seriamente dañado en nuestras sociedades, ese respecto que deberían tener los representantes a sus representados es prácticamente inexistente, actúan despóticamente solo al servicio de sus ideologías (que no de sus ideas) y de sus intereses. Los representantes han decidido cortar la comunicación con sus representados, la arenga y la consigna unívoca es la única comunicación que mantiene durante el transcurso de los mandatos.

     Acaparar lo público por parte de los representantes, erigiéndose plenipotenciariamente en la imposición del relato, muestra a las claras que los representados no forman parte de la ecuación democrática, del debate público y de la interacción comunicativa necesaria entre representantes-representados. Los representados se han convertido en simples votantes, excluyendo, eso sí, a la nutrida masa de abstencionistas.

     En la inicialmente aludida Apología de Sócrates de Platón argumenta que «No se fastidien conmigo porque digo la verdad. Porque no existe hombre que sobreviva si se opone sinceramente sea a ustedes, sea a cualquier otra muchedumbre, y trata de impedir que llegue a haber en la ciudad mucha injusticia e ilegalidad, sino que, para quien ha de combatir realmente por lo justo, es necesario, si quiere sobrevivir un breve tiempo, actuar privadamente, pero no en público».

     Esperemos que esos escasos tábanos filósofos no acaben siendo aplastados por la pesada mano del poder.

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