Salud de la Sanidad.
Que la calidad y el servicio de la sanidad pública han empeorado es una evidencia innegable. Si nuestros gobernantes no han sido capaces de detectar esa evidencia, por activa o por pasiva, son responsables de su deterioro y de acrecentar el problema. Por pasiva se les puede culpar de ineptitud y por activa de un comportamiento doloso, ambos igualmente graves.
No resulta muy difícil conocer el estado de la sanidad pública, podría detectarse simplemente haciendo algunas comparativas con las deficiencias del servicio que se han ido generando y que anteriormente se satisfacían con un mayor o menor grado de cumplimiento. Cualquier usuario o familiar de usuario puede constatar esa apreciación, que puede pasar desapercibida para aquellos gobernantes que no toman el pulso a la realidad y que se alejan de los ejemplos de la cotidianidad.
Aprecio que esas deficiencias no radican principalmente en una escasez o falta de calidad de los recursos humanos y materiales —que en algunos casos también lo son— si no en una falta de organización, de motivación, de excelencia,… que se ha generado por doquier en los servicios públicos sanitarios. Se aprecia una disociación total entre dirigentes-trabajadores-usuarios, una falta de coordinación que empobrece la calidad del servicio y que causa un malestar generalizado e incluso una animadversión muy perjudicial. Parece que se anteponen otros objetivos al de proporcionar un servicio de salud pública razonable y eficaz.
El ambiente es de una lucha de todos contra todos entre esos tres agentes antes apuntados —dirigentes-trabajadores-usuarios—, un descontento generalizado que hace que el deterioro vaya paulatinamente avanzando. Los recortes han causado un daño muy grande, muchos usuarios han podido comprobar como por causa de estos se han visto mermadas las prestaciones que anteriormente recibían. Igualmente, los trabajadores sanitarios se ven coartados en su calidad asistencial por no disponer de unos recursos con los que antes contaban, los criterios económicos impuestos por los dirigentes han sido antepuestos a los sanitarios.
Es indiscutible que el coste de la sanidad pública es elevado, si sumamos el mayor envejecimiento y esperanza de vida de los ciudadanos, hace que el coste económico vaya en aumento. Estas tendencias demográficas son conocidas, estudiadas y previsibles, deben ser tenidas en cuenta en la elaboración de los presupuestos públicos con la suficiente antelación y precaución. Si ante el panorama de la gestión pública se opta por coger la tijera en vez de evaluar y prever, los recortes son una fácil salida para cuadrar el presupuesto y el pernicioso efecto cascada está servido.
Una mala evaluación de los problemas siempre traerá una inadecuada solución de los mismos. Para hacer frente al aumento de los costes de la sanidad pública no debe optarse recurrentemente a la opción de privatizar, externalizar, concertar,… los servicios con el sector privado; hay muchos criterios a tener en cuenta y tal vez el criterio económico no debe priorizarse en estos casos.
Mi experiencia, y creo que la de gran parte de los ciudadanos, es que estábamos muy satisfechos con los servicios y prestaciones que la sanidad pública nos brindaba. La calidad de los profesionales y la posibilidad de acceso a tratamientos e intervenciones de todo tipo, eran y son muy altamente valorados por los usuarios y ciudadanos. La degradación paulatina de la sanidad pública está llevando estas valoraciones a cotas cada vez más bajas.
Este problema se enmarca en otro mayor, que tal vez haya alcanzado ya la categoría de dilema, ¿hacia dónde va el Estado del Bienestar? Sanidad y Educación son dos grandes pilares del Estado del Bienestar, mantenerlos y costearlos no es fácil, ¿seremos capaces de sostenerlas y con ellas al Estado del Bienestar? Los recortes socaban las sólidas bases del Estado del Bienestar, poco a poco los cimientos se resientes ante el consiguiente deterioro de los servicios, abriendo así la puerta a las causas para el desmantelamiento del mismo.
En España, las competencias descentralizadas en las Autonomías en estas dos cuestiones, hace que el problema se atomice y la situación en cada uno de ellas será diferente aunque con ciertos aspectos en común. Mantener un Estado del Bienestar desde la perspectiva del Estado es sumamente difícil ya que esas competencias esenciales del mismo están traspasadas, se forma un guirigay considerable, como el que actualmente vivimos. Nuevamente esto desemboca en la necesidad que he apuntado en anteriores ocasiones de una Segunda Transición.
En Andalucía, con respecto al SAS (Servicio Andaluz de Salud), el PP ha continuado y agravado esa línea de decadencia que ya se inició con los últimos gobiernos del PSOE. El grave fallo en el cribado de cáncer recientemente conocido, es la punta visible del resto del iceberg sumergido en lo referente al pésimo estado de la Sanidad andaluza.
La ciudadanía y los usuarios están muy descontentos con la deriva de los servicios sanitarios públicos en Andalucía, la situación está al borde del colapso. Creo que la mala gestión de los recursos humanos y materiales hace que la calidad asistencial esté mal valorada, se aprecia a los sanitarios con una falta de motivación muy preocupante que viene derivada de una incomodidad con la situación generada, siendo víctimas del problema y no de la solución.
Es urgente reforzar el sistema sanitario en Andalucía, si se ha optado por externalizar, privatizar, concertar,… gran parte de los servicios como solución a las carencias, creo que el problema irá en aumento. Los andaluces nos merecemos unos servicios sanitarios adecuados, el gobierno del PP debe hablar más con los sanitarios que con los empresarios de la sanidad. El rico capital humano que atesora el SAS será parte de la solución o, por el contrario, las primeras víctimas de ese iceberg que anda a la deriva.
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