…and                  the winner is…

        El asunto de los premios y de los premiados es siempre controvertido. Suele decirse que «sobre gustos no hay nada escrito», al que lo arguye le suelo matizar que «… y mucho menos leído y visto». Desligar ese gusto, ese tomar partido en la elección y predilección, del proceso de culturización que en materia de artes —fundamentalmente— se hace, es una especie de involución. Llevar a un comportamiento cuasi animal el debate sobre los gustos sería una cuestión de feromonas, de pura química que desprecia sus reacciones con la física.

       En este asunto, el precio del premio se confunde normalmente con el valor de lo premiado. A la vanidad que todo premio acompaña se le añade comúnmente la vanagloria del premiado. Todos sabemos por Quevedo que «solo el necio confunde valor y precio», aunque sea también necio creer que esa frase popularizada por Don Antonio Machado es original de él. Para conocer el valor de algo no es indispensable que sea reconocido por el marchamo del galardón, pero parece que la patente de un premio imprime garantía. Ya sabemos que las etiquetas nos ponen las cosas más fáciles que conocer, descubrir y valorar con nuestro propio criterio el auténtico valor de algo.

       Ni que decir tiene que hay ocasiones que valor y precio alcanzan la categoría de aceptables e incluso de merecidos. Suele ocurrir en estos casos que el peso de la evidencia es tan pesado y voluminoso que no queda otra que reconocerlo. Por ejemplo, cuando se premia la labor por una dilatada carrera, aunque a veces lo dilatada de una carrera pesa más que los quilates de las obras que atesora el galardonado; viniendo a ser más un reconocimiento a la tozudez que parece decir «- ¡Toma, por terco!». Pero como de todo tiene que haber en la viña del señor, no nos vamos a proclamar en inquisidores ni verdugos de premiados injustamente, respetemos el minuto de gloria que toda persona merece.

      Donde la cosa tiene más miga es en los otorgantes de premios y reconocimientos, en los jurados, en los sanedrines que dictaminan con del dedo índice extendido a quién debe otorgársele la dádiva de la condición de premiado. Creo que nunca he sido jurado de nada, por una parte, porque no doy el perfil —de lo cual me jacto— y, por otra, porque hubiera declinado la invitación —aviso a navegantes—. Para ser un dadivoso miembro de un jurado hay que poseer cierta vanidad, aunque se quiera tapar o disimular, eso de otorgarse la potestad de enjuiciar la labor de otros parece que proporciona un estatus superior; coquetear con el bien y con el mal tiene algo de morboso que gusta a muchos.

      Pero el que esté libre de pecado…, nunca digas nunca jamás. Lo más probable es que alguna vez seamos receptores de algún premio, que algún jurado ponga los ojos sobre nosotros. En estos tiempos en los que los premios y reconocimientos salen como churros, la probabilidad de que nos caiga uno encima es alta. También es posible que formemos parte de algún jurado, Dios nos coja confesados.

      Recientemente se ha otorgado el Premio Planeta 2025, nuevamente la polémica ha surgido al ser el ganador Juan del Val, un escritor relacionado con un programa de máxima audiencia televisiva y que ha sido cuestionado por su escasa carrera y calidad literaria; cosa parecida ocurrió en 2023 con Sonsoles Ónega. Al tratarse del premio literario con mayor dotación económica en lengua española, la repercusión del mismo es importante, además de ser otorgado por el Grupo Planeta, que es líder en materia editorial en todo el mercado de la literatura en nuestra lengua. Tengo que reconocer que no he leído ninguno de los títulos premiados y que tampoco los leeré, tengo la pila de libros en cola de lectura colapsada con obras de un valor marcadamente más contrastado que el de esos autores.

      Como escritor que me he aproximado, someramente, al mundillo de los premios literarios, he tenido un conocimiento aproximado del asunto. Mi reticencia inicial a la presentación de manuscritos a premios y certámenes se confirmó finalmente, lo cual vino a ratificar mi apreciación previa. Es obvio que el objetivo de cualquier escritor que se presenta a concurso es obtener el premio, ya sea por la recompensa económica, por alcanzar cierto prestigio, para aumentar las ventas,… todas esas razones están relacionadas con obtener éxito. Si para obtener ese éxito hay que adecuar la creación a los gustos imperantes y mayoritarios de los lectores los valores literarios se supeditan y se tergiversan. Escribir para gustar es bien diferente a que guste lo que uno escribe.

      La gran mayoría de editoriales supeditan el valor literario al beneficio económico, las editoriales son empresas y el romanticismo del editor es ya un recuerdo de un tiempo pasado. Ahora le preguntan al escritor sobre si tiene redes sociales, con cuántos seguidores virtuales cuenta, si está dispuesto a cofinanciar la edición de su libro, que cuántos libros cree que podrá vender,… como se comprueba, todos son parámetros poco literarios. Apuestan a caballo ganador y quieren traspasar la tarea del editor al escritor, que el escritor escriba libros y que el editor los venda no es la lógica actual. Se dice que hay mucha competencia, que se venden menos libros,… pero el número de editoriales no para de crecer y cada vez se editan más libros, la incongruencia salta a la vista, alguien se está quedando con la parte del león.

      Existen multitud de ejemplos de libros rechazados por las editoriales, que no han sido premiados, que han pasado desapercibidos durante un tiempo,… y que más tarde han alcanzado un reconocimiento incontestable por parte de los lectores; lo que demuestra que, afortunada o desgraciadamente, la tarea editorial no es una ciencia cierta. En buena medida, la gran literatura es un reducto de autenticidad, una labor íntima de rebeldía, una insobornable adscripción a la verdad,… de eso entienden poco los premios literarios y que parecen olvidar gran parte de las editoriales y todos los falsos escritores.

     Está claro que solo el jurado del tiempo salvará de la quema a los libros más apreciados, mientras tanto, queda un donoso escrutinio que presenciar.

 

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