Anatomía de este instante
La fotografía y el fotograma, el instante y la evolución, la quietud y el dinamismo, este juego de espejos es necesario para comprender, en lo posible, la evolución histórica. Indagar en el matiz debe complementarse con la visión de conjunto, abrir y cerrar el zoom para enfocar bien la realidad nos hace tener una imagen de mayor calidad sobre la misma.
Hace unos días que se han cumplido los 50 años de la muerte del dictador Francisco Franco y la proclamación del Rey Juan Carlos I como su sucesor en la Jefatura del Estado y la consiguiente restauración monárquica.
La fotografía de aquel instante se recobra por enésima vez ahora que vuelve al primer plano. El final de la dictadura estaba cantado, paradójicamente cayó «como fruta madura» —o inmadura, según se vea—, el anacronismo político, que suponía en el contorno de la Europa Occidental, hacía que ese camino iniciado con el fin de la autarquía y con el aperturismo («queremos libertad, pero con orden…»), concluyera. Si bien, el camino hacia el continuismo estaba marcado por la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado y la designación el 22 de julio de 1969 del príncipe D. Juan Carlos de Borbón como sucesor a Franco, todo quedó «atado y bien atado con la designación de mi sucesor».
La salida de la dictadura hacia una democracia estaba por hacer, fue intención de los agentes políticos protagonistas de aquel instante, marcar la senda democrática para España y los españoles. El proceso de la Transición tuvo como fruto la Constitución de 1978, concesiones y cesiones, moderación, diálogo, altura de miras,… hicieron posibles constituir e implantar un marco de convivencia en democracia. Se tuvieron que sortear numerosas dificultades y momentos de inestabilidad, el fracaso del golpe de estado de 1981, marcó el definitivo punto de inflexión para reafirmar la senda democrática que se vio ratificada con la mayoría absoluta del PSOE en las elecciones de 1982 —dando un cambio de signo ideológico en el poder, al menos sobre el papel— y con la incorporación a la Comunidad Económica Europea en 1986.
Grosso modo, esas pueden ser las anatomías de ambos instantes entre 1975 y 1986, en una década el fotograma de dichos años había cambiado sustancialmente («a España no la va a reconocer ni la madre que la parió», Alfonso Guerra dixit).
Hagamos ahora un esfuerzo por comparar la dinámica con la estática, la dinámica de la película que va entre esos dos fotogramas de 1975 y 1986 y la estática de la fotografía del instante actual de 2025.
Personalmente observo dos comportamientos contrapuestos entre la sociedad y los individuos de aquella etapa y la actual, durante la Transición actuaban con libertad y valentía y ahora existe una autoimpuesta coerción y miedo. Pensándolo bien, esa contraposición perdura en bastantes valores, casi en valores absolutos extremos.
Tal vez, entonces, había algo por lo que luchar, en lo colectivo y en lo individual, había campo de acción y horizonte claro, había que conquistar el futuro deseado y huir de un pasado negro. Ahora estamos paralizados, absortos quizás por los acontecimientos y sin saber cómo actuar, huérfanos de representatividad, acomodados en un bienestar material superfluo, permanecemos impasibles observando como se está demoliendo el edificio colectivo y social.
La parálisis desemboca en la involución, la nostalgia del «cualquier tiempo pasado fue mejor» poco aporta para seguir construyendo el futuro. Una sociedad adormecida ante los negros nubarrones que vemos como se avecinan, unos jóvenes a los que hemos educado en el conformismo social y a los que vamos a entregar un escenario peor del que teníamos, la casi aniquilación del sentimiento de lo colectivo y social,…
Tras vivir de las rentas de la Transición con la consolidación de las libertades y el establecimiento del Estado de Derecho, quedó pendiente construir las plantas del edificio de la Democracia. Pero es ahí donde estimo que se ha fallado, esa oligarquía de partidos u oligocracia, como gustaba decir a Antonio García-Trevijano, no ha sido capaz de revertir a los españoles el poder democrático, los partidos se han adueñado de las instituciones, se han colmado de potestas y se han vaciado de auctoritas. Los partidos son los que ahora atan y bien atan el devenir de España.
Un hecho inequívoco de esto último es que la corrupción sigue siendo un mal endémico, sea cual sea el gobierno y los partidos que lo compongan, la corrupción sigue corriendo por los despachos, no existe tolerancia cero con la corrupción, hay una permisibilidad y una inmunidad de hecho.
Por otra parte, la división de poderes sigue pendiente, evidencias como la actual condena al Fiscal General del Estado así lo atestiguan, la intromisión del poder ejecutivo y, en menor medida, el legislativo, en el poder judicial es inadmisible.
El deslavazado e incongruente desarrollo autonómico ha hecho que el marco constitucional esté carcomido por el nacionalismo excluyente y por el independentismo que ejerce su efectivo chantaje a los sucesivos gobiernos de España, con la connivencia de estos.
Además, un aspecto que pasa desapercibido, el sistema educativo (casi por completo en manos del poder político autonómico) es rehén del gobierno de turno y ha olvidado formar a ciudadanos, no es un objetivo formar a los jóvenes para que sean los protagonistas de la Democracia, interesa más que sean obedientes, acríticos y manipulables ciudadanos, además de cumplidores contribuyentes.
Este panorama hace que el marco constitucional esté desfasado, la realidad política lo ha superado o desvirtuado e incluso lo ha convertido en papel mojado.
Necesitamos una Segunda Transición, un nuevo marco acorde con la fotografía actual de España, que por acción u omisión del poder político, no ha logrado actualizarlo o hacerlo coherente con el devenir de España. La actual constitución no puede convertirse en una jaula de oro ni tampoco que existan trampillas donde salir y entrar a conveniencia.
Una Segunda Transición también para arreglar los desperfectos de la anterior, esas voluntarias trampillas o barrotes irregulares que permitieron su puesta en marcha. La dinámica del proceso de una Dictadura a una Democracia no es fácil ni rápida, pero creo que ha llegado el momento de que el poder político esté a la altura de las circunstancias y no nos lleve a callejones sin salida.
Claro está que cambiar las reglas del juego no es agradable para la partitocracia en la que estamos asentados, la partitocracia conoce y se beneficia de las reglas no escritas a las que atenerse. Hay que ser valientes, no se trata de abrir la caja de pandora, se trata de dejar volar al pájaro que ha crecido y que necesita una jaula más moderna y amplia, la actual está seriamente degradada. El riesgo de involución es palpable, si los actuales representantes de la partitocracia siguen con las anteojeras colocadas, la debacle seré inevitable y todo lamento tardío sería imperdonable.
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