Marruecos, tan lejos, tan cerca.

       Turista o viajero, estos son dos modos de plantear un viaje vacacional, indudablemente que entre esos dos modos puros existen estadios intermedios.

El enfoque es bien diferenciado y conocido, el modo turista se acoge a la estandarización y se sirve de la oferta establecida a tal efecto, los lugares comunes, la foto viral y el catálogo de marras; por el contrario, el viajero huye de lo que viene dado, intenta explorar la realidad y vivir una experiencia a pie de calle y más improvisada.

 

Como escribía al principio, lo híbrido se impone, porque el viajero en la actualidad ya no es aquel viajero romántico que pretendía y podía captar la esencia de lo auténtico, del folklore que rezuma todo paisaje y su gente. Apenas existe un rincón del planeta sin escudriñar y que no hayamos visto antes gracias a los medios de comunicación, internet, redes sociales,…

       Aquella sensación cercana que nos mostraron los relatos de los viajeros dieciochescos e incluso del XIX y del XX, los escritores autóctonos sobre sus territorios natales o los aventureros y descubridores de algunos siglos atrás, a la que nos trasladaban con la imaginación, se ha convertido en nuestros días en una fotografía o un video, desproveyendo del factor sorpresa y del encanto que pudieran aportar nuestra imaginación o lo inesperado.

      El viajero es un antropólogo, el turista se contenta con el afán del paparazzi. De ahí otro hecho diferenciador entre el viajero y el turista. El antes, el durante y el después es una secuencia que disfruta el viajero y que llena de contenidos, el viaje es para este una experiencia enriquecedora que pasa necesariamente por esos tres procesos. El turista se contenta con la instantánea, con el instante, con la foto fija, apenas procesa la experiencia como una enseñanza y someramente se queda con el disfrute puntual.

 

      No suelo repetir destino en mis viajes, nuestro planeta nos brinda tanta diversidad que me parece más fructífero visitar destinos todavía desconocidos que revisitar otros, aunque evidentemente siempre hay destinos a los que volver e incluso habitar.

      Hace unos veinte años visité con cierta profundidad, no toda la que debiera, diversas poblaciones de la vecina Marruecos, he vuelto pasados esos años con un periplo similar. Una primera impresión que causa y que se me ha vuelto a repetir, es la extrañeza de como una distancia espacial tan relativamente corta —algo menos de 15 kilómetros— se convierte, o hemos convertido, en un abismo. Tan lejos y tan cerca, tantas cosas que nos unen y tantos elementos que nos separan. Resulta paradójico como ese Mare Nostrum que tanto nos une a los mediterráneos sigue separándose en el estrecho de Gibraltar por dos pétreas columnas de incomprensión, de distanciamiento, de deshumanización. Como esa salada y líquida cultura mediterránea no llega a nutrir por igual las raíces de ambas costas y ofrecer los mismos ubérrimos frutos.

 

       En el lapso de tiempo entre ambos viajes he constatado lo que se apuntaba entonces, las zonas de costa llevarían aparejadas un creciente desarrollo turístico, comercial e industrial y el interior seguiría anquilosado en el tiempo aunque con puntuales excepciones. El crecimiento de Tánger es impresionante, sin duda se está convirtiendo en el gran emporio noroccidental de África a todos los niveles.

 

      La Tánger Internacional es ya un reducto en deterioro, una reminiscencia de otro tiempo que paso a paso va cayendo en el olvido. La nueva infraestructura portuaria, las nuevas y crecientes urbanizaciones de bloques de viviendas, de zonas residenciales e incluso de alto standing, los numerosos centros comerciales y polígonos de automoción y construcción, las grandes avenidas,… harán en breve de Tánger un centro de atracción del éxodo rural de Marruecos y de grandes zonas del norte de África. Una nueva clase consumista, que no media, se incorporará al progreso material y poco sostenible que se deja entrever. Los guetos remozados de modernidad seguro que irán poblando gran parte de la geografía urbana de Tánger de aquí a unos años.

       Ese progreso y modernización se repite en gran parte de la zona costera de Marruecos y sobre todo en grandes ciudades como Rabat, Casablanca y Marrakech. Una vez nos vamos adentrando en el Marruecos interior, es palpable el asimétrico o nulo crecimiento de las infraestructuras de comunicaciones, no cabe duda que es intencionado el sostenimiento de un Marruecos de dos velocidades, el que distingue el interior en comparación con la costa y las grandes urbes, es innegable esa evidencia. En Fez se observa el gran contraste de las zonas de grandes avenidas con modernas construcciones de todo tipo con la impresionante e infinita Medina anquilosada en el tiempo, todo ello casi en la misma linde; otro tanto pasa en Mequinez aunque en menor grado.

 

       Ese contraste que se aprecia en esas mismas ciudades también se repite en numerosas poblaciones subdesarrolladas que se encuentran a medio camino entre las grandes ciudades anteriormente indicadas. Y precisamente el contraste aludido es el que me hace dudar sobre el incierto futuro de grandes masas de población de Marruecos. La medianía entre un estado confesional (no tan teocrático como otros estados de religión musulmana) y el laico, el poder de la monarquía frente a un estado cuasi democrático, el estancamiento en el subdesarrollo de gran parte de la población frente al riesgo de una plutocracia encubierta, el crecimiento de una clase media frente al control del statu quo por parte de las esferas del poder, las tensiones que genera el éxodo rural y la emigración frente a un progreso poco sostenible,…

 

       Es incuestionable que la próxima década será crucial para Marruecos, la tendencia a seguir es incierta, estará sometida a múltiples tensiones, el apoyo político que recibe de EE.UU. es firme, las fuertes inversiones extranjeras pueden convertirse en contraproducente, el equilibrio con la Unión Europea puede ser fluctuante. Marruecos es una suculenta tarta donde todos quieren su porción.

 

      En cierto modo, salvando las distancias, la situación actual de Marruecos se asemeja a la España de la década de los 70, el aperturismo, la modernidad, el progreso, la prosperidad se divisan pero todavía no se tocan, su futuro está por construir. Mi gran duda, ¿alcanzará la población marroquí la condición de ciudadanos de un estado democrático o se convertirá en súbdita de una plutocracia dónde la prosperidad no llegue a la gran mayoría?

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