Del milenarismo al apocalipsis
Entramos en 2026, ha pasado, como quien no quiere la cosa, un cuarto de siglo desde que inauguramos el presente siglo y milenio.
En los albores del siglo XXI y del simbólico año 2000 las expectativas que se establecían se anunciaban, un tanto ilusoriamente, como un nuevo paradigma esperanzador sobre un futuro halagüeño, una especie de renacer augural de la humanidad.
El optimismo humano no tiene límites, creer que la historia marca discontinuidades y puntos de inflexión de un modo tan explícito y determinado con la llegada de una fecha, roza la más supina ingenuidad. Ese optimismo está más cercano a la superstición que a la razón. Todo proceso histórico marca la estela de su devenir, de algo que se atisba aunque no se vea claramente. De la noche al día no nos acostamos con un escenario apocalíptico y nos levantamos en un jardín edénico, ni viceversa.
Traigo nuevamente la cita que Ortega y Gasset hace en España invertebrada sobre las Épocas Kitra y épocas Kali del hinduismo cuando indica que «Hay en la historia una perenne sucesión alternada de dos clases de épocas: épocas de formación de aristocracias, y con ellas de la sociedad, y épocas de decadencia de esas aristocracias, y con ellas disolución de la sociedad».
El actual panorama mundial parece que se asemeja más a una época Kali, dónde es obvio que el orden se resquebraja y que el mal comienza a campar por doquier a sus anchas, los cuatro jinetes del Apocalipsis retozan y galopan haciendo que el bien no crezca por allí donde pasan. Las acciones que ejercen los EE.UU. de Trump, el sionismo extremista de Netanyahu, el expansionismo de la Rusia del zar rojo Putin y la «diplomacia del panda» de la China de Xi Jinping, con la que se está repartiendo la tarta planetaria e imponiendo una hegemonía sobre el orden mundial, creando unos conflictos evidentes y otros subrepticios.
¿Qué ocurrirá? ¿Hasta dónde puede llegar la actual escalada de tensión? Nuevamente el optimismo humano nos hace tener esperanza en que amainará el temporal y que en el momento límite se encontrará una solución.
Acudamos al inconmensurable Blasco Ibáñez, a su novela Los cuatro jinetes del Apocalipsis. En el prólogo, Al lector, comienza diciendo «En julio de 1914 noté los primeros indicios de la próxima guerra europea […] Los oí hablar con entusiasmo de la guerra preventiva y celebrar, con una copa de champaña en la mano, de que Alemania declarase la guerra, sin reparar en pretextos».
En el capítulo, Donde aparecen los cuatro jinetes continúa, «Cada hora engendraba una novedad —la más de las veces falsa— que removía la opinión con rudo vaivén. Tan pronto el peligro de la guerra aparecía conjurado, como circulaba la voz de que la movilización iba a ordenarse dentro de unos minutos. Veinticuatro horas representaban las inquietudes, la ansiedad y el desgaste nervioso de un año normal. Y lo que agravaba más esta situación era la incertidumbre, la espera del acontecimiento temido y todavía invisible, la angustia por el peligro que nunca acababa de llegar».
Finaliza el capítulo así: «¡Los jinetes! ¡Los cuatro jinetes del Apocalipsis!… Ya estaban sobre la silla; ya emprendían su galope implacable, arrollador. Las fuerzas ciegas del mal iban a correr por el mundo. Comenzaba el suplicio de la Humanidad bajo la cabalgada salvaje de sus cuatro enemigos».
La cuerda se va tensando, el tira y afloja se irá incrementando, el intercambio de cromos entre las potencias antes aludidas es un juego peligroso, van acaparando más parte del pastel mientras se miran de reojo con sus estrategias particulares.
Los países que se encuentran aislados y en situación de debilidad están en una posición de inferioridad abismal y son presa fácil para estos estados dominantes. Por otra parte, otros estados con un ponderado peso específico en la esfera internacional y también la Unión Europea, se limitan a soportar los envites agresivos de las potencias beligerantes con una estrategia pasiva y actuando con una reciprocidad asimétrica y defensiva.
Se necesitan estrategias, alianzas y acuerdos para nivelar la balanza que se va descompensando progresiva y considerablemente. No es fácil para este último grupo de estados buscar una forma adecuada de respuesta, repeler las amenazas de un modo pasivo y poco efectivo no se soportará durante mucho tiempo, máxime cuando la labor de desgaste va haciendo mella. Puede no bastar con permanecer bajo techo esperando a que pase la borrasca, estamos ante un frente de borrascas.
Asumir una espiral de política de hechos consumados establecerá una impunidad de facto muy peligrosa. EE.UU. e Israel tienen un factor desequilibrante que no se da en Rusia y China, el agente interno, son democracias y estados de derecho —con sus defectos e irregularidades— que están condicionadas por el peso de la opinión pública y publicada, los derechos civiles, la legalidad vigente, las mayorías,… En Rusia y China el control estatal y el estado policial hacen que el agente de «debilidad» interno no condicione las estrategias marcadas a medio y largo plazo. Podemos estar seguros de que Rusia y China seguirán en la deriva que han trazado, no así EE.UU. e Israel, que por las razones antes apuntadas pueden verse reconducidas en mayor o menor medida.
El meme que protagonizó en 1989 mi admirado Fernando Arrabal en el programa La noche. El mundo por montera que dirigía en RTVE el gran Fernando Sánchez Dragó que debatía sobre el Apocalipsis y titulado Kaliyuga marca el avance del milenarismo que nos llevaba al tercer milenio —al menos desde mi particular perspectiva—. La situación histriónica pero llena de sabiduría se debió según se argumentó a que fue la primera vez que Arrabal probó el vino tinto y lo llevó a un episodio etílico.
Hagamos ahora un contrameme basado en aquel de Fernando Arrabal, «¡hablemos de Apocalipsis, cojones ya, estamos hablando de otras memeces!».
Terminemos con otra cita literaria, en este caso bíblica, el Apocalipsis (20,7) de San Juan: «Cuando se hayan cumplido los mil años, Satanás será suelto de su prisión, y saldrá a seducir a las naciones que están en los cuatro ángulos de la tierra, Gog y Magog, con el fin de reunirlos para la batalla, en número tan grande como la arena del mar».
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