Comisiones de investigación
Atribuir frases, sentencias, aforismos, máximas,… no siempre es fácil, al menos si se quiere hacer con cierta garantía. Cuando quiero utilizar algunos de esos recursos, procuro indagar en las fuentes para asignar la autoría correctamente, si no la conociera previamente. En ocasiones, lo más cómodo es realizar una consulta en algún buscador de internet y aceptar la autoría que te indica el resultado de la búsqueda, pero no es un método lo medianamente científico, aceptamos —chapuceramente— pulpo como animal de compañía.
Tampoco se debe hacer de ello una cuestión dogmática, sobre todo teniendo en cuenta que el autor al que se le atribuya también puede ser un impostor o que haga una variación sobre otra cita,… Además, la finalidad que se busca cuando se trae una cita es un tanto efectista, no se precisa del marchamo de autenticidad ni autoría, en la mayoría de ocasiones nos acogemos al «si non è vero, è ben trovato».
Este inicial circunloquio viene al cuento para traer una cita que me da pie al motivo del presente artículo. Se atribuye a Napoleón la siguiente frase: «Si quieres que algo sea hecho, nombra un responsable. Si quieres que algo se demore eternamente, nombra una comisión». Son conocidas dos versiones posteriores, la del Conde de Romanones «si quieres que un problema no se resuelva, crea una comisión» y la de Winston Churchill «si no quieres que algo se sepa, crea una comisión de investigación».
Ya es hora de entrar en harina, aunque no puedo abstraerme de traer a colación, irónicamente, dos acepciones que recoge el Diccionario de la Lengua Española de la RAE del término «comisión»: «4. f. Conjunto de personas encargadas por la ley, o por una corporación o autoridad, de ejercer unas determinadas competencias permanentes o entender en algún asunto específico. 5. Porcentaje que percibe un agente sobre el producto de una venta o negocio».
Las comisiones de investigación están al orden del día, hay mucho que investigar, hay mucho depravado comisionista suelto, con y sin mascarilla, de los de antes y de los de ahora. Las comisiones de investigación políticas son un exponente claro de las frases antes citadas. ¿Quién guarda al guarda?, el que esté libre de pecado que cierre la primera comisión. El esperpento está servido, con luz y taquígrafos, en las portadas de todos los noticieros. El «¡y tú más!» quintaesenciado. Lo importante es quien hecha la última capa de maloliente estiércol sobre la triste realidad política española.
La única utilidad y finalidad de las comisiones de investigación políticas es establecer un juicio paralelo y mediático sobre el oponente político de turno, donde todos los partidos hacen su papel y se reservan su minuto de gloria en los medios. La verdad y la investigación se las traen al pairo, lo importante es hacer como el que hace: la pantomima, la catilinaria de salón y la vehemencia impostada.
El nivel de corrupción puede medirse por la proliferación de comisiones de investigación políticas, es directamente proporcional. Cuando la cosa salta a la esfera judicial se convierte en un sinfín de querellas, de tomas de declaraciones, de registros,… Y no es que no sea muy necesaria la acción de la justicia, faltaría más, estamos en un estado de derecho, aunque sufra de una escoliosis cuasi atávica.
Las sentencias judiciales, por muy estrictas, probadas, necesarias y ajustadas a derecho que sean, no son todo lo efectivas que debieran en cuanto a su factor ejemplarizante y su poder coercitivo —siempre vuelve el corrupto al trigo—. Los sentenciados, una vez agotado todos los recursos del aforamiento, salen a su debido tiempo, por las puertas rotatorias de la prisión de primera, disfrutan del tercer grado y de la libertad condicional como reminiscencia de su pretérito historial político, tampoco descartan la medida del indulto cuando salgan del proscenio de la actualidad haciendo mutis por el foro.
Los sistemas de control son ineficientes y las comisiones de investigación están viciadas. La idolatrada transparencia ha servido para que todo se vuelva tan transparente que sea invisible, la trazabilidad de la corrupción deja su rastro pero nunca es advertida a priori, las alertas no saltan en los controles, los filtros ejercen una permeabilidad un tanto sospechosa.
Vamos ahora a lo que realmente importa, la vida. Pienso ahora en la reciente colisión de trenes en Adamuz. Como en otros accidentes similares, siempre queda la sombra de la duda sobre si se hubiera podido evitar la tragedia, si se hizo todo lo humanamente necesario y suficiente. Es una reacción humana creer que podemos controlar todos los factores. Los accidentes y las catástrofes ocurren, en muchos casos son inevitables, se producen por fuerza mayor o por alguna cuestión técnica.
El error humano, desgraciadamente, puede tener los mismos efectos negativos que cualquier otra causa no imputable a él. Se abrirá una comisión de investigación, aunque logre todos sus objetivos y consiga aclarar todo lo ocurrido, los daños humanos son ya irreparables.
Es más lógico invertir en el control, detectar en las fases iniciales el mal comportamiento, las desviaciones, los errores, aportarán más seguridad y mejoras que toda actuación a posteriori, cuando el daño ya está causado. Es indudable que cualquier comisión de investigación que atienda a su cometido y en el ámbito que sea, es imprescindible y dilucidadora, su resultado reportara información valiosa y servirá en una toma de decisiones sensata, además de conocer las causas para lograr que no se repita el efecto.
La precaución, el celo, la profesionalidad, la honestidad,… nunca están de más. No somos perfectos, somos humanos, pero debemos ser conscientes que la dejación de responsabilidades que nos son inherentes puede causar serios perjuicios. Un lema de vida que nos puede proporcionar una buena conciencia y un modo de actuar correcto es el «que por mí no quede», se lo leí más de una vez a mi admirado Julián Marías.
Actuar en conciencia puede evitar múltiples errores en todos los ámbitos de la vida y que la más importante comisión de investigación, la de nuestra propia conciencia, algún día no nos culpe por aquello que voluntariamente hicimos mal o dejamos de hacer a sabiendas de sus consecuencias.
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