El ruido y la furia

     Macbeth, ambicioso y sediento de poder, lanza su discurso nihilista en la escena V del acto V de la homónima tragedia para tapar la mala conciencia que le causa su traición:

            «La vida es una sombra que camina, un pobre actor que en escena se arrebata y contonea y nunca más se le oye. Es un cuento que cuenta un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada».

     Ese personaje y esa escena del Macbeth de Shakespeare contrasta totalmente con la célebre escena I del acto III de Hamlet: «Ser o no ser, ésa es la cuestión: si es más noble para el alma soportar las flechas y pedradas de la áspera Fortuna o armarse contra un mar de adversidades y darles fin en el encuentro».

     Hamlet y Macbeth son antagonistas, representan dos modos diametralmente opuestos de afrontar la vida aun siendo tragedias ambas obras.

 

La actualidad emana por doquier ruido y furia. Abrir todos los días la ventana informativa de los medios de comunicación, de las redes sociales, de las mensajerías,… inunda nuestra estancia vital de estentóreas noticias. Parece que solo las malas noticias son noticia, resulta raro que nos llegue una noticia positiva o esperanzadora y cuando lo hace se ofrece entreverada como una especie de excepción o excentricidad; para evitar la cacofonía informativa de lo negativo.

Ni que decir tiene que las malas noticias deben ser informadas, a todos nos incumbe —en mayor o menor grado— lo que ocurre en nuestro entorno lejano y cercano, necesitamos estar informados. Tampoco debemos llevarnos a engaño, la realidad es la que es y en muchas ocasiones y aspectos es grave y dolorosa. Distinto es el sesgo que se le quiera dar, su veracidad y profundidad, su análisis,… y la interpretación que hagamos de un modo crítico y activo. 

Lo bueno y positivo parece que no interesa o se relega a un plano anecdótico. Llegará un día en que hartos de tantas malas noticias sean noticias las buenas noticias. 

 

En esto de las malas noticias hay mucho de ruido, de furia y, al unísono, de ruido y de furia.

El ruido lo provocan todos los que no tienen otro recurso que formar estrépito para que sean oídos. Los ruidosos pretenden ser oídos con la vista y no escuchados, quieren ganar visibilidad y no tanto que sean entendidos, la razón es para ellos un elemento subsidiario y superfluo. En el mundo de lo instantáneo el ruidoso es el rey y un ruido se silencia con otro ruido mayor; al final estamos todos sojuzgados por el ruido.

También hay mucha furia. No existe noticia que no tenga su buena dosis de ira si se analiza detalladamente. La moderación no trae cuenta, hay que estar indignado, muy indignado, el discurso y el razonamiento está supeditado al grado de exaltación con los que se expongan, la bandera del extremismo se blande en ambos lados del campo de batalla.

Y finalmente tenemos el Tía Roberta, el coctel más explosivo, ruido y furia agitados para causar la mayor perturbación posible y servidos, diariamente, en primera plana.

 

Para discernir bien a los agitadores del ruido y de la furia podríamos acudir al ensayo —entre lo humorístico y lo sesudo— del profesor de Historia Económica Carlo M. Cipolla, Las leyes básicas de la estupidez humana, incluido en Allegro ma non troppo (1988). Creo que merece la pena pararnos en este punto y detallar sus cinco leyes fundamentales:

Primera Ley: Siempre e inevitablemente cada uno de nosotros subestima el número de  individuos estúpidos que circulan por el mundo.

Segunda Ley: La probabilidad de que una persona determinada sea estúpida es independiente de cualquier otra característica de la misma persona.

Tercera Ley: Una persona estúpida es una persona que causa un daño a otra persona o grupo de personas sin obtener, al mismo tiempo, un provecho para sí, o incluso obteniendo un perjuicio.

Cuarta Ley: Las personas no estúpidas subestiman siempre el potencial nocivo de las personas estúpidas.

Quinta Ley: La persona estúpida es el tipo de persona más peligrosa que existe. El estúpido es más peligroso que el malvado.

Haciendo uso de esas leyes y de un curioso razonamiento y de una gráfica, determina el autor cuatro grupos de individuos. Incautos: benefician a los demás y se perjudican a sí mismos. Inteligentes: benefician a los demás y se benefician a sí mismos. Estúpidos: perjudican a los demás y se perjudican a sí mismos. Malvados: perjudican a los demás y se benefician a sí mismos.

En el apartado Estupidez y poder, afirma que «el segundo factor que determina el potencial de una persona estúpida procede de la posición de poder o de autoridad que ocupa en la sociedad. Entre los burócratas, generales, políticos y jefes de Estado se encuentra el más exquisito porcentaje de individuos fundamentalmente estúpidos, cuya capacidad e hacer daño al prójimo ha sido (o es) peligrosamente potenciada por la posición de poder que han ocupado (u ocupan)». Actualmente creo que habría que calificarlos de malvados y no de estúpidos.

Respecto a El poder de la estupidez añade que «al contrario que todos los personajes, el estúpido no sabe que es estúpido. Esto contribuye poderosamente a dar mayor fuerza, incidencia y eficacia a su acción devastadora. El estúpido no está inhibido por aquel sentimiento que los anglosajones llaman self-consciusness (autoconsciencia). Con la sonrisa en los labios, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida y el trabajo, hacerte perder dinero, tiempo, buen humor, apetito, productividad, y todo esto sin malicia, sin remordimientos y sin razón. Estúpidamente».

Según el empleo del ruido y la furia, aquellos grupos de individuos que utilizan el ruido o la furia por separado podríamos calificarlos de incautos o de estúpidos y a los que combinan furia y ruido, de malvados.

Son minoría los individuos inteligentes que desde su comportamiento personal quieren beneficiar a la sociedad. Cabe recordar ahora lo que Ortega y Gasset recogía en La rebelión de las masas (1930) al respecto de esas minorías: «Cuando se habla de minorías selectas, la habitual bellaquería suele tergiversar el sentido de esta expresión, fingiendo ignorar que el hombre selecto no es el petulante que se cree superior a los demás, sino el que se exige más que los demás, aunque no logre cumplir su persona esas exigencias superiores. Y es indudable que la división más radical que cabe hacer de la humanidad es ésta, en dos clases de criaturas: las que se exigen mucho y acumulan sobre sí mismas dificultades y deberes, y las que no se exigen nada especial, sino que para ellas vivir es ser en cada instante lo que ya son, sin esfuerzo de perfección  sobre sí mismas, boya que van a la deriva».

 

Por el título del artículo, se trae rápidamente a colación el maravilloso libro de William Faulkner, El ruido y la furia (1929). No obstante, me parece mejor traída para la ocasión otra no menos formidable novela que abunda en toda esta temática del ruido, la furia y la estupidez humana, La conjura de los necios (publicada póstumamente en 1980) de John Kennedy Toole. Por cierto, la historia de esta novela hasta su publicación póstuma es un ejemplo de la estupidez que también existe en el mundo editorial.

 

 

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