Víctimas y victimarios tras el fin de ETA

       Hacer justicia —en un sentido amplio— no es tan fácil como pueda parecer, para lograrlo si es indispensable tener la pretensión de ser justo, que desde nuestro fuero interno alberguemos la firme voluntad de alcanzar la justicia.

      Es necesario despojarse de las subjetividades y de los prejuicios para encaminarnos limpiamente por la senda de la decisión más justa posible, el análisis objetivo y frío determinará que el proceso de hacer justicia derive en un acertado diagnóstico que permita una toma de decisión correcta.

      Se puede hacer justicia desde lo más íntimo y personal hasta lo más público y colectivo, continuamente estamos categorizando y estableciendo juicios de valor, desde nuestra reducida esfera familiar hasta la inabarcable opinión pública. Para impartir justicia es ineludible conocer la verdad, justicia y verdad son dos conceptos inabarcables sobre los que tenemos que perseverar. Si a nivel personal hacemos dejación de funciones no actuando críticamente con el relato de la realidad, la mentira de los pescadores en el río revuelto impondrá su iniquidad.   

 

Afortunadamente, el pueblo español terminó venciendo a la sinrazón terrorista de ETA. El 20 de octubre de 2011 ETA anunció el cese definitivo de la actividad armada y no fue hasta el 3 de mayo de 2018 cuando comunicó su disolución. Conviene no olvidar la perversa acción de la banda armada, sobre todo a los jóvenes que no han vivido las acciones de la sinrazón etarra para que tengan cierto conocimiento. Son más de 850 personas las asesinadas por ETA, civiles, militares, inocentes,… a lo que hay que añadir secuestros, atentados fallidos, lucha callejera, extorsiones, amenazas,…

Desde el primer asesinato en 1968 hasta la muerte de Franco, ETA asesinó a 43 personas. Desde la muerte del dictador hasta la aprobación de la Constitución Española de 1978 se elevó a 68 asesinatos. De esa última fecha hasta 1995, donde se inicia la estrategia etarra de socialización del sufrimiento, ETA asesinó a 624 personas. Desde 1995 hasta el cese de la actividad armada asesinaron a 127 personas.

 

La estrategia de socialización del sufrimiento vino impuesta solapadamente por la Ponencia Oldartzen de Herri Batasuna en 1995. Los asesinatos de Gregorio Ordóñez (1995), Fernando Múgica (1996), Francisco Tomás y Valiente (1996), Rafael Martínez Emperador (1997), Miguel Ángel Blanco (1997), del matrimonio Alberto Jiménez Becerril y Ascensión García Ortiz (1997), y otros igualmente significativos, estableció un nuevo perfil de los asesinados y fueron claros exponentes de ese cambio de estrategia.

La espiral inhumana de terrorismo etarra fue acrecentando un sentimiento de repulsa de toda la sociedad española que vino provocada por los efectos de esa socialización del sufrimiento, el objetivo de la actividad asesina etarra cumplió el objetivo de socializarla pero resultó contraproducente para ETA. Los éxitos policiales de sendas infiltraciones en la banda por parte de la Guardia Civil y la Policía Nacional terminaron por descabezar y debilitar a ETA hasta lograr su claudicación.

Para conocer buena parte de ese fin de ETA, el libro del periodista Jorge Cabeza, Homo ETA, nos deja una completa perspectiva de cómo se produjo todo ese desenlace. Queda claro, como bien refleja el citado libro, que la etapa final de ETA fue una huida hacia delante de los dirigentes etarras. Habían hecho de su actividad terrorista su modus vivendi alejados de cualquier reivindicación política o ideológica y como el entorno abertzale se encontraba en un callejón sin salida.

 

En toda esa trayectoria etarra el sufrimiento de las víctimas persiste a flor de piel, la idealización trasnochada de un nacionalismo atávico no tiene justificación, ni por asomo, el dolor causado a una víctima y no digamos ya el de una sola vida humana. Las víctimas conviven a diario con la ausencia de un ser querido arrebatado por la barbarie etarra o sobreviven con el dolor causado por cualquier otra traumática acción terrorista.

Hay víctimas y hay victimarios, no debe olvidarse nunca, en ocasiones practicar la equidistancia es una cobardía execrable. Hace unos días escuché del parlamentario de EH Bildu, Oskar Matute, reprochar a Feijóo que utilizara «el comodín de ETA», me indignó que, con independencia del fondo o la razón de los argumentos, utilizara esa expresión. ETA no es ni será nunca un comodín.

También hay asesinos que por beneficios penitenciarios e incluso legales gozan de unos derechos cuanto menos indecentes, estos, con sus comentarios, gestos y actitudes faltan al respeto a las víctimas.

Por otra parte, creo que causa un gran dolor a las víctimas la sensación de abandono e incluso de traición, del soslayo de los partidos que dicen estar con ellas y que con una permisiva laxitud con los victimarios miran hacia otro lado.

 

Pero no debemos olvidar que la movilización social en toda España fue el elemento clave para derrotar al terrorismo etarra. Hasta que el pueblo español no tomó las calles y gritó «¡Basta ya!», ETA y —porque no decirlo— parte considerable del amplio espectro de partidos y bastantes políticos, no asumieron que se había escrito el irreversible punto final.

Una vez más resuena aquella frase de Antonio Machado, en la que si cambiamos «señoritos» por «políticos» tendría la misma vigencia: «En España lo mejor es el pueblo. Siempre ha sido lo mismo, en los trances duros los señoritos invocan a la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre».

 

Ante el fin de ETA, ¿cuál es hoy en día el papel de las víctimas y de los victimarios? Llegar a establecer un relato compartido sería el camino para cerrar ese capítulo. No soy muy optimista al respecto, sobre todo teniendo en cuenta que el guerracivilismo sigue candente y tampoco parece que haya atisbos de que de una vez por todas asentemos un consenso.

Hay heridas profundas que sanan de dentro para fuera, que necesitan de un proceso y que cicatrizarán con la acción definitiva del perdón. 

Algunos persiguen que las guerras de nuestros antepasados sean también nuestras guerras actuales,… y así nos va.

 

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