Los umbrales de la existencia

      Hay determinados temas sobre los que no tengo una opinión formada con la debida certidumbre, por consiguiente, no tengo establecido un criterio lo suficientemente preciso, tengo dudas e inseguridades.

         No se trata de un subterfugio psicológico ni táctico, hay cuestiones que hacen entrar en una incertidumbre tal, que se encuentran en el terreno de la opinión personal. Esto ocurre cuando el perspectivismo impuesto por nuestra subjetividad está muy por encima del objetivismo, cuando buscando la respuesta nos perdemos e incluso dudamos de nuestra fe y de nuestra razón —sea del tipo que sea—.

 

 

       En estas fechas de Semana Santa en que la vida y la muerte están muy presentes en las sociedades de arraigada cultura cristiana, hablar del aborto y de la eutanasia son asuntos que tocan más cercanamente; más aún cuando la actualidad trae al primer plano alguno de estos casos. No debe olvidarse nunca que al tratar sobre dichos temas tenemos que ponerlos en relación directa con la significación de la vida humana. Tengo la sensación que al avivarse la polémica se azuzan las opiniones enfrentadas, se dogmatiza, se entra en pugna, se pierde la sensibilidad con la que hay que tratar asuntos tan trascendentes como la vida y la muerte.

 

         Ni que decir tiene que no se puede poner en un mismo plano el aborto y la eutanasia, hay diferentes evidentes pero también ciertas similitudes. Personalmente tengo una cosa clara, aunque indudablemente pueda ser discutible y matizable, el aborto y la eutanasia conllevan ineludiblemente el término de una vida. Creo que toda persona con un mínimo de humanidad está en contra del fin de una vida, incluso la gran mayoría de personas que opta activamente por esas opciones toma su decisión con gran pesar y traumáticamente.

         Hacer uso del derecho legalmente establecido al aborto y a la eutanasia es, o debería ser, un último recurso. Creo que nuestra sociedad, nuestras instituciones, nuestros políticos, deben redoblar sus esfuerzos para que se apoye a las personas y su entorno que se encuentran inmersas en tales casos. Estas se enfrentan a las duras circunstancias que desgraciadamente finalizan con una decisión tan drástica y grave como es poner fin a la vida. Todo ello con el objetivo final de que puedan solventar sus adversas circunstancias y encontrar una solución viable.

 

En esta cuestión, la primera y la última decisión son personales, si a ello se le suma que para acogerse a dicho derecho la persona está en uso de su plena capacidad de obrar a todos los niveles, poco se puede objetar. Es comprensible que los contrarios a dichos derechos se opongan a su ejercicio, al igual que los partidarios muestren su apoyo cuando se opta por ellos; lo que nunca se puede olvidar es que se trata de un drama en los que solo hay perdedores.

Aproximarse con la suficiente cautela y sensibilidad a estos asuntos resulta esencial, el respeto y la empatía deben primar cuando se abordan tales cuestiones, máxime si se hace en un entorno público; la frivolidad y la ligereza no tienen cavida. Un ejemplo al respecto puede ser el enfoque que la gran periodista y escritora Oriana Fallaci hizo en Carta a un niño que nunca nació, en la que desde una aproximación autobiográfica, pero también muy meditada, aborda la temática del aborto. En la dedicatoria del libro expresa su intención: «A quien no tema la duda, a quien se pregunta los porqué sin descanso y a costa de sufrir, de morir. A quien se plantea el dilema de dar la vida o negarla está dedicado este libro de una mujer para todas las mujeres».

 

También Pier Paolo Pasolini se postuló desde un punto de partida sensible sobre el aborto al afirmar «que la vida es sagrada es obvio: es un principio más fuerte todavía que cualquier principio de la democracia y es inútil repetirlo». En dos artículos publicados en 1975 en Il corriere della sera (Estoy contra el aborto y Réplica contra el aborto) en los que se manifestaba en contra a la legalización del aborto en Italia.

Dejando a un lado la argumentación contenida en dichos artículos destaco que partir del concepto sagrado de la vida aporta un enfoque esencial para abordar el tema.

 

Las grandes paradojas de nuestro mundo actual, un primer mundo desarrollado en el que el aborto y la eutanasia se regulan, frente a un tercer mundo donde se nace para sobrevivir y se vive evitando la muerte.

La vida y la muerte acontecen desde realidades opuestas, la vida y la muerte discurren desde perspectivas radicalmente dispares. En un mundo se discute sobre la vida y la muerte, en el otro, es la vida y la muerte las que se confrontan en el día a día.

 

Alejados de toda controversia, sería muy beneficioso que desde nuestro fuero interno reflexionemos sobre la verdadera esencia de la vida. Aplicando nuestro sentir podremos valorar en su justa y completa dimensión lo que el aborto y la eutanasia suponen. Poner en el centro el valor sagrado de la vida y otorgarle su inmenso y completo sentido es un reto que merece la pena afrontar en este mundo que precisa reordenar su escala de valores.

 

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