Narraciones estelares de la Historia

     “Te pido, ¡ oh Musa !, hablarme de aquel hombre ingenioso, quien luego de asolar la ciudad de Troya visitó otras muchas, conociendo el espíritu de los hombres, de aquel que sobre los mares pasó tantas fatigas, luchado para sobrevivir y repatriar a sus gentes.

     Esta es la Invocación del Canto Primero introductoria de La Odisea de Homero, uno de los íncipit más tras cautivantes de la literatura, nos subyuga y estamos ávidos de saber de los avatares de Ulises. Conocer la historia, real o ficticia (mitológica en este caso), conocer la variada geografía, conocer los pueblos y su gente (el espíritu de los hombres) es el motivo que todo lector persigue, humana curiosidad.

      Contar historias, contar la Historia, navegar por la procelosa existencia de los personajes y protagonistas para que otros sepan de sus hechos, para que no queden en el olvido. Así Heródoto, en su Historia (Nueve libros de Historia) recoge en su proemio que “ésta es la exposición del resultado de investigaciones de Heródoto de Halicarnaso para evitar que, con el tiempo, los hechos humanos queden en el olvido y que las notables y singulares empresas realizadas, respectivamente, por griegos y bárbaros –y, en especial, el motivo de su mutuo enfrentamiento- queden sin realce”. Los nueve libros llevan los nombres de las Musas canónicas del arte griego.

 

     Más tarde, Estrabón con sus diecisiete libros de su Geografía recopilados en seis volúmenes, hace un aviso a navegantes nada más comenzar su primer libro en el inicial apartado “la geografía como actividad filosófica” afirmando que “si alguna actividad hay que sea propia del filósofo, precisamente lo es la geografía”.

     Más adelante indica que “la multiplicidad de conocimientos, único camino mediante el cual es posible acceder a este tipo de trabajo, no se da en otro hombre sino en aquel que fija su atención en las cosas divinas y humanas, cuyo conocimiento se dice que constituye precisamente la filosofía”. Y finaliza puntualizando: “Y asimismo su utilidad, siendo como es muy polifacética, prescribe implícitamente el mismo tipo de hombre, el que ocupa sus pensamientos en el arte de vivir y en la felicidad.”

 

     Historia, arte, filosofía, en el mundo antiguo tenían unas evidentes dependencias, quizá porque la realidad tenía una esencial escala humana que las hacía mantener sus conexiones. En la actualidad esa íntima relación no se aprecia o es mínima. Tener y tomar conciencia de la historia, de las artes, de la filosofía, de la cultura en general, es primordial para instalarnos en el presente y afrontar el futuro, de lo contrario nos encontraremos en una cotidianidad cada vez más deshumanizada y estaremos a merced de espurios intereses.

     En el espléndido libro Viajes con Heródoto, el escritor, periodista y uno de los cronistas más importantes del siglo XX, Ryszard Kapuściński, logra contrastar los diversos acontecimientos y las experiencias propias que ha vivió en primera persona con el aprendizaje que nos aportó Heródoto. Como se indica en la solapa “vuelve sobre los pasos del maestro para narrarnos un viaje físico y mental por los mismos caminos y paisajes que aquél recorriera, pero en culturas y tiempos diferentes, como si de algún modo nos dijera que los hombres, a través de los siglos, seguimos siendo muy parecidos”.

 

     Palpamos la historia cuando sentimos a flor de piel el peso de la misma en los escenarios en los que se ha producido. Creo que todos hemos experimentado en más de una ocasión que se nos ha erizado el bello al posar los pies sobre alguno de la escena donde han acontecido hechos históricos destacables, prueba evidente de que la historia nos ha calado.

 

     La misma sensación se puede producir al leer algún libro que nos narra magistralmente ciertos acontecimientos históricos. Momentos estelares de la humanidad, publicado en 1927, quizá sea el libro más conocido del inconmensurable Stefan Zweig y que causa una fascinación inmediata. Con esa prosa elegante y precisa que maneja Zweig en todas sus obras se nos presentan variados acontecimientos históricos, por ejemplo desde “la conquista de Bizancio” hasta “la lucha por el Polo Sur”. Mágicamente nos teletransporta a las fechas y las escenas donde se produjeron los relatos históricos contenidos en la obra, nos hace presenciar in situ lo acontecido y nos aporta matices sugerentes con la que aprehendemos las historias narradas.

     Stefan Zweig nació en Viena, de origen judío, su espíritu libre y cosmopolita, a lo que hay que añadir su carácter antibelicista y su compromiso social, le hicieron oponerse al papel que Alemania jugó en ambas guerras mundiales. El creciente antisemitismo nazi le hizo abandonar Alemania y comenzar un largo periplo instalándose en diversas ciudades. En 1942, tanto él como su esposa se suicidaron en Petrópolis (Brasil) ya que creían que el régimen nazi se impondría a escala mundial.

 

     Cómo Shostakovich me salvó la vida,  de Stephen Johnson, compositor y director de un programa sobre música clásica en la BBC, es un libro de enfoque original. Enlaza los avatares biográficos y musicales de Dimitri Shostakovich, su difícil relación con el régimen estalinista y la utilización de la música del ruso en su lucha contra su trastorno bipolar. Recoge el libro un hecho histórico narrado por uno de los pocos miembros aún con vida de la orquesta (Victor Kozlov) que había interpretado, de forma maravillosa, la Séptima Sinfonía de Shostakovich en 1942, en la ciudad sitiada de Leningrado. En esa fecha, el hambre y la hipotermia (-30ºC) llevó al mayor número de muertes civiles en el asedio de Leningrado por las tropas de Hitler, fotografías y pinturas, muestran a ente haciendo cola para tomar sopa hecha de piel de botas y pegamento de lomos de libros …

     Las autoridades soviéticas decidieron que la sinfonía debía interpretarse en Leningrado, en el Gran Salón de la Filarmónica de Leningrado. Recabar músicos y hacer los ensayos fue una odisea, contaba Ksenia Matus: “Cuando llegué con mi oboe al primer ensayo, me caí redonda de la impresión. De una orquesta de cien personas solo quedábamos quince y no les reconocía, eran esqueletos”.

     El estreno se interpretó el 9 de agosto, día elegido por Hitler para celebrar la supuesta caída de Leningrado como culmen de la “operación Barbarroja”. El teniente general Govorov, ordenó que el concierto se retransmitiera a través de altavoces gigantea a las líneas alemanas. Kozloz recuerda que “hubo muchos aplausos, la gente estaba en pie. Una mujer le dio flores al director. ¡Imagíneselo! ¡No había nada en la ciudad! Aun así, esa mujer encontró flores en algún lugar. ¡Fue maravilloso!”.

     ¿Cómo hubiera narrado Stefan Zweig este momento estelar de la humanidad?

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