¿Qué hay en un nombre?

     El acto de nominar, de dar nombre, es una acción que realizamos naturalmente, en gran medida necesaria para poder interactuar más fácilmente con nuestro entorno. Podría decirse que los nombres son unos de los primeros ladrillos con los que construimos el edificio del conocimiento.

     En una primera aproximación, el hecho de nominar podemos considerarlo como algo baladí, exento de enjundia, algo superfluo. Se podría nominar simplemente dando un número, con mera intención funcional, así por ejemplo, calles y avenidas tomar el orden numeral (Calle 52 o 5ª Avenida); ahora bien, si queremos dotar de contenido a la nominación de calles y avenidas la cosa se vuelve más compleja. Quizá el caso en el que nominar tenga una importancia o relevancia mayor sea al bautizar, al poner nombre a una persona queremos infundirle ciertas potencias o reminiscencias que se desean otorgar al bautizado.

     Se atribuye a Plauto (254 a. C. – 184 a. C.), comediógrafo romano, la frase nomen es omen”, “el nombre es el presagio. En la comedia Persa, el esclavo Tóxilo intenta burlar a su amo y traficante de mujeres, Dórdalo, para que compre una esclava cara llamada Lucris (derivado de lucrum, ganancia) argumentando que el nombre y el presagio bien valen su precio.

– Dórdalo.- ¿Cómo te llamas?

– Tóxilo.- (aparte) A ver si mete ahora la pata.

– Doncella.- En mi patria me decían Lucris.

– Tóxilo.- Eso se llama un nombre de buen agüero, es que no tiene precio. ¿Por qué no la compras? (aparte) Estaba temblando de que metiera la pata, pero ha salido bien del apuro.

– Dórdalo.- Si es que llego a comprarte, tengo la esperanza de que serás realmente lucrativa para mí.

 

     En toda esta comedia los nombres de los personajes se utilizan de un modo evidente respecto al rol que representan, son los llamados nombres parlantes, derivados de la interpretatio nominum que en la comedia latina es necesaria para descifrar las sutilezas de los personajes y de la trama argumental. Nomen est omen, el nombre es un presagio, una profecía y habla de la persona o de la cosa, lo marca y es clave en su presagio; el fatum, el destino, el hado, muy arraigados en cultura grecolatina. Y enlazando con el símil anterior sobre la nominación de calles, recordar que eran los augures (los sacerdotes romanos) los que al fundar una ciudad oficiaban un ceremonial, si el augur era positivo entonces establecían el Cardo Máximus como calle principal orientada norte-sur y su perpendicular, el Decamanus Máximus, en orientación este-oeste.

 

     El nombre, en cierto modo, es un estigma, el solo hecho de decir el nombre establece un prejuicio, una toma de posición inicial, adherimos adjetivos y conceptos al nombre. Las etiquetas y los compartimentos estancos establecen una apriorística evaluación que posteriormente puede revisarse aunque existe inicialmente una fuerte apropiación del todo por la parte. ¿Hasta qué punto esto es así? ¿Qué grado de maleabilidad tiene esa “primera vista” sobre la evaluación final que se establezca? Existe el gran riesgo que se cumpla una especie de profecía autocumplida, que tomemos como auténtica realidad lo que apreciamos en la sensación inicial; entonces el estigma se convertiría en juicio sumarísimo y en un sambenito. Así, no solo tendríamos “nomen est omen” sino que también “nomen est omne”, el nombre lo sería todo.

 

     Una particularidad digna de un detallado estudio sería el uso del eufemismo relacionado con esa apreciación o concepto que tenemos del nombre. El nombre tiene que ser matizado, hay que añadirle significados ya que bajo nuestra visión no está completo, hay que dotarlo de subjetividad. El nombre “a palo seco” es demasiado seco, árido, duro, escabroso, podríamos decir que en ocasiones el nombre es poco cortes y no es políticamente correcto. Nombre y eufemismo entran de lleno en una contradictio in terminis, despojar de objetividad al nombre para dotar de subjetividad al eufemismo, pero a su vez con una “subjetividad objetiva”, en un convencionalismo asumido que deje limpio de matizaciones al nombre que se sustituye, una especie de “cállate que te veo”.

     Llamar a las cosas por su nombre es un recurso cada vez menos habitual, todo se ha vuelto muy susceptible excepto el uso que hacemos de la gramática. Interpretar el uso que se hace de un nombre lleva su tiempo y la dictadura de la instantaneidad en la que estamos instalados impone la inmediatez y la irreflexividad, todo debe venir convenientemente descodificado.

         El nombre no lo es todo, no puede recoger la esencia completa, el intenso y largo perfume de un significado completo, en ocasiones tenemos que borrar el nombre y escribir el significado de un modo meticuloso y en extenso para eliminar las adherencias y las rémoras que nos impiden un mayor y mejor conocimiento de la realidad. La identidad va mucho más allá que el nombre.

 

     El propio Shakespeare, tan buen conocedor de las tragedias y comedias de lo humano, pone en boca de Julieta, la pregunta de What’s in a name?  ¿Qué hay tras un nombre?

 

“Mi único enemigo es tu nombre. 
Tú eres tú, aunque no Montesco. 
¿Qué es «Montesco»?

Ni mano, ni pie, ni brazo, ni cara, ni ninguna otra parte que te corresponda como hombre. ¡Ah, ponte algún otro nombre! 
¿Qué está tras un nombre?

Lo que llamamos una rosa por cualquier otro nombre olería tan dulce. 
Si Romeo no se llamase Romeo, 

conservaría la adorable perfección que le es propia sin ese título.

Romeo, quítate el nombre,

y por ese nombre que no es parte de ti tómame por completo a mí misma”.

Descarga este articulo

¿Hay algún artículo que quieras guardar y archivar localmente en formato PDF? Si es así, puedes hacerlo directamente desde la imagen a tu izquierda.

Cómo descargar periódicos en formato PDF online

1. Dirígete al artículo de noticias que deseas guardar

2. Haz clic en «Archivo»> «Imprimir»

3. Donde normalmente elegirías la impresora a usar, debería haber una opción que dice «Guardar como PDF»

4. Finalmente, presiona «Guardar» y elige la ubicación para guardar el archivo