Entre lava y ceniza
Desde que comenzó la actividad volcánica del Cumbre Vieja en isla de La Palma no deja de venirme a la cabeza el tema “El Diablo de Timanfaya” del excelente grupo folclórico canario Acatife. Aunque no llega a alcanzar la categoría de gusano musical o gusano cerebral, como mejor definía el excelso neurólogo Oliver Sacks en su formidable Musicofilia (Relatos de la música y el cerebro), esa música me ronda en bucle.
La leyenda de “El Diablo de Timanfaya” nace en Lanzarote y se deriva de una explosión volcánica producida el 1 de septiembre de 1730, dejo a la curiosidad del lector la búsqueda del contenido de la leyenda. Fragmentos de la letra del mencionado tema expresan un sentimiento que se revive en estos de desolación y destrucción: “Cortando las ilusiones / de pueblos llenos de vida / lo que eran granos y flores / fueron miseria y cenizas ../.. Se quemaban los pajares / los aljibes se entullían / los animales morían / envueltos en desespero”.
Pronto se cumplirá un mes desde el inicio de la erupción, el seguimiento es puntual, instantáneo, detallado. Monitorizado y seguido por millones de personas en todo el planeta. Muchos palmeros directamente afectados por la destrucción que está produciendo están viviendo días de una desazón inconmensurable, sus viviendas y su modus vivendi se han visto sepultados por lava y cenizas en cuestión de horas y días. La construcción de una vida, el esfuerzo diario, las esperanzas e ilusiones, los recuerdos, los proyectos de futuro se han ido al traste súbitamente.
Los que contemplamos en la distancia este desastre natural nos solidarizamos con los palmeros, los más empáticos pueden llegar a reflexionar sobre esta sensación. Existe una resignación impuesta en este caso, el poder contingente e inmisericorde de la poderosa naturaleza es inapelable. Como humanos nos creemos hacedores absolutos de nuestro entorno y de nuestros destinos pero en un santiamén el suelo tiembla o el agua inunda nuestras estancias o el viento arrasa todas las certidumbres o un adánico vergel se convierte en el hábitat satánico de fuego y lava. Entonces el hombre mengua, recupera su verdadera estatura, su lugar en el cosmos, su nimiedad. La crueldad no es solo un conducta atribuible a lo humano, también puede serla de lo divino y de lo natural, podemos ser pagados con la misma moneda con la que en ocasiones actuamos los humanos.
Estos episodios duros son los que el hombre tiene que sufrir la injusta justicia (o viceversa) de la naturaleza, en la que la desesperanza nos invade y el sinsentido se adueña de nuestro pensamiento. Si tomamos el concepto de Madre Naturaleza como la dadora de la vida, en cierto modo, tendríamos que rendirnos a su providencia, nos da y nos quita según su inescrutable criterio. Así, el poder destructor de la Madre Naturaleza no habría que interpretarlo como tal, sino como elemento de cambio, de transformación, de crecimiento, nos permite vivir y sobrevivir como especie, como elemento humano de la creación.
Cuando ocurren estos fenómenos naturales de destrucción-transformación quedamos colapsados por la paradoja entre un sentimiento y una sensación. Por una parte, nos inunda un sentimiento de tristeza ante los efectos devastadores que produce en las personas y los territorios; por otra, contemplamos absortos el formidable poder de dichos fenómenos.
En la actual erupción del volcán en La Palma hay una escena que se repite y que es muy conmovedora, se le pide a los propietarios que abandonen sus viviendas ante el riesgo inminente de que la colada de lava las arrase y se les dan diez o quince minutos para recoger las pertenencias que crean más valiosas y necesarias. Deben ser minutos muy desoladores, en los que se debe decidir y hacer un balance previo de lo importante en sus vidas, ¿qué salvar?, ¿qué llevarse?, ¿qué tiene valor? Se hace un obligado escrutinio de toda una vida, se pondera nuestra escala de valores, se decide que perder, se pone en valor lo propio e íntimo y lo colectivo …
En este caso, no hay que lamentar la pérdida de vidas humanas, no suele ser lo habitual en los desastres naturales, pero sí hay cuantiosas pérdidas materiales, muchas familias lo han perdido todo. Queda ese gran consuelo, lo más importante se ha salvaguardado, la vida de las personas. Y es ahí donde reside la gran lección, una lección que no siempre ponderamos adecuadamente, el valor de la vida humana. Los humanos solemos desdeñar los auténticos valores, olvidamos pronto lo importante, asumimos una actitud reaccionaria ante los contrastes de la vida.
Los valores de una vida humana deben estar impregnados de los valores humanísticos, son esos los que nos aportan un auténtico valor de la existencia y sobre ellos edificamos nuestro devenir humano. Serán las semillas de esos valores humanistas las que harán renacer a La Palma tras este episodio todavía abierto. La Madre Naturaleza hará brotar nuevos brotes entre los poros de la hirviente lava y la ceniza negra.
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