George Brassens reverdecido
El 24 de octubre de 1321 Guillaume Bélibaste, último prefecto cátaro, momentos antes de arder en la hoguera hizo la siguiente profecía: “al cabo de setecientos años, el laurel reverdecerá”. La herejía cátara fue sometida hasta su desaparición. Ha llegado la fecha en la que el símbolo del amor puro para los cátaros, el laurel, reverdecerá en nuestros tiempos.
La doctrina cátara, nacida en el Languedoc (Occitania), impregnada del más puro gnosticismo, con vetas de maniqueísmo y ascetismo, tuvo una gran acogida hasta que en 1207 Inocencio III promovió la cruzada albigense, en 1244 la herejía cátara tiene su la culminación más visual con la hoguera a los pies del castillo de Montségur.
Quizás esa profecía reverdeció unos días antes, en la conmemoración del centenario del nacimiento de un cátaro redivivo. El 22 de octubre de 1921 nació en Sète, población costera próxima a las importantes ciudades cátaras de Béziers y Narbona, George Brassens. Se consideraba “puñeteramente medieval”, era un moderno trovador y juglar provenzal, un aedo, un heterodoxo, un hereje, un espíritu libre. Hijo de una extrovertida y ferviente católica napolitana y de un librepensador, de origen nórdico, de carácter reservado y albañil de profesión. Según indicó Vázquez Montalbán era una de las cuatro figuras claves de la canción francesa del siglo XX, junto a Maurice Chevalier, Charles Trenet e Yves Montad.
Sin lugar a dudas que George Brassens ha sido el más singular entre los cantautores del impresionante elenco de la chanson française del periodo de entre guerras. Su inseparable mostacho turco y su pipa, también su mirada sincera y con rasgos de tristeza, directa y profunda; su magnífica pronunciación francesa con su cosquilleante erre arrastrada y gutural, su fina ironía …
“Muramos por las ideas, de acuerdo, pero de muerte lenta”.
Brassens era un anarquista sui géneris, como debe ser, hasta el punto de que no quería la bandera negra de los anarquistas (a la que cantaba Léo Ferré) porque también era una bandera. En 1964 escribe dos canciones que causan una amplia polémica. En La tondue (La pelada) sale en defensa de las mujeres colaboracionistas francesas durante la ocupación alemana. En Les deux oncles (Los dos tíos) en la que hablan un partidario de los aliados y otro de los teutones, recibió los ataques del Partido Comunista, de la Asociación de Antiguos Combatientes y de periodistas en el periódico Libération. Se ve obligado a dar explicaciones: “He dicho que ninguna idea es digna de morir por ella, y quizás no me haya explicado bien; quise decir que no merece la muerte de los demás. Porque, usted comprende, mucha gente está dispuesta a morir por sus ideas, pero antes de morir por sus ideas se dedican a aniquilar a muchos otros …”
En 1972 escribe y compone Mourir pour des idées (Morir por las ideas) abundando en el tema de las ideas: “Vosotros los atrevidos, los buenos apóstoles, corred los primeros a la llamada de la muerte / Pero, por Dios, dejad vivir a los otros / La vida es casi siempre su único lujo en la tierra / Muramos por las ideas, de acuerdo, pero de muerte lenta”.
Séte y un incidente decisivo
En el Liceo de Sète, que tomó el nombre del gran poeta francés “Paul Valéry” también nacido en esa localidad, Alphonse Bonnafé, su profesor de lengua y literatura francesas ejerció una gran influencia en Brassens transmitiéndole su pasión por la poesía clásica y medieval. Cuando tenía 17 años un episodio de robos con sus compañeros de fechorías estudiantiles le hizo cumplir un año de prisión atenuada y en vistas de la difícil convivencia lo envían a Paris con su tía Antoinette. En Les quatre bacheliers (Los cuatro bachilleres) recoge la inesperada reacción de su padre tras el incidente: “El cuarto de los padres / era el más gordo, el más grande. / Cuando vino a buscar al ladrón / se temía su reacción, / pero no declaró / que había deshonrado su nombre. / Y en medio del silencio se oyó decir: / Buenos días, pequeño …”
Canciones legendarias
El repertorio de canciones legendarios de Brassens es inmenso. Le gorille (El gorila) es una alegato contra la pena de muerte. La tierna y compasiva Chanson pour l’auvergnat (Canción para el auvernés): “Es para ti esta canción / para ti, que con cariño / me calentaste el corazón / cuando temblaba como un niño / Tú, auvernés, cuando te mueras / cuando el enterrador te lleve / que te conduzca a través del cielo / junto al padre eterno”. La famosa y ampliamente versionada La mauvaise reputation (La mala reputación): “En mi pueblo, sin pretensión / tengo mala reputación / haga lo que haga es igual / todo lo consideran mal”. Un himno a la amistad e n Les copains d’abord (Los amigos primero): “He cogido muchos barcos / pero el único que lo aguantó / que no ha cambiado jamás de rumbo / navega tranquilamente / pasando de todo / y se llamaba los amigos primero”. Y mi preferida, ironía y humanidad por partes iguales, Supplique pour être enterré à la plage de Sète (Suplica para ser enterrado en la playa de Sète).
La consagración
Su irrupción en los escenarios se produjo en 1952 cuando superaba los treinta años, la cantante Patachou, que regentaba su cabaret Chez Patachou en Montmartre, le invita a cantar y obtiene un éxito inmediato. Ya en los sesenta era la máxima figura de la canción francesa y actuó en las más prestigiosas salas parisinas como Bobino, Olympia o el Teatro Nacional Popular. En los años posteriores idas y venidas de los escenarios y de lo público, sigue componiendo y escribiendo, apoyando y descubriendo a jóvenes talentos como Jacques Brel. Sus últimas actuaciones acontecieron en 1977 en la sala Bobino.
Una anécdota muy dilucidadora sobre el alcance y reconocimiento de su figura se produjo en el programa televisivo Apostrophes, participaba en un debate con el general Bigeard participante en la guerra de Argelia, Brassens siempre ha sido un confeso anarquista y antimilitarista, sorprendentemente el general manifestó su admiración por la obra de Brassens.
Brassens falleció el 29 de octubre de 1981. Días después García Márquez escribió un artículo espléndido en el que rememora la única vez que vio actuar a Brassens: “Apareció por entre las bambalinas como si no fuera la estrella de la noche, sino un tramoyista extraviado, con sus enormes bigotes de turco, su pelo alborotado y unos zapatos deplorables, como los que usaba su padre para pegar ladrillos. Era un oso tierno, con los ojos más tristes que he visto nunca y un instinto poético que no se detenía ante nada ../.. Aquella noche inolvidable en el Olympia cantó como nunca, agonizando por su miedo congénito al espectáculo público, y era imposible saber si llorábamos por la belleza de sus canciones o por la compasión que nos suscitaba la soledad de aquel hombre hecho para otros mundos y otro tiempo.”
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