Las Atlántidas
La leyenda de la Atlántida es uno de los enigmas más célebres de la historia. Para ser más exactos deberíamos referirnos a las Atlántidas, atendiendo a las múltiples interpretaciones y conjeturas que se han formulado, como bien apuntan algunos historiadores e investigadores.
Desde mi cercanía geográfica a la presumible ubicación de la Atlántida y desde una perspectiva de aficionado, no docto en la materia, el asunto siempre me ha suscitado curiosidad y me he planteado, reflexionado y cuestionado las diferentes teorías y datos aportados.
El primer factor que me causa especial atención es como este relato, del que solo se poseen dos referencias históricas precisas y constatables <las de Platón en los Diálogos de Timeo y Critias>, ha generado tanto interés y profusión. El resto de referencias de otros autores como Diodoro Sículo, Estrabón, Plinio El Viejo, Plutarco, Proclo… se basan en esas obras platónicas. Partiendo de ese punto, sin tener las evidencias científicas suficientes y evidentes, la amplísima literatura histórica generada se mueve en el terreno de las hipótesis.
Muchas obras a partir del siglo xvi apuntan nuevas referencias. Historia general de las Indias de Francisco López de Gómara, comentarios de Bartolomé de las Casas, también Francis Bacon en 1627 publica su utopía Nueva Atlántida, y algunas conclusiones de Montaigne; todas ellas respecto a sus relaciones con el Nuevo Mundo. Y más, Essai historique et critique sur L’Atlantide des anciens de Baër, Mundus subterraneus del jesuita Athanasius Kircher, Atlantis del naturalista Rudbeck, incluso Newton en Cronología de los reinos antiguos, más tarde Humboldt y Darwin.
En el siglo xix y más en el xx, el carácter de las aproximaciones a la Atlántida se abre a lo misterioso, esotérico y novelesco. Así, Fabre d’Olivert con sus teorías de Thule e Hiperbórea, el ocultismo de madame Blavatsky en La doctrina secreta e Isis sin velo, las connotaciones de Veinte mil leguas de viajes submarino de Jules Verne, las nuevas aportaciones de Ignatius Donnelly con Atlantis, también otros autores sobre las hipótesis sobre Lemuria y Mu. Se publica en 1922 Atlántida, patria primitiva de los arios de Karl Georg Zschätzsch y recoge el guante un ideólogo nazi Alfred Rosenberg. Otras teorías con carácter más científico de los autores Hanss Hörbiger, Nicolas Shirov. En torno a lo fantástico, L’Atlantide de Pierre Benoît y El abismo de Maracot de Arthur Conan Doyle.
Otro aspecto que resulta muy controvertido es la ubicación de la Atlántida. Lo cierto es que la descripción que se hace en Critias es inequívoca: “Han transcurrido en total nueve mil años desde que estalló la guerra, según se dice, entre los pueblos que habitaban más allá de las Columnas de Hércules y los que habitan al interior de las mismas ../.. Por la otra parte, el mando de la guerra estaba en manos de los reyes de la isla Atlántida”. Así, teniendo en cuenta que es la fuente principal, todas aquellas ubicaciones que la sitúan en el Mar Mediterráneo no serían conformes a la fuente ya que es indiscutible el consenso de que las Columnas de Hércules se encontraban en el estrecho de Gibraltar.
En cuanto a otras ubicaciones alternativas lejanas a las proximidades de dicho estrecho, sobre todo las situadas cercanas a los territorios americanos, tampoco deberían ser tenidas en consideración.
También precisar una situación geográfica muy concreta se alejaría de la realidad descrita por Platón ya que se indica expresamente que “Esta isla era entonces mayor que la Libia (el África situada al oeste de Egipto) y el Asia juntas”. A la extensión aproximada de 2 millones de kilómetros cuadrados de esos territorios y a la importancia y desarrollo que según la fuente de Platón, Solón, llegó a alcanzar, es lógico aventurar una amplia dispersión de los parajes que podría contener.
La realidad de la Atlántida tiene en Platón su principal baza, no era el filósofo griego muy dado a la ficción, su actitud científica y fidedigna está más que constatada. Las hipótesis más fiables y congruentes con su relato pueden sostenerse dado que las referencias geográficas, historiográficas, científicas … soportan un grado de verosimilitud considerable. Incluso las reminiscencias de la leyenda de la Atlántida, tras el cataclismo que llevó a su hundimiento bajo las aguas oceánicas, guardan consistencia con las fuentes bíblicas y otras, además de las posibles continuidad con los asentamientos tartésicos y turdetanos, …
Para que la leyenda adquiera el estatus de historia se precisan de hechos constatables, puede decirse que la evidencia es la madre de la historia, y aunque la historia tiene un origen humanista también necesita de cierto método científico para su interpretación, la contundencia de los datos, de los hechos, son imprescindibles para reafirmar las hipótesis. La imaginación de las utopías (también distopías) y de las ucronías son legítimas en el campo de la ficción. Cosa muy distinta es dar apariencia de verdaderas a las hipótesis históricas sostenidas sin el andamiaje que requiere la investigación histórica. El juego literario es bien distinto a la falacia histórica.
Un ejemplo de éxito de elevación de la leyenda a la categoría de historia fue el descubrimiento de Troya. Desde muy pequeño Heinrich Schliemann quedo cautivado por la historia de Troya en La Ilíada de Homero, no contento con la explicación de que se trataba de una interpretación fantástica de un poeta se propuso demostrar que aquel relato tenía verosimilitud histórica. En 1870, aprovechando los trabajos preliminares de Frank Calvert, descubrió en la colina de Hisarlik las ruinas de Troya, y la leyenda pasó a ser historia.
Por el contrario, el 20 de octubre de 1912, Paul Schliemann, nieto de Heinrich, en el periódico New York American publicó un reportaje titulado Cómo encontré la Atlántida perdida, el origen de toda civilización. El tal Paul Schliemann resultó ser un impostor, no era nieto del famoso excavador y las investigaciones y hechos narrados fueron un engaño.
Por cierto, en ese periódico se publicó la tira cómica en color “The yellow kid” (‘El niño amarillo’), pasado el tiempo dio nombre al llamado “periodismo amarillo” o “prensa amarilla”. Serendipias de la historia, para lo bueno y para lo malo.
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