… y nos siguen tomando el pelo
A cierta edad uno parece llegar a la certidumbre de que nos toman el pelo, tal vez sea una consecuencia de esa sospechosa sabiduría que se le atribuye cuando el sobrevenido color albo comienza a poblar nuestra menguada vedeja, o sea, cuando nos aparecen las canas.
La partitocracia, con algunos de sus políticos, politiquillos, politicastros de aquí y acullá, pretende embaucarnos hasta llevarnos a sus huertos. Pero ya sabemos que esos huertos radican en un paraíso fiscal en el que las prebendas, el deshonesto sectarismo partidista y demagógico finalizará una vez consigan los espurios objetivos y haciendo mutis por el foro; eso sí, mejor forrados, con más ceros a la derecha. En definitiva, nada que no dijera Enrique Santos Discépolo en su famoso tango Cambalache (cantado por Julio Sosa o por el Polaco Goyeneche, preferiblemente), «el que no llora no mama y el que no afana es un gil».
Pero ¿cómo hemos llegado hasta aquí? ¿cómo nos han tomado el pelo? Haré una breve reseña de mi recorrido personal que espero sea, mutatis mutandis, similar al de otras muchas personas, un paseo por las peluquerías de caballeros y barberías.
En la época infantil de la década de los 70 el peinado era bastante homogéneo, flequillo y ralla al lado era lo más común, aunque algún que otro greñudo había, también coexistían modelos de ralla en medio y media melena lacia. La foto de grupo del curso así lo refleja, éramos todos varones al ser un colegio segregado por sexo. En el caso de las niñas la cosa no era muy dispar. Contrasta bastante con el momento actual, lo constato con el ejemplo de mi hijo, se imponen las modas de los pelados con rapados, degradados, dibujos y textos, los tintados y también tenemos los peinados clásicos.
En aquel tiempo acudíamos tanto a las contadas peluquerías con establecimiento público como a los peluqueros que ofrecían sus servicios en un partido de sus viviendas. También eran habituales los pelados caseros hechos por nuestras madres, que ya utilizaban los primeros utensilios para estos menesteres y que siempre garantizaban generosos trasquilones.
La cosa cambió bastante a mediados de los 80, en paralelo a la modernización de nuestra sociedad tras el final de la dictadura y el inicio del nuevo periodo democrático. La televisión era un elemento modernizador y el aperturismo hacia nuevas modas ya se reflejaban en la estética a todos los niveles. La Movida fue el gran revulsivo para adoptar nuevas y variadas formas, las tribus urbanas fomentaban la moda de sus nuevos looks que empezaban a proliferar por ciudades y se extendían a todos los municipios. Los clásicos tupés se hacían más voluminosos y extravagantes, las llamativas crestas punk escandalizaban, los cardados también causaban perplejidad, todos ellos contrastaban con la estética clásica pero reconvertida de los peinados y vestimentas de los nuevos románticos. Las peluquerías de caballero se reconvertían para adaptarse a los tiempos y a la demanda de los nuevos clientes, aparecían las peluquerías unisex, las academias de peluquería fuente de vanguardistas peluqueros y peluqueras. Recuerdo a los tradicionales peluqueros esforzándose para complacer a la nueva hornada de jóvenes, en especial al Maestro Palillo que con todo su arte y casticismo supo atraer a los más modernos con el rítmico chasquido de sus dedos, la música de sus tijeras y coplillas, el cante de sus pajarillos de jaula y sus anécdotas. Él solía decir que nos pelaba «a lo garçon», metiéndonos en el mismo saco, demostrando así que era el primer vanguardista. Hasta la fecha nadie ha logrado hacerme mejor el cuello a tijera.
Pero aquellos modelos de peinados con diferentes largos y texturas precisaban ser esculpidos casi diariamente, con especial esmero en las noches de marcha, expresión que solía decirse entonces y que ahora está totalmente demodé. La laca, la gomina, los cepillos y peines especiales, el secador entraban en escena frente al espejo, ya fueras hombre o mujer, la laboriosa tarea requería su ritual y las esperas se hacían eternas.
Pasados aquellos años de juventud y conforme nos hacíamos hombres de provecho, con relaciones laborales y sentimentales ya asentadas, el tema del peinado quedaba relegado a una importancia secundaria.
Las peluquerías seguían su evolución, cada vez más sofisticadas en cuanto al servicio y con modernos diseños, lo cual no era óbice para que consiguieran mantener su propia idiosincrasia además de prestar el debido servicio.
La peluquerías han sido una especie de confesionario laico en los que se intercambiaban pareceres e informaciones personales, los sillones de peluquería hacen las veces del diván del psicólogo, un lugar donde se toma el pulso a la realidad popular, donde los ecos del pueblo vienen a parar. La peluquería establece un oasis efímero a la monotonía con un ambiente distendido. El peluquero o peluquera ofrece una peculiar terapia de somatización inversa, de exorcismo de los males a través de nuestro cabello: masajea nuestra cabeza, mesa nuestro pelo, infunde lociones tan olorosas como mágicas, nos hipnotiza con los pequeños sones de tijeras y maquinillas, con selecta música de fondo, nos escucha en vez oírnos… y se produce la transmutación estético-psicológica, nos sentimos mejor y más guapos.
Hace unos días visité a mi peluquero, hablamos de la pandemia de alopecia que ataca a los de mi edad, a los estragos que causó el virus de las malas lacas y gominas, de aquellos tupés alpinos ahora convertidos en estepas despobladas. También de lo bonita que le resultó Estambul a un amigo, volvió maravillado de la belleza del Bósforo, de la magnífica mezquita de Santa Sofía, del Gran Bazar y del Bazar de las Especias … Además me indicó que le resultó muy económico el viaje, ¡vamos, qué no se le cayó el pelo sino todo lo contrario! Por cierto, no le ha quedado mal el peinado, casi no se me ve el bisoñé.
Estos peluqueros son honestos, nos toman el pelo a un precio módico, vamos con lanas y volvemos trasquilados pero contentos, y que siga la cosa, señal de que seguimos peinando canas.
Y aunque nos creamos que no tenemos un pelo de tontos, siempre los hay más listos que nosotros, los listos de siempre, siempre hubo clases, tontos con clase y los listos de la clase que nos siguen tomando el pelo, pero no importa «allá en el horno nos vamo a encontrar».
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