¿Qué será en 2022?

Tengo la impresión de que el año que comenzamos se presenta bastante incierto, matizo mi presagio, más incierto y problemático que lo han sido otros años; una apreciación que extiendo al ámbito nacional como internacional.

 

La pandemia provocada por el COVID-19 ha eclipsado la relevancia y la preponderancia de otros asuntos que, en una dinámica habitual, siempre son los que acaparan la preocupación de los ciudadanos en distinto grado y medida dada la realidad específica de cada sociedad. Durante estos dos años anteriores, la problemática preexistente ha permanecido en un estado de latencia, la sobrevenida pandemia ha servido en bandeja una exculpatoria y extraordinaria procrastinación, además de causar los consabidos y evidentes efectos negativos. Bajo el manto de lava y cenizas, la incandescente realidad sigue borboteando en capas más profundas y los movimientos subterráneos y subrepticios se siguen produciendo, tal vez emerjan durante este 2022, con una virulencia inadvertida y creando nuevas fajanas de acritud.

En España, ya sea por causas endógenas o exógenas, resulta muy preocupante la espiral dañina que están tomando determinados asuntos económicos, sociales, sanitarios, políticos… En materia económica se ha entrado en barrena en factores claves que perjudican enormemente a la situación económica y que afectan a los estamentos más vulnerables de nuestra sociedad, la estabilidad financiera de personas y familias está en serio riesgo. El crecimiento de la inflación es un elemento muy  negativo en cualquier economía de mercado, el INE indica que la inflación acabó en diciembre con un incremento del 6,7% interanual, la tasa más alta desde marzo de 1992.

Recordemos que los altos índices de inflación que padeció España en la crisis económica de los noventa llevó al Gobierno a devaluar la peseta en tres ocasiones en nueve meses. Desde la entrada del euro, esa medida de política monetaria es imposible realizarla, pero sí una solapada devaluación interna con medidas en el mercado laboral y de contención salarial. Precisamente esa fue la vía tomada para combatir la crisis iniciada en 2008 originada por la especulación de la burbuja inmobiliaria, la reforma laboral de 2012 que ahora se está contrarreformando (que no derogando); sí es aprobada definitivamente, estará por ver su eficacia y sus efectos, aunque venga consensuada con la patronal y los sindicatos.

De momento las pensiones crecerán el 2,5% según el Ministerio de Seguridad Social, los salarios subieron de media en 2021 el 1,5% según el Ministerio de Trabajo; grandes diferencias con respecto al 6,7% de incremento del IPC. La pérdida de poder adquisitivo es notoria.

 

Por otra parte, el deterioro de las prestaciones y asistencias sanitarias, competencia de las administraciones autonómicas, está bajo mínimos; los niveles de exclusión social y de pobreza siguen creciendo. Los pilares del Estado del Bienestar están en peligro de derrumbe viéndose agravado ostensiblemente por los efectos de la pandemia cuya gestión ha evidenciado la difícil y farragosa imbricación de la gestión de los gobiernos autonómicos con el Gobierno central. El Estado se está desmembrando en reinos de taifas autonómicos al servicio de espurios o trasnochados intereses, socavando el interés general debido a actitudes sectarias, separatistas o partidistas.

La corrección política se ha aliado con el populismo, utilizándose ambos como efectivos señuelos para las masas sociales que fácilmente entran al trapo de las maniobras de distracción y manipulación. El discurso responsable y honesto se ha borrado de la retórica política y del discurso social, la coherencia no está ni se la espera. La capacidad de respuesta de la sociedad es nula, se ha desactivado todo mecanismo de reacción, el pasotismo y la resignación se han instalado en nuestra sensibilidad, se está desmontando el Estado del Bienestar ante nuestras narices sin que hagamos una mínima mueca de dolor, incluso cuando padecemos en nuestras carnes las heridas producidas.

 

A nivel internacional se atisba una escalada en la tensión de las relaciones internacionales, sostener el equilibrio en la cuerda floja parece cada vez más difícil, los sistemas de contrapesos diplomáticos se muestran menos operativos y las interrelaciones de intereses económicos, que mantienen centrado el fiel de la balanza, tienden a la desestabilización, la renovada geopolítica es la avanzadilla de un nuevo escenario de guerra fría entre los diferentes bloques económicos, que no ideológicos.

Las actuales migraciones son síntomas inequívocos de las grandes desigualdades, la globalización ha deslocalizado el problema de la desigualdad y ahora los migrantes llaman a las fronteras de los países prósperos huyendo de la pobreza, del subdesarrollo y de los conflictos bélicos. Los países receptores de migrantes no deben mirar para otro lado y deben planificar una estrategia seria ante un problema de difícil resolución y que se verá incrementado paulatinamente. Frenar a las mafias locales y las actitudes de determinados gobiernos en los países de origen de los migrantes son esenciales para evitar que estos sean utilizados como escudos humanos en la lucha por intereses desconocidos e interpuestos. Al igual que debe frenarse la utilización como arma arrojadiza el discurso demagógico y populista contra los migrantes como un resorte tan fácil como vacuo de la acción política. Evitar que el problema de las migraciones desemboque en un conflicto creciente y recurrente será difícil, dada la deriva actual que está tomando la creciente confrontación y las posturas contrapuestas y artificiosamente magnificadas.

Por otra parte, el gran reto de detener urgentemente los desmanes que el actual modelo de desarrollo está provocando, que se evidencia en el incontestable cambio climático, debe ser una tarea prioritaria. El modelo económico y productivo que persigue un crecimiento insostenible sin mesura debe reinventarse, los gobiernos deben anteponer los intereses generales a los económicos. Es posible que la gran presión que está generándose en la conciencia social a favor de un crecimiento sostenible a nivel planetario, en conjunción con los avances tecnológicos que repercutan eficientemente en la mejora de nuestro medio ambiente, sea decisiva y los gobiernos se vean obligados a cambiar de actitud.

 

La actual pandemia pende como una espada de Damocles sobre nuestro futuro inmediato, pero tan pronto como recobremos una suficiente normalidad quizá veamos cambios sustanciales y sorprendernos  de la evolución que tomarán los hechos, ¿quién sabe si en 2022?

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