El enigma gatuno
Me complacen más los gatos que los perros, tal vez sea una cuestión atávica que se reforzó durante mi niñez ya que normalmente los perros solían asustarme con sus ladridos y su repentina agresividad; recuerdo que siempre había algún perro que nos ladraba y embestía cuando corríamos y también aquellos perros que hacían honor al cartel de ¡cuidado con el perro, muerde!
Claro está que se trata es una cuestión personal, cada cual tiene su propia experiencia. Lo cierto y verdad es que cada persona se predispone a tener una mayor o menor simpatía por los gatos o por los perros, que son los animales más comunes en el ámbito doméstico. Los caracteres de estos son bastante diferentes, de ahí que la predilección por uno u otro por parte de los humanos quizá provenga de una mayor afinidad con alguno de los dos, aunque no es una relación amistosa excluyente. Por lo general, el perro es más sociable, previsible, comprensivo, cooperador…; en cambio, el gato suele ser más introvertido, enigmático, independiente, estable…
En el proceso de domesticación el perro ha sido muy influenciado en su conducta, adaptándola a las costumbres humanas. Por el contrario, el gato ha preservado una mayor cuota de independencia y cierta dosis de comportamiento silvestre. En 1758 el naturalista Carlos Linneo incluyó en su Systema naturae como subespecie al gato doméstico (Felis silvestris catus). Aunque existen pruebas de la relación del gato con el hombre con anterioridad al 4000 a. C., fue en esa fecha cuando se estima que los egipcios comenzaron a domesticar al gato salvaje africano (Felis silvestris lybica) para proteger los graneros de roedores y serpientes. Un estudio publicado en la revista Nature en 2007 demostró dicha descendencia genética, posteriormente fue corroborado por otro estudio en la revista Science.
En un reciente ensayo de John Gray (profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Oxford) titulado Filosofía felina (Los gatos y el sentido de la vida) hace una peculiar aproximación filosófica de la relación que mantenemos los humanos y los felinos. Personalmente creo muy interesantes los capítulos 5 (El tiempo, la muerte y alma felina) y 6 (Los gatos y el sentido de la vida), aportan unas perspectivas muy interesantes al respecto.
La naturaleza enigmática del gato proviene del antiguo Egipto y sigue muy presente en nuestros días. Dice el autor que «[…] los gatos son unos extraños en el mundo. Si se los ha considerado unas criaturas antinaturales es porque viven conforme a su naturaleza». Para ello nos advierte que debemos entender que en el mundo egipcio «la categoría animales ni siquiera existía como tal […] los seres vivos incluían tanto a los dioses como a las personas y a los animales» (Jaromir Malek). Teniendo muy en cuenta lo anterior, apunta Gray que «los gatos pasaron a ser dioses en el antiguo Egipto por un proceso natural».
Repasar la cronología nos indica la importancia de los gatos en el mundo egipcio. A partir del 2000 a. C. los gatos ya eran un animal de compañía «el gato terminó convirtiéndose en un animal domesticado o, para ser más precisos, terminó domesticándose a sí mismo» (Malek). Del Reino Medio (1980-1801 a. C.) «se hallaron en un cementerio diecisiete esqueletos de gatos cerca de una hilera de vasijas pequeñas que pudieron contener leche». «Entre el 1000 a. C. y el 350 d. C., los gatos pasaron a ser considerados manifestaciones de deidades diversas, en particular, de la Diosa Bastet». Añade John Gray que «los gatos fueron muchas cosas en el antiguo Egipto: compañeros (a veces) de los seres humanos cuando estos realizaban el tránsito hacia la otra vida, manifestaciones (otras veces) de los dioses, protectores (incluso) de las deidades».
Esa relación atávica a la que aludía al principio parece tener bases fundadas si tenemos en cuenta lo que los gatos representaban para el mundo egipcio, las subsiguientes civilizaciones asumieron ese legado que aún perdura en nuestros días. Los que convivimos con gatos podemos aprender mucho de ellos, son buenos profesores ya que tienen una perseverancia enorme en sus costumbres.
En primer lugar, nos demuestran que hay que tomarse la vida con tranquilidad, no debemos alterarnos tan fácilmente, hay que disfrutar el momento y no desaprovechar ni un rayo de sol. Debemos ser más contemplativos, llevar una vida más estoica. En cierto modo parece que el paso del tiempo no les afecta, será por aquello de que tienen siete vidas. Tal vez conozcan que hay más allá del umbral de la muerte, quizá sepan que hay otra vida u otras vidas, no es necesaria la prisa, tenemos todo el tiempo y todos los mundos. En la vida debemos ser parsimoniosos o ágiles pero todo a su debido momento.
Por otra parte, siempre te ofrecen compañía, amor o amistad no siempre, eso depende de que confluyan los mismos estados de ánimos de ambas partes, no existe una obligación contractual, existe una reciprocidad no biunívoca ni simultánea. El mejor consejo es el silencio y la mejor palabra la comprensión. Cuando desean nuestro cariño nos lo hacen mostrar y si no son correspondidos, media vuelta, mañana será otro día. Aunque los llames por sus nombres no te atenderán, la obligatoriedad de los actos no es asumida en la convivencia.
El sistema de convivencia es la cohabitación, los humanos conviven con los felinos y los felinos conviven con los humanos, de igual a igual. No existen relaciones jerárquicas ni de dependencia, la libertad de las partes fue asumida tácitamente desde el minuto uno. Si me ofreces alojamiento y comida podrás recibir mis enseñanzas, es un pacto no escrito y en el que sin duda los humanos salen ganando. Son unos perfectos maestros del zen.
La cantidad de escritores y poetas de diversas épocas que han escrito sobre los gatos y sobre la relación con los gatos es interminable, la literatura está plagada de hermosas páginas al respecto. También hay muchísimos gatos protagonistas (con sus respectivos nombres) de muchas obras y escritos en los que los autores han plasmado sus personalidades, anécdotas y relaciones reales o ficticias.
Me gustaría recordar dos gatos que suscitan la componente esotérica gatuna, además de la mencionada diosa egipcia Bastet. El gato de Cheshire que aparece en Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas y A través del espejo de Lewis Caroll, un gato filósofo y hablador de inquietante sonrisa que aparece y desaparece. El gato de Schorödinger (un experimento) que hoy en día sigue siendo una paradoja de la física cuántica aún por aclarar, que curiosamente incluye la imagen de un gato vivo o muerto y una realidad clásica y otra cuántica.
Ya lo decía Borges, «En otro tiempo estás. Eres el dueño de un ámbito cerrado como un sueño».
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