Rebelión en la macrogranja y en el ruedo
De vivir George Orwell en nuestros días seguro que tendría un nutrido número de escritos pendientes de salir de su perspicaz y original pluma, la realidad actual da para mucho y las distopías emergen por generación espontánea. A Rebelión en la granja quizá le vendría bien en la actualidad una continuación con una dimensión global que pudiera llamarse Revueltas en la macrogranja, el patio está que arde y una crítica mordaz e inteligente no vendría mal para fabular sobre nuestra situación actual.
Orwell, que luchó contra los totalitarismos tanto nazi como estalinista, se vería muy sorprendido comprobando como en cierto modo se plantea un escenario de bloques con ciertas similitudes a los existentes en los prolegómenos de la Segunda Guerra Mundial. Ahora, la reminiscencia histórica de la componente ideológica existe pero está un tanto tergiversada. Es evidente que tanto Rusia como China, y sus países satélites, tienen implantado un sistema capitalista en cuanto a su economía pero bajo el férreo control político autoritario cercano a una dictadura encubierta. Por otra parte, los países occidentales que se amalgaman en la OTAN, con una economía de mercado abierta y con democracias liberales, aunque con diferencias e intereses diversos entre los aliados anglosajones y los estados pertenecientes a la Unión Europea (y de estos entre sí), tienen a gran parte de su población enfrentada, crispada o desencantada con sus gobiernos y sistemas de gobernanza. O sea, ninguno de estos dos bloques es un dechado de virtudes aunque el régimen de libertades si es notoriamente diferente.
La actual tensión en Ucrania está llegando a su punto más álgido, en el conflicto que se está generando hay un mar de fondo importante con causas económicas objetivas, la escalada de precios de las fuentes de energía y la creciente inflación subyacente, el control y abastecimiento de algunos suministros esenciales, las sanciones comerciales,… Indudablemente también existen otras razones geopolíticas e ideológicas.
Desde mi punto de vista, la nostalgia de Putin por restablecer la esfera de influencia rusa en el panorama internacional está en la base del reciente conflicto. La caída del muro de Berlín (Putin estaba destinado allí como agente de la KGB), el desmembramiento y desaparición de la antigua URSS y el fin del Pacto de Varsovia es calificada por el propio Putin como «la mayor catástrofe geopolítica del siglo xx». La no aceptación por parte de Putin de la independencia de muchas de las antiguas repúblicas soviéticas y, sobre todo, el hecho de que algunas de ellas no acepten su tutoría no entra dentro de los planes que les tiene asignado para la reconstrucción del “mundo ruso” (Russkiy mir) que desea implantar. Bajo esa pretensión, Putin puede hacerse con el control total y evitar rebeliones internas como hizo el cerdo Napoleón y sus adláteres en Rebelión en la granja para así imponer su único y final mandamiento: «todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros».
Al día de hoy la diplomacia desarrolla su trabajo. EE.UU., Rusia, la Unión Europea, el Reino Unido, la OTAN, China, Francia realizan sus misiones y dialogan para buscar una salida política al conflicto que esperemos surtan efecto. Por sus consecuencias imprevisibles, una guerra en Europa es una mecha que no debe prenderse.
En la macrogranja casera, en nuestro ruedo ibérico, también el genial Valle-Inclán tendría buena fuente de inspiración para parte de las obras inconclusas de El ruedo ibérico. Nuestros congresistas se empeñan en ofrecernos nuevas escenas esperpénticas, en deformar más grotescamente si cabe nuestra maltrecha realidad política —“¡no se vayan todavía, aún hay más!”—.
En primer lugar desde los partidos del gobierno se nos venía hablando de derogación de la reforma laboral de Rajoy, se enarbolaban las banderas para ello, se prometía que se derogaría porque era enormemente perjudicial. Se comienzan a manipular las palabras y las intenciones con la habilidad que tienen los políticos-trileros. De repente la promesa de derogación no se cumple, es fácil derogar, dejar sin efectos y retrotraerse a la ley anterior, pero eso no ocurre. Se comienza a negociar con los agentes sociales, es de elogiar la opción por el diálogo, aunque no sea para cumplir con lo prometido. Posteriormente ya se habla de reformar la reforma, una contrarreforma es bien distinta a una derogación; al parecer algo habría de bueno en aquella reforma. Más adelante, tras arduas negociaciones, se anuncia que se ha llegado a un acuerdo con los agentes sociales y se da el visto bueno a un texto acordado —“algo tendrá el agua cuando la bendicen”—.
Todo parece indicar que el plácet de los agentes sociales será suficiente garantía para que los partidos que apoyan al gobierno voten a favor de su aprobación definitiva. Pero sorprendentemente no es así, los partidos que apoyaron la investidura y soportan al actual gobierno no están conformes —“Dios dijo hermanos, pero no primos”—, demandan cambios en el texto, cosa que los proponentes no pueden admitir. Comienzan los contactos y las negociaciones, la reforma hay que sacarla adelante, sí o sí, es una cuestión de estado. Pero la cosa no cuaja, cada uno tira de una extremidad (nunca mejor dicho) para desmembrar al Gobierno y hacerlo fracasar en una de las iniciativas principales de su programa y legislatura.
Parece que el sentir del Gobierno y los agentes sociales sobre la benignidad de la reforma no es interpretada de igual modo ni por parte de los partidos de la izquierda independentista ni por parte de los partidos de la derecha —“la política da extraños compañeros de cama”—. Para rematar el esperpento tenemos el fallo de un de los votantes del no por parte del PP que le da su vis cómica a la escena. Pero lo importante es ganar el partido, aunque sea de penalti discutible y en el último minuto. Y estalla la alegría de patio de colegio de los defensores del sí y la indignación y estupefacción de los votantes del no, cuando lo verdaderamente responsable es que hubieran salido todos los congresistas con las cabezas gachas y abochornadas.
Nuestra actual España sigue deformando su rostro y mostrándonos su grotesca imagen en los espejos convexos y cóncavos del callejón del Gato que podemos encontrarnos a la vuelta de la esquina. ¡Viva el esperpento!
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