Fuego amigo

     Charles Kirke, profesor de antropología militar de la Universidad de Cranfield (Reino Unido), en su libro Fratricidio en batalla: (Des) Fuego amigo narra que durante la Guerra Austro-Turca, en la noche del 21 de septiembre de 1788, el ejército austriaco realizó una incursión contra el ejército otomano en las inmediaciones de Karánsebes (actual Transilvania-Rumanía). En una parada antes de iniciar la acción, los oficiales de caballería se emborracharon y posteriormente se produjo una pelea con los soldados de infantería que llevó a la utilización de las armas, detalla Kirke: «estallaron escaramuzas cuando miles de soldados entraron en pánico y se lanzaron a la refriega, disparando en la oscuridad contra cualquier cosa que se moviera […] cuando el ejército turco apareció dos días después, fácilmente superaron a los austriacos».

Los efectos del fuego amigo se cifraron en 10.000 soldados muertos o heridos, aunque el historiador Paul Bernard sostiene otra versión de los hechos y cuestiona la cifra. Lo cierto es que la confusión producida llevó al resto de soldados a desconocer el origen de los disparos y creyeron que se trataba de un ataque enemigo.

Este es uno de los ejemplos más rimbombantes de fuego amigo, aunque existen otros desde la antigüedad hasta nuestros días. Cabría distinguir que el fratricidio y el daño colateral tienen sus diferencias notables respecto a lo que se considera como fuego amigo, el fratricidio parte de la voluntariedad y el daño colateral se inflige al bando o población enemiga.

 

Llevado al terreno de la política y también de las relaciones humanas, el fuego amigo da para mucho y se presta a una amplia casuística, anécdotas, fraseología… En estos días estamos viviendo un episodio de fuego amigo entre Isabel Díaz Ayuso (Presidenta de la Comunidad de Madrid) y Pablo Casado (Presidente del Partido Popular).

En esta refriega político-partidista en la que se entremezclan vetas de corrupción, vanidades, lucha por el poder, celos políticos, batallas internas, ajustes de cuentas… pone en bandeja traer algunas de las frases relacionadas con lo ocurrido. La más acertada, desde mi punto de vista, la brindó Konrad Adenauer, canciller alemán a la sazón y uno de los fundadores de la Unión Europea, cuando dijo aquello de «hay tres tipos de enemigos: los enemigos a secas, los enemigos mortales y los compañeros de partido». En esa línea, Winston Churchill abunda en lo anterior pero con su flema característica, cuando aconsejó a un joven parlamentario británico que debía recordar que los peores enemigos no los encontraría en los laboristas que se ubicaban en la bancada de enfrente sino en la de atrás (donde se sentaban sus compañeros de partido). Otro experimentado como fue Giulio Andreotti amplió el campo haciendo distinción entre los tipos de personas indicando que «en la vida hay amigos, conocidos, adversarios, enemigos y compañeros de partido».

Las enemistades políticas púbicas incluso en el seno del mismo partido no son ahora muy habituales en el parlamentarismo español, la disciplina de partido y los brazos de madera no dejan espacio para la autocrítica y la disensión y mucho menos de modo notorio.

A principios del siglo XX Segismundo Moret y José Canalejas, ambos pertenecientes al Partido Liberal, protagonizaron varias anécdotas debida a su enemistad manifiesta. El escritor y perspicaz comentarista parlamentario Luís Carandell recoge en su libro Se abre la sesión un comentario al respecto del diputado Ramón Nocedal, del Partido Integrista: «Moret y Canalejas están en el banco azul íntimamente unidos en una común aspiración: la de destrozarse el uno al otro».

 

También dos figuras claves de la Revolución Rusa mantuvieron una terrible enemistad, Stalin y Trotsky. El primero logró imponerse ante el creador del Ejército Rojo, Trostky fue asesinado en Méjico por el español Ramón Mercader por encargo de la KGB y mandato de Stalin. Existe una conocida fotografía manipulada en la que aparece Lenin dando un discurso a una multitud en una plaza sobre un tablado, en la escalera se encontraba Trostky con uniforme militar; dicha fotografía fue retocada por orden de Stalin eliminando la figura de Trostky.

 

El fuego amigo y la traición tienen una evidente relación, la mayor traición de la historia es la realizada por el apóstol Judas Iscariote a su maestro Jesús; un beso fue la señal y treinta monedas el precio por delatarlo en el huerto de Getsemaní. El precio de aquella traición fue alto para Judas, se arrepintió, quiso devolver las monedas y, como todos sabemos y nos dice el evangelio de San Mateo, se suicidó colgándose de un árbol. El fratricidio guarda similitudes con el fuego amigo, no se espera que el mal provenga de un hermano, otro pasaje bíblico entre Caín y Abel plasma la animadversión y los celos, el cainismo es un pasaje que se repite desde entonces en el devenir humano.

 

Recorrer los pasajes sobre el poder, la traición, las intrigas, la ambición, las perversidades en la obra de Shakespeare nos da una buena vara de medir sobre la conducta humana, los personajes ficticios cobran una humana y verosímil realidad, ficción y realidad funden sus planos sin que podamos precisar sus fronteras.

Dice Caperucita Ayuso que, «nunca pude imaginar que la dirección de mi partido iba actuar de un modo tan cruel e injusto contra mí» a lo que replica Lobo Teodoro sobre la antedicha que «nunca pude imaginar que atacara de una forma tan cruel e injusta a la dirección de nuestro partido». La imaginación a ambos les daba para poco, como al igual que la lectura, de haber leído a Shakespeare y tener cierta cultura política e histórica no se sorprenderían de los hechos ni serían tan cortas sus capacidades imaginativas.

 

A propósito de imaginación, no encuentro otra banda sonora mejor para este episodio que la letra de Luís Alberto de Cuenca y la divertida Orquesta Mondragón con el genial Javier Gurruchaga; bailen conmigo, «Hola mi amor, yo soy el lobo…».

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