Guerra como las de antes
Desde la finalización de la II Guerra Mundial no habíamos tenido en Europa una guerra con unas connotaciones similares a la ocasionada en la actualidad por la invasión de Ucrania por parte de Rusia. La convulsa primera mitad del siglo xx europeo dio para dos guerras mundiales, guerras civiles y revoluciones, casi todas las naciones del continente europeo se vieron envueltas en episodios bélicos o confrontaciones armadas
Esa realidad contrasta con la prosperidad, libertad y amplitud vivida en el último cuarto de ese mismo siglo una vez dejada atrás la tensión de la Guerra Fría; del enfrentamiento bélico se pasó en cuestión de décadas a los programas Erasmus. El Plan de Acción de la Comunidad Europea para la Movilidad de Estudiantes Universitarios —esa es la traducción del acrónimo de Erasmus— tuvo en el español Manuel Marín a su principal valedor en el cargo de Comisario Europeo de Educación. La iniciativa partió de la asociación de estudiantes europeos (AEGEE), con la finalidad de fomentar las bases del europeísmo mediante una ciudadanía activa, fomentando la cultura de la paz y el intercambio de estudiantes en pos de una mayor integración europea. Franck Biancheri fue el principal promotor de la asociación y del programa Erasmus, en 2005 fundó el partido transnacional Newropeans, de clara vocación reformista y de profundización en la integración europeísta.
Gran parte de los universitarios europeos han conocido y disfrutado el programa Erasmus, han intercambiado experiencias, culturas y conocimientos con estudiantes de otros países europeos y han convivido con ellos. Los menores de 40 años sólo tienen constancia histórica, sin recuerdo biográfico, de la caída del Muro de Berlín, apenas pueden hacerse una composición de lugar real de una fase histórica que finalizaba con ese acontecimiento, marcado por las postrimerías de la II Guerra Mundial y de la Guerra Fría antes mencionadas. En el escenario vital de estos jóvenes, el belicismo y la guerra no se atisba, por suerte.
La guerra no existe, solo existe en fotogramas, fotografías, textos…, aunque sí existen guerras lejanas a las que nuestra hipocresía occidental vuelve la mirada, no quiere ver o valorar en su justa medida. Los desastres y desmanes de las guerras han existido, existen y existirán pero ahora podemos desenfocar su importancia, pasar a segundo plano las contiendas en otros continentes y traer a la primera plana la guerra en la frontera vecina. Hay guerras que nos amenazan y esas son a las que prestamos atención.
Quizá los europeos y los ucranianos no esperaban que Putin fuera capaz de iniciar una invasión y una guerra contra un pueblo con los que comparte cultura, afinidades y filiaciones. La ingenuidad es quizá el mejor caldo de cultivo de la maldad. El progreso no siempre es lineal, la recaída y el retroceso son avatares de lo humano, ¿quién iba a pensar que en pleno siglo XXI pudiera reproducirse una guerra con raíces decimonónicas? ¡Cuánta inocencia! ¡Cuánta ceguera ante la evidencia!
Putin tiene una conocida trayectoria personal y política dirigida a la conquista del poder, ahora impone su patriarcado neozarista, como es notorio. Un siniestro personaje anclado no solo en el más puro modus operandi de Stalin si no en una entelequia histórico-étnica del mundo ruso, paradójicamente opuesta a los postulados internacionalistas y federalistas de Lenin.
Putin es un autócrata peligroso que ejerce su poder incontestablemente en una Rusia que no tiene un sistema democrático implantado. El escritor, poeta y traductor ucraniano Yuri Andrujovich indicaba que «cuando veo el Kremlin, no pienso que es una preciosa arquitectura renacentista de maestros italianos, sino que es el centro del mal en el mundo, donde todo el tiempo, día y noche, se generan planes acerca de cómo se puede reducir mi libertad». Javier Cercas en un reciente artículo en El País apunta muy acertadamente que «la invasión rusa constituye el primer enfrentamiento bélico a gran escala entre nacionalpopulismo y democracia, los dos grandes proyectos políticos que parecen disputarse el mundo en nuestro tiempo».
Hasta hace poco se le ha seguido el juego a Putin por parte de occidente, los negocios con la oligarquía rusa eran habituales, los capitales y las inversiones eran bienvenidos. Por otra parte, Putin ha creado una red de alianzas con otros países de la que desconocemos su fiabilidad y complicidad. Pero, ¿cuál es la verdadera intención de Putin?, ¿hasta dónde está dispuesto a llegar? Sería una frivolidad imperdonable caer de nuevo en la ingenuidad. Hasta ahora Putin ha cumplido todas sus pretensiones y reiteradamente ha marcado a Occidente como la gran amenaza para la reconstrucción de su mundo ruso, sus enemigos son todos aquellos países y personas que vayan contra tal pretensión. Ha ejercido el matonismo contra periodistas y disidentes tanto en Rusia como en otras repúblicas exsoviéticas, al igual que lo ha hecho recientemente con Finlandia y Suecia cuando han expresado su intención de incorporación a la OTAN, en la línea de lo realizado con Ucrania. Además, ha ordenado la alerta máxima a la cúpula militar lo cual conlleva la activación de las fuerzas nucleares estratégicas.
La gran incógnita que se plantea es si la ciudadanía rusa aprueba y soporta la actual invasión de Ucrania y si, de no estar conforme con ella, reaccionará contra el hegemónico poder de Putin. A tal efecto habría que unir el alcance de las medidas sancionadoras puestas en marcha contra Rusia y su real eficacia, así como la repercusión en la vida cotidiana del pueblo ruso. ¿Sufrirá Putin su propio Maidán en la Plaza Roja?
La interdependencia actual de la economía mundial hace muy difícil mantener posturas autárquicas y, tal vez, los aliados de Putin no puedan o quieran mantener las exigencias que se les requieran, haciendo que el aislamiento sea muy duro. El anacronismo de Putin también juega en su contra, tanto por pretensión decimonónica de reunificar el imperio ruso como por no saber valorar las múltiples relaciones que un mundo interconectado establece y sus repercusiones.
Lo cierto es que las escenas de guerra no son parte de ningún videojuego, los muertos son reales, los refugiados son reales, las bombas son reales; los dramas nos son el guión de una serie, son reales, los llantos no son fingidos, son reales; las historias no son parte de un libro de ficción, son reales.
Es una guerra como las de antes, como las que creíamos que nunca volveríamos a ver, como la que está aconteciendo en los pueblos de Ucrania, una batalla por la libertad.
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