Pasolini poético y profético
Este año se cumple el primer centenario del nacimiento de Pier Paolo Pasolini, uno de los artistas preminentes del siglo XX. Hacer una aproximación divulgativa sobre la figura de un artista de la enorme dimensión, tanto cuantitativa como cualitativa, como es la del susodicho, no es una tarea fácil.
Pasolini fue un artista poliédrico de marcado carácter, con unos hitos vitales contrastados y una perenne actitud crítica, siempre envuelto en la polémica y en la provocación. Abordar su figura y legado meramente bajo los prejuicios de la etiqueta —era marxista, homosexual y católico sui géneris— no deja apreciar la verdadera importancia de su obra. Parafraseando a Nietszche, podríamos decir que también era un humano, demasiado humano. Aproximarse a Pasolini desde la poética de lo humano ayuda a comprender tanto al artista como al hombre, conociéndolo y entendiéndolo podemos vislumbrar también algunas de las claves del pasado siglo
La indagación en la infancia y juventud de Pasolini es esencial para entender su devenir. Nace en Bolonia el 5 de marzo de 1922, el mismo año de la Marcha sobre Roma que aupó al poder a Benito Mussolini y a su Partido Nacional Fascista. Su padre, Carlo Alberto Pasolini, militar y quinto conde de la Onda, en su destino de Casarsa della Delizia conoce a Sussana Colussi, maestra de escuela e hija de unos acomodados propietarios rurales; se casan el 22 de diciembre de 1921, Pier Paolo ya estaba en su vientre. Según Pasolini, su padre, con el que mantuvo una convulsa relación que lo traumatizó, tenía un carácter pasional, sensual y violento que se fue agravando durante el matrimonio. La conexión con su madre fue muy especial durante toda su vida. Los continuos cambios de domicilios dentro de su amada región del Friuli le hicieron conocer ese paraíso de su infancia y también forjarle un carácter solitario. Su estancia en Cremona y en Bolonia, en la que estudia en la Facultad de Letras, fueron decisivas en su polifacética carrera artística (pintura, literatura, música, cine, teatro y deportes).
En 1942 publica su primera obra, Poesía en Casarsa, es época de las primeras y cruciales experiencias: su relación con la muerte, su oculta homosexualidad, la deserción en su llamado a filas, el fusilamiento traidor de su hermano Guido, su doctorado, sus inicios en la docencia y el desarrollo de su conciencia social y política.
A sus casi treinta años, la partida de Casarsa hacia Roma es una necesidad, «mi vida se encuentra en un encrucijada decisiva». Tras unos duros inicios, encuentra en Roma su expansión y paso a paso logra explayarse vitalmente. El episodio de prácticas homosexuales con menores en Ramuscello (barrio de Casarsa) le ocasiona un juicio del que resulta absuelto, y del que deriva su expulsión del Partido Comunista y el oprobio social y familiar. Con la novela Muchachos del arroyo (Ragazzi di vita), de claras referencias autobiográficas, logra su primer éxito relativo gracias a la labor de su editor Livio Grazanti. La novela fue temporalmente secuestrada y a partir de entonces se fijó el espacio de controversia que mantuvo hasta el final de sus días con sus partidarios y detractores. Con Las cenizas de Gramsci logra un éxito similar pero en el campo de la poesía, una amalgama de temas escritos con una sensibilidad exquisita; una altura poética que se repetiría con La religión de mi tiempo y Poesía en forma de rosa.
Con la segunda novela, Una vida violenta, vuelve a explorar el mundo de la borgata (suburbio) romana y de los ragazzi di vita.
Pasolini había escrito guiones para cine que le deparaban notables ingresos económicos que le permiten trasladarse en junio de 1959 al barrio de Monteverde y al mismo edificio en el que vive su poeta amigo Attilio Bertolucci, conoce allí a su hijo Bernardo. En 1960 La dolce vita obtiene la Palma de Oro en Cannes, en los créditos del guion aparece un tal Pier Paolo Pasolini, previamente habían colaborado con Fellini en Las noches de Cabiria. Se produce un trasvase de buena parte de su actividad creadora hacia el cine, en una entrevista explica la causa: «Quizá esta es la razón por la que prefiero el cine a la literatura. Porque expresando la realidad con la realidad, opero y vivo continuamente al nivel de la realidad».
Con la ayuda de Fellini comienza a rodar Accatone (Pobretón), un Pasolini sin apenas conocimientos técnicos cinematográficos se lanza al rodaje de su primera película, el mismo testimonia que «Por primera vez en mi vida me encontraba tras una cámara. Debía rodar una escena entera con aquella máquina medio rota, vieja, con poca película. ¿Qué podía hacer? ¿Un milagro? Fellini esperaba un milagro». Bernardo Bertolucci que trabajó en ese rodaje comentó lo siguiente: «Tuve la suerte de haber visto a alguien que inventaba el cine. Yo he visto el nacimiento del cine». Posteriormente, la filmografía de Pasolini se pobló de obras maestras únicas, Mamma Roma, el mediometraje La ricota, la inconmensurable El Evangelio según San Mateo, Pajaritos y pajarracos, Edipo Rey, Teorema, Medea, la Trilogía de la vida (El Decamerón, Los cuentos de Canterbury y Las mil y una noches) y, finalmente, la controvertida Saló o los 120 días de Sodoma.
En el terreno personal de las relaciones profesionales, amorosas y amistosas forman un capítulo importante que enlazan con su labor artística. Desde la relación con su padre y la eterna y especial conexión con su madre, a las amistades y amoríos con Pina Kaltz, Susana Bemporad, Silvana Mauri, Natalia Ginzburg, Elsa Morante, Dacia Maraini, Laura Betti, Oriana Fallaci, María Calas… También la relación con varios ragazzi di vita y con la gran historia de amor y desamor con Ninetto Davoli.
A partir de este último acontecimiento, Miguel Dalmau describe en Pasolini, el último profeta el particular descensus ad inferos del artista. Pasolini compra la Torre de Chia (Viterbo) y la convierte en su torre de marfil, su arte se convierte en más sesudo y beligerante contra la sociedad de consumo, el poder y la pérdida de los valores humanistas, y cobra tintes proféticos y apocalípticos. Exponentes claros son la recopilación de artículos en Cartas luteranas y Escritos corsarios, en Saló o los días de Sodoma y, sobre todo, en la insidiosa novela Petroleo que, casi con toda seguridad, motivará su asesinato. En sus últimos años Pasolini pareció entrar en una lucha contra el mundo, llegó a decir que «En este momento soy apocalíptico. En este momento veo frente a mí un mundo doloroso y cada vez más feo y hostil».
La visión poética de Pasolini, crecida en la Arcadia de la Friuli de su niñez y adolescencia, impregnó todo su vida y su hacer artístico. Quiso que esa instalación poética en el mundo, auténtica y feliz, le acompañara tanto a él como a su ecosistema, convencido de que su voz poética poseía una fuerza mesiánica. Vivir y sentir como un hombre, convivir y sentirnos como hombres, era posible en la Arcadia terrestre y para ello batalló constantemente por desalojar a los mercaderes invasores de su templo poético.
Pier Paolo Pasolini fue ante todo un poeta, un excelso poeta que escrutaba todo con su mirada poética de sensibilidad exquisita, cuasi profética y, a veces, apocalíptica. Como dijo su íntimo amigo y poeta Alberto Moravia en su funeral «Hemos perdido, por encima de todo, a un poeta. Y poetas no hay tantos en el mundo. Solo nacen tres o cuatro en un siglo. Cuando termine este siglo, Pasolini estará entre los pocos que contarán como poetas. El poeta debe ser sagrado».
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