De profesión,sus comisiones
Dentro de la Clasificación Nacional de Actividades Económicas (CNAE) no existe el código de “Intermediarios del comercio de comisiones de productos y servicios diversos”, aunque podría incluirse en el código 4619. Parece que a los técnicos ministeriales se les pasa por alto tan conocida y lucrativa actividad, y eso que lleva muchas décadas como una práctica económica en España, a juzgar por los titulares de prensa. El anterior código podría también llevar aparejado la actividad de “Intermediarios del tráfico de influencias”, de ese modo tendríamos ligados a los dos agentes principales de dicha actividad, el cargo político y el comisionista, a la sazón, familiar o empresario afín.
No nos debe extrañar que dentro de poco, cuando se pregunte a los niños sobre sus vocaciones laborales, o sea, «¿qué quieres ser de mayor?», nos digan, «comisionista, por supuesto». Dentro de poco se crearan las titulaciones específicas a tal efecto, incluso desde la ESO y el Bachillerato se podrá optar a su formación, ya que las asignaturas de humanidades le dejarán cabida. Igualmente, en los tramos autonómicos del IRPF tendrán un tratamiento fiscal favorable las operaciones vinculadas a las actividades antes mencionadas. Ya sabemos que para muchas administraciones y políticos «Hacienda, sois todos».
No soy de naturaleza pesimista, tampoco quiero unirme al bando de los derrotista en esta batalla que tenemos muchos españoles contra la indignidad y la deshonestidad en la que se encuentra la cosa pública, pero hay que reconocer que el origen de la corrupción se ha convertido en un endemismo español que viene de lejos. Ya lo recogía Valle-Inclán en Luces de Bohemia, en boca de uno de los sepultureros del funeral del insigne poeta Max Estrella, respecto a la auténtica valía del personaje, dice que «En España el mérito no se premia. Se premia el robar y el ser sinvergüenza. En España se premia todo lo malo».
Posteriormente, Ortega y Gasset añade otro aspecto que se adhiere a la anterior visión valleinclanesca, «la ausencia de los mejores ha creado en la masa, en el pueblo, una secular ceguera para distinguir el hombre mejor del hombre peor, de suerte que cuando en nuestra tierra aparecen individuos privilegiados, la masa no sabe aprovecharlos y a menudo los aniquila», que recoge en el capítulo La ausencia de los mejores de España invertebrada.
Y uniendo las anteriores citas de Valle y Ortega, podemos llegar a otro de los motivos transversales que, en mi opinión, yacen en los importantes problemas de nuestra actual España. La exploración y aplicación de la vía de la Tercera España que promulgaron Unamuno, Madariaga, Marañón, Pérez de Ayala, Chaves Nogales, Ortega, Clara Campoamor, Elena Fortún, Ernestina de Champourcín… y muchos de sus discípulos y posteriores intelectuales. Una vía de encuentro, de huida del maniqueísmo ideológico, de diálogo edificante que nunca llegó a tener la solidez necesaria para transformarse en un movimiento político que lo pudiera llevar adelante. Quizá el proyecto político más cercano a la vía de la Tercera España fue el reformismo de UCD con Adolfo Suárez en el periodo de la Transición, que después se desmoronó completamente.
La corrupción es uno de los graves problemas que nuestra actual democracia no ha sabido erradicar, ha continuado con las dinámicas arrastradas de la dictadura y del tardofranquismo e incluso las ha consolidado. Es penoso que asumamos los comportamientos corruptos como algo habitual y que se haya producido un enquistamiento del problema, parece que se ha normalizado el trágala de la corrupción como animal de compañía.
Es inconcebible y vergonzoso como, en recientes declaraciones sobre los casos actuales de comisiones millonarias, se quieren hacer distingos entre legalidad y ética para dar validez a los mismos. Y todo ello teniendo en cuenta que son los casos que se han podido descubrir, se amenaza con tirar de la manta, poner en marcha el ventilador; lo cual no hace más que corroborar la existencia de las cloacas financieras de los partidos y sus corruptelas.
Resulta paradójico y desconcertante comprobar que a pesar de los esfuerzos legislativos tendentes a incrementar la transparencia y la fiscalización de las actividades del ámbito de las administraciones públicas, no se logre la efectividad que todos los ciudadanos quisiéramos para proteger la igualdad y el imperio del estado de derecho. Es cierto que la policía siempre perseguirá en su carrera a los delincuentes, aunque en este caso parece que se haya convertido en una cómica persecución de cine mudo donde los policías (en este caso el estado) aparecen ridiculizados y mofados.
Existe un razonamiento perverso que deriva de la normalización de la corrupción, tomarla como un hecho consustancial, esencial y propio de nuestra sociedad, creer que es un hecho inherente e inevitable es asumir el fracaso del estado de derecho y del principio de igualdad en el que se debe asentar una democracia.
Del mismo modo, tampoco se debe argumentar a la ligera aquello de que “estamos en el país de la picaresca”. Los que asimilan a los corruptos con los pícaros demuestran una ignorancia supina. No se debe consentir menospreciar a Guzmán de Alfarache, a Lázaro de Tormes, a don Pablos, a la vis picaresca de Sancho Panza… comparándolos con los corruptos de cuello y guante blanco que han pululado y pulularán por nuestra geografía española. No hay nada de nobleza, de humor, de supervivencia, de fino ingenio, de linaje, de inocencia… en esos saqueadores y avaros corruptos.
«Dos linajes solos hay en el mundo, como decía una agüela mía, que son el tener y el no tener», replicaba Sancho a su hidalgo caballero. Del saber, docto de los quijotes y proverbial de los sanchos, quizá hayamos aprendido a contentarnos con el gongorino «ande yo caliente y ríase la gente» y dejar que otros coman «en dorada vajilla». El pícaro Lázaro toma las uvas de tres en tres porque el traidor ciego «mudó de propósito y comenzó a tomar de dos en dos».
El Bosco pinta El carro de heno inspirado en un célebre proverbio flamenco, «El mundo es un carro de heno, del cual cada uno toma lo que puede»; dilucidador.
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