La «inversión Potemkin» de Putin

El nombre de Potemkin lo relacionamos directamente con la archiconocida película del gran cineasta ruso Serguéi Eisenstein titulada El acorazado Potemkin.

Basada en hechos reales acontecidos en 1905, comienza con el motín de la tripulación a bordo del acorazado Potemkin tanto por el comportamiento denigrante de los oficiales zaristas hacia ellos como por la carne podrida con la que les alimentan, la sublevación se traspasa al cercano puerto de Odesa, entonces perteneciente al Imperio Ruso y ahora a Ucrania. El barco acorazado Potemkin, toma su nombre del Príncipe Gregorio Potemkin de Táurida, militar de familia noble, valido además de amante de Catalina la Grande, que conquistó Crimea, fue artífice de la flota imperial del mar Negro y fundó las ciudades Jersón, Nikoláyev, Sebastopol y Yekaterinoslav (actual Dnipró).

En ese año, se produjo una gran revuelta en muchos territorios de la rusa zarista, entre ellos Odesa, un importante emporio del Mediterráneo, una ciudad bastante moderna con una población muy variada y un preponderante núcleo judío. En la escalera Potemkin de Odesa se desarrolla quizá la más memorable escena del cine contenida en la película antes mencionada. Aunque la masacre de civiles es figurada y no se ajusta al hecho histórico, si existe constancia de que la ola de antisemitismo provocase la matanza de judíos, son los llamados progomos. Esta revuelta sería la antesala de la definitiva Revolución Rusa de 1917 y la toma del gobierno por los bolcheviques. En 1955 la escalera pasó de denominarse de Primorsky a Potemkin, al cumplirse los 50 años de la sublevación.

 

Además de la película y el acorazado, existe la denominación de pueblo Potemkin que tiene su origen, de finalidad incierta, en la construcción de una simulación de aldea que posteriormente se portaría hacia otro lugar con el fin de impresionar a Catalina II en su recorrido a través del río Dnieper; por extensión, se utiliza actualmente ese concepto cuando se quiere dar la apariencia de bonanza política y económica de un país contraria a su realidad.

 

La película realizada en 1925 fue un encargo para celebrar el vigésimo aniversario de aquella primera revolución de 1905, a pesar de tener una clara intención propagandística al servicio del régimen soviético instaurado a través del Goskinó (Comité Estatal de Cinematografía de la URSS), la faceta artística es  encomiable. En blanco y negro, muda y con el apoyo de la música al servicio de la trama la película cautiva desde el inicio, el montaje y la utilización de la cámara logran crear un clima intenso.

La cinta está dividida en cinco episodios, el propio Eisenstein explicó que «Cada una de las partes en que se pueden dividir la cinta es funcional en un nivel superior de lectura, es decir, en la generalidad. Por otra parte, el patetismo, con la sucesión y cambio constante en las cualidades de la acción, genera en el espectador una emoción que lo lleva a realizar mediante un proceso psicológico una reflexión intelectual de acuerdo al tema propuesto».

Para lograr ese objetivo se sirve del ejemplo literario de Isaak Bábel indicando que «quizá sea quien sabe poner en práctica mejor que cualquier otro este gran secreto: ningún acero puede penetrar en el corazón humano con tan grandes efectos de estupefacción, cual un punto y aparte en el momento oportuno».

 

Eisenstein, al igual que Bábel, pasaron de ser parte del aparato soviético a ser perseguidos por él. Tras la vuelta del cineasta a la Unión Soviética tras su periplo americano, cae sobre él la sombra de la duda, la censura y las prohibiciones estalinistas serán constantes. Por otra parte, el escritor Isaak Bábel, judío nacido en el gueto de Odesa (precisamente salvó su vida en la pogromo de 1905 gracias a unos vecinos cristianos), fue amigo de Gorki, soldado y periodista al servicio del ejercito bolchevique; en 1939 es encarcelado y torturado, posteriormente se le realiza un juicio sumario acusado de espionaje y terrorismo contra el gobierno, es condenado a muerte y fusilado al día siguiente. Maestro del relato breve, destacan sus colecciones de relatos Caballería Roja (Konarmia) y Cuentos de Odessa. El cineasta y el escritor colaboraron en la película Prado de Bezhin (1937), que por orden política no pudo finalizarse.

 

Este 9 de mayo Putin ha celebrado el Día de la Victoria en el que se cumple el 77º aniversario de la victoria de la Unión Soviética sobre la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial. En el día 75 desde el comienzo de la invasión de Ucrania por parte de Rusia, el discurso de Putin ha sido un ejercicio de autoafirmación de la atrocidad que están cometiendo.

En primer lugar, ha justificado la “operación militar especial” como una actuación defensiva e inevitable ya que «los países de la OTAN no querían escucharnos, lo que significa que, de hecho, tenían planes completamente diferentes, y lo vimos. Abiertamente, se estaban realizando preparativos para otra operación de castigo en el Donbás, para la invasión de nuestras tierras históricas, incluida Crimea».

También ha insistido en revivir al enemigo nazi en Ucrania, la cual debe ser desnazificada y para ello «están luchando por la madre patria, por su futuro, para que nadie olvide las lecciones de la Segunda Guerra Mundial, para que en el mundo no haya sitio para verdugos, represores y nazis […] están luchando por lo mismo que hicieron sus padres y abuelos».

El argumento moralizante tampoco ha faltado, «nunca dejaré de lado el amor por la patria, la fe y los valores tradicionales […] En Occidente, aparentemente, han decidido cancelar estos valores milenarios. Esta degradación moral es la base para la cínica falsificación de la historia de la Segunda Guerra Mundial, incitando a la rusofobia, aplaudiendo a traidores y burlándose de la memoria de las víctimas».

 

La invasión de Ucrania parece que está lejos de finalizar, la guerra sigue latente y la estrategia militar rusa cambia de objetivos pero no deja de atacar ciudades como Kiev y Odesa. Quizá Kiev se haya convertido en una plaza difícil de conquistar, pero seguramente Odesa será el próximo objetivo, tan pronto como las tropas rusas estabilicen el control del resto del sureste ucraniano.

 

Putin se ha convertido en el Zar Rojo que invade un país soberano como Ucrania y provoca la guerra que está derivando en la muerte indiscriminada de población civil y en la devastación de un país. El espíritu bolchevique se ha transfigurado en el nuevo imperialismo ruso del Zar Rojo Putin con su afán expansionista. Se ha producido un cambio de roles, de papeles, la “inversión Potemkin” es un hecho, el pueblo sigue corriendo escaleras abajo, las escenas de horror y muerte se vuelven a repetir; aunque el poder tiene una nueva máscara sigue infligiendo dolor.

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