Ars longa, ¿flamenco brevis?
Había pasado desapercibido para mí, hasta ahora, el trabajo discográfico Las idas y las vueltas (2012) fruto de la colaboración de la Accademia del Piacere (Fahmi Alqhai) y el cantaor Arcángel. La música del disco explora la mezcla coetánea entre música barroca española y el protoflamenco, de un modo creativo se indaga y propone la fusión entre ambos ámbitos en el espacio compartido de lo español —y también de lo europeo— con los territorios americanos y africanos.
Las músicas y danzas, revueltas en esas idas y vueltas emergentes tras el Descubrimiento de América, de las singladuras atlánticas y de las exploraciones oceánicas; se enriquecen y amalgaman con nuevos aires las chaconas, las folías, las jácaras… las guarachas se confunden con tanguillos, la passacaglia suena a fandangos y siguiriyas. En ese potaje de músicas, las autóctonas y populares hispánicas, las academicistas europeas, las sefarditas, las árabes; con las añadidura de las salinos sabores provenientes de los nuevos territorios americanos y africanos, se cuece y toma cuerpo el protoflamenco. Las idas y las vueltas es un trabajo atrevido que logra escenificar lo que pudo acontecer musicalmente en aquellos tiempos, es un ejercicio maravilloso e imaginativo tanto de trasposición como de traslocación.
Son muchos los ejemplos de trabajos discográficos que exploran e indagan en las mezclas del flamenco (tal como lo entendemos extensamente hoy en día) con las influencias venideras de otros pueblos y culturas; y también las que profundizan en ciertos aspectos propios y nuevos estilos musicales.
La influencia del incipiente rock andaluz poco a poco fue calando en el mundo flamenco, Smash, Triana, Medina Azahara, Imán, Veneno,… y el trabajo de los productores y mánager como Ricardo Pachón y Gonzalo García Pelayo fueron decisivos.
En Fuente y caudal (1973), Paco de Lucía culmina con un proceso de emancipación y de empoderamiento de la guitarra flamenca para colocarla en primera línea musical con total autoridad. Posteriormente, en 1983, Paco de Lucía con Al Di Meola y John Mclaughlin marcan otro hito en su mezcla con el jazz con el sensacional Pasión, gracia y fuego.
La leyenda del tiempo (1979) resultó ser un disco muy controvertido de Camarón de la Isla (José Monge Cruz) con la producción de Ricardo Pachón y la colaboración de Kiko Veneno, Raimundo Amador, Tomatito,… fue un disco crucial para la posterior evolución del flamenco y que fue muy atacado por los puristas por su transgresión. Ese mismo año, en el sello Movieplay también aparece otro referente, Gualberto y Agujetas con su disco homónimo, incorporando reminiscencias de las raíces hindúes de la flamencura.
En 1985 en el sello Ariola se publica Encuentros de Juan Peña “El Lebrijano” en conjunto con la Orquesta Andalusí de Tánger, un disco pionero en el que se imbrica perfectamente lo flamenco con su influencia árabe, lo andalusí, rico en instrumentación, ritmos y voces, con letras de Caballero Bonald y Pedro Rivera y la guitarra de Paco Cepero. En el mismo sentido, cabe recordar también un trabajo anterior, Macama Honda con José Heredia Maya como director.
Indagando en la introspección flamenca, ya no tanto en la fusión, Manolo Sanlúcar publica Tauromagia en 1988, una especie de ópera flamenca que alcanzan nuevas cotas de expresividad y que se adentra en un lenguaje impresionista hasta entonces poco frecuentado y alcanzado.
Reincidiendo en las vueltas de tuercas de lo flamenco, Enrique Morente, Lagartija Nick y otros colaboradores publican Omega (1996), reverdeciendo de una nueva expresividad lo iniciado en La leyenda del tiempo, demostrando una vez que el venero de lo flamenco es inagotable.
En cuanto a la mezconlanza entre lo jazzístico, lo latino y lo flamenco, en 2020 la colaboración entre Tomatito y Michel Camilo culmina con otro hito, el lanzamiento de Spain.
En estos días estoy atrapado oyendo el nuevo disco de Tomás de Perrate, Tres golpes, con la producción mágica del fenomenal Raül Refree y la colaboración del indispensable Pedro G. Romero. Tomás de Perrate proviene de una larga estirpe flamenca, la mítica Serneta era hermana de su tatarabuela, a partir de entonces la saga continua. Ahora se ha embarcado en un viaje musical retrospectivo a las chaconas, folías, romances,… también a las influencias negras del protoflamenco, sefardíes y a las raíces autóctonas del cante con un enfoque de fusión y experimental.
Todo lo anterior lo intercalo con la lectura del libro Burlas y veras del 22 de José Javier León (Editorial Athenaica). Un volumen a propósito de la conmemoración del primer centenario del Concurso de Cante Jondo de Granada en el que se «reúne textos muy significativos, olvidados algunos de ellos, que desde 1922 hasta nuestros días han narrado y descrito, escarnecido, criticado o alabado el certamen».
Son muchas las valoraciones y las críticas que tuvo aquel concurso, la intención de los organizadores y colaboradores como Manuel de Falla, Zuloaga, García Lorca, Gómez de la Serna y un largo etcétera, era rescatar el cante primitivo andaluz, el cante jondo y su pureza de las amenazas que se cernían. El principal éxito fue publicitario y de prestigio, a partir de entonces la visión del flamenco o del cante jondo o el canto primitivo andaluz (sin entrar en sutilezas conceptuales) gano una dignidad artística y una valoración en casi todos los ámbitos.
El cante jondo o el flamenco no solo no desapareció si no que fue paulatinamente ganando en riqueza, variedad y prestigio. La pureza que residía en los cantes de las soleares, polos, cañas, seguiriyas, tonás y livianas, deblas; según los organizadores corría peligro de desaparecer ante la tendencia hacia otros cantes más ligeros como las malagueñas, serranas, alegrías, sevillanas,…
Queda más que demostrado que el arte es largo y la vida del flamenco también, a los hechos nos remitimos. Quizá el flamenco ni se crea ni se destruye sigue en continua transformación.
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